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Aprendieron de Euskadi

lunes, 16 de noviembre de 2015
Durante muchos años el problema del Estado era el contencioso entre Euskadi y España, debidamente aderezado con la violencia de ETA, de tal desgracia que por aquellas tierras distinguidas con autonomía, derechos históricos y un tejido económico mucho más solvente que en el resto del país, sólo les servía su derecho a decidir. Y lo que pretendían decidir era ser una Nación con su propio Estado. En cualquier caso, no lo lograron. En parte por el error gravísimo de usar la violencia con fines políticos. En parte por la defensa numantina que los Constitucionalistas hicimos de la libertad y la dignidad de ser españoles en medio de amenazas y atentados.

Los catalanes observaban y aprendían. Al mismo tiempo que no cejaban en la construcción nacional de un espíritu secesionista con respecto a las normas que, desde el Congreso de los Diputados o desde el Gobierno de España, se emitían para su cumplimento. Esta es la primera habilidad que debemos reconocer al nacionalismo catalán. Mientras todos nos fijábamos en el conflicto vasco, ellos cada día daban pasos para hacer de su capa un sayo, o mejor dicho la barretina de su mito como Nación en un Estado plurinacional que debería pactar con el Estado español las condiciones de su coyuntural permanencia. Y es que el Estatuto de Cataluña, nunca fue un fin, sólo era un medio para avanzar o denunciar la falta de diálogo entre España y Cataluña.

Más de un amigo español con residencia en Cataluña me advirtió de lo que allí se cocía, se permitía y se imponía. Sin que las instancias que deben salvaguardar la ley, se dieran por enteradas. Como tampoco parecían enterarse de la corrupción de ciertos clanes catalanes que seguían fieles a la vieja costumbre de cobrar peaje a quienes deseaban formar parte del entramado empresarial beneficiado por la Generalitat.

En su hipocresía calculada y sabiamente administrada, eran el seny de la política. Cada acuerdo con el gobierno central tenía dos derivadas: beneficios financieros o de inversiones, y perdón silente para las tropelías que iba sembrando la desconexión de España, a quien usaban al mismo tiempo que despreciaban.

Añadimos el error de la nueva y descafeinada izquierda. Ser nacionalista formaba parte del pedigrí colaboracionista frente a la derecha de Madrid, olvidando que: más a la derecha estaban y están los convergentes; y que no se puede ser nacionalista y progresista; precisamente por la histórica defensa de la ciudadanía como concepto y contenido de igualdad de oportunidades, frente a los desequilibrios y desigualdades entre gentes y tierras de España.

El nacionalismo catalán pactaba mientras el vasco rompía. El Nacionalismo catalán desviaba inversiones hacía Cataluña, importándoles un comino la situación de Castilla, Andalucía, Extremadura y Galicia. Ellos eran el adalid de la sensatez frente a la política de aldea profunda del nacionalismo vasco. A cambio de tales pactos, Madrid no se metía para nada en lo que acontecía con la cultura, la educación, la información o la administración de los dineros públicos. ¿Acaso no sabían en Madrid de los desmanes económicos y financieros de las familias burguesas catalanas?. ¿Quién no sabía que Andorra era lugar para las vacaciones de invierno y aposento de caudales en la banca andorrana lejos del fisco español? ¿ Cuantos negocios no se hacían en Barcelona o en la costa catalana con las bendiciones de importantes personalidades españolas?. Pongo sobre la mesa de los ejemplos: La nacionalidad andorrana de los deportistas de élite; o los negocios de De La Rosa, con la entonces jefatura del Estado.

Quizá Pujol nunca habría dado el paso que ha dado Mas. Le iba bien con lo que decía, hacía y tenía. Pero la situación de la crisis que ocasiona la llegada del tripartito con un personaje nefasto -Montilla- y otro débil mental -ZP- ocasiona que por vez primera las pesetas son canjeadas por las puñetas. Por primera vez, la situación financiera es tan grave que a los recortes del estado del bienestar catalán -muy superior al del resto del Estado- se suma la pérdida de poder de Convergencia, que debe buscar un discurso que evite el avance de una izquierda nacionalista como estaba sucediendo en Euskadi. Y sólo se les ocurre tomar la bandera de la secesión aprovechando lo habitual. Todos los procesos de modificación estatutaria son interrumpidos por la propia inercia de un Estado que ya no es Cataluña, Euskadi y el resto. Ese resto, también pide autonomía y financiación de tal.

Ello pone a Mas sobre un tigre desbocado. Azuzado por la Ezquerra de Oriol Junqueras. Amenazado por el avance del viejo anarquismo, esta vez dirigido desde la CUP. A eso se une, la pereza intelectual de Rajoy, incapaz de liderar algo que no sea el inmovilismo.

Ni el propio Mas pudo suponer que iba a llegar tan lejos en la carrera de los despropósitos. Se ha cargado al fundador de la internacional democracia cristiana (Unió). Se ha cargado el colaboracionismo del socialismo catalán, que no puede colisionar con el socialismo andaluz. Se ha cargado la herencia de la transición pilotada por Tarradellas. Se ha cargado la estabilidad necesaria para que los empresarios catalanes sigan haciendo negocio en España. Se ha cargado el silencio de los charnegos, que se conformaban con la carta de naturaleza que Pujol les prometió para sus hijos, si aprendían catalán.

Está enfrentado con uno de los Estados más viejos y grandes de Europa. Está a punto de ser - a lo peor lo pretende- el Francesc Maciá de 1934, contra la República. Está a punto de acompañar a la familia a la que sirvió -Los Pujol- en su ingreso en prisión, por ladrones y corruptos. Esta última es la razón principal por la que antepone al patriotismo de quitarse de en medio como obstáculo a la unidad nacional, por la inviolabilidad que concede el rango de ser Presidente.

Desgraciadamente, ni los socialistas ni los populares tienen dirigentes de Estado, y eso lo notan los españoles, tanto en la relación de España con las Instituciones de la UE y muy en especial ante la troica, como en los graves problemas que representan para la marca España, el proceso independentista que se ha instalado en una parte muy importante de la sociedad catalana, más allá del discurso zafio y oportunista de los mediocres dirigentes nacionalistas catalanes, a los que alguien les ha contado que por el camino emprendido pueden lograr la internacionalización del conflicto para que la UE medie a estilo Yugoslavia y logren un status de máximo privilegio en la UE a través de un Estado español obligado a darles un tratamiento de Nación en permanente trato negociado.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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