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El conde y la peregrina

lunes, 05 de octubre de 2015
Él era un conde llamado Munio, joven y apuesto, alegre y mujeriego.

Un día se encontró en un camino con una hermosa muchacha, que volvía de hacer el camino de Compostela. Iba sola y caminaba muy despacio como si estuviera cansada; parecía triste y pensativa.

El conde Munio púsose a su lado e intentó hablarle; pero la doncella, sin duda joven virtuosa, no le contestó ni bien ni mal, pues nada le dijo. El conde no se desanimó por eso y siguió a su lado diciéndole que, pues llevaban el mismo camino, tendría una gran satisfacción en acompañarla, no fuera a suceder que yendo, como iba, sola, pudiera encontrarse algún desalmado que pretendiese ofenderla o hacerle daño; y así, él se encargaría de ampararla y defenderla.

La joven le agradeció entonces tan estimable ayuda, que no le pareció cosa que debiera desechar, y fueron siguiendo juntos el camino.

Poco después el camino real atravesaba un bosque. El lugar solitario, la hermosura de la doncella y los deseos del conde hicieron que este cometiera con la indefensa joven un hecho vil, y la violencia se consumó.

La pobre doncella gritó en balde pidiendo socorro; pero nadie oyó sus doloridos lamentos.

Munio reíase de la infeliz y le decía:

Calla, mujer, que la cosa no es para tanto sollozar. En cuanto llegue al castillo, te enviaré uno de mis criados para que te consuele, y aun has de quedarme agradecida.

Y se fue apurando el paso, muy ufano.

Más, en esto apareció un viejo soldado de largas barbas blancas, que, a juzgar por la concha de venera (concha de vieira o del peregrino) que llevaba en el frente de su sombrero, así como las otras que mostraba su esclavina, bien claramente se veía que venía también de vuelta de una peregrinación a Compostela, siguiendo el mismo camino que la desdichada muchacha. El soldado se apoyaba en su larga y fuerte espada, como en un cayado; y acercándose a la romera, le preguntó el por qué de sus tristes lamentos y sollozos.

La infeliz le contó entonces cuál era su desgracia y cómo esta le había sucedido cuando volvía de Santiago, adonde había ido a fin de orar arrodillada ante la tumba del Apóstol para rogarle protección en su soledad y desamparo, puesto que había perdido a sus padres.

El viejo soldado, con cariñosas palabras, fue calmando su congoja y enjugando sus lágrimas y le dijo que iba a llevarla consigo a presencia del rey para ver de remediar el mal.

Y fueron los dos caminando hasta el palacio real.

Yo te requiero, buen rey, por el Apóstol – dijo el soldado – que hagas justicia a esta peregrina.

El rey mandó llevar ante sí al conde Munio y le dijo:

Por ley divina tenéis la obligación de casaros con esta joven que habéis ultrajado. Por ley humana debéis ser degollado si así no lo cumplieres; que no valen hidalguías cuando habéis faltado a Dios y a la honra de esta doncella.

Venga el verdugo – respondió el conde – mejor quiero morir mil veces que vivir avergonzado.

Sea - dijo el rey.

Buen rey, hacéis mala justicia. No habéis juzgado bien el hecho, pues que la honra se paga con sangre; pero no se lava el pecado. Primero el conde debe casarse con la joven y después debe ser degollado.

Al hablar así, dejó el soldado su espada, se despojó de su vestidura de peregrino y apareció con el traje de un santo obispo.

El conde, arrepentido, se arrodilló a sus pies. Entonces el obispo tomo la mano de la joven y la del conde y allí mismo los declaró casados.

El conde pedía la muerte para no verse deshonrado. El obispo lo absolvió de su pecado; aun no bien acabara de pronunciar las últimas palabras, cayó el conde Munio muerto a sus pies, librándose así de ser ajusticiado.

Y dicen las crónicas que aquel santo obispo era el mismísimo Santiago en persona, que había acudido en socorro de su peregrina.

CONCLUSION: EN AQUEL TIEMPO TAMBIÉN HABÍA DESALMADOS EN EL CAMINO DE COMPOSTELA.

(Santiago Lorenzo Sueiro es Presidente de Alianzagalega).
Lorenzo Sueiro, Santiago
Lorenzo Sueiro, Santiago


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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