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Esa Cataluña tan nuestra

jueves, 24 de septiembre de 2015
Lo peor de la clase política que asola el sistema democrático es, no tanto su ignorante incompetencia para resolver las demandas del pueblo soberano, como el grosero ejercicio de la posesión. Ellos están en posesión de la verdad, del territorio, de las instituciones, de la historia, del futuro de nuestras vidas. Carecen de respeto y de generosidad. Son pequeños tiranuelos a los que les hace sentirse importantes la capacidad para dejar su huella en la vida de un país. Nuestro País…

Mi segundo apellido es Mata, genuinamente catalán. Y es que mis ascendientes maternos eran de Barcelona. Mata Descarrega. Mi abuelo materno Félix, militar africanista, hijo de militar y hermano de militar, todos profesionales de aquel ejército español que luchó por las últimas posesiones en plena decadencia del 98. Presumían del seny y la cultura mediterránea, esa que entró en la Península Ibérica a través de la Cataluña Romana, Fenicia, Cartaginesa, Griega.

Cuando terminé mis estudios de Medicina en la Universidad Complutense del 68 en Madrid, mi padre me aconsejó irme a Barcelona para hacer la especialidad. Mi progenitor, había sido un médico emigrante a la Cataluña de los años cincuenta, primero en la textil Manresa y luego en la cosmopolita Barcelona. Posteriormente, tras crear el complejo sanitario más importante de la España del desarrollo, la ciudad Sanitaria del INP " La Paz" en Madrid, se traslada a Barcelona para hacer lo mismo con la Ciudad Sanitaria "Francisco Franco", hoy, "Vall de Hebrón". Aquel gallego sabio de Ourense, descubrió que Cataluña era el sur de aquella Europa que nos estaba vetada por la oprobiosa. Y pensó, acertadamente, que mi paso por Barcelona, en mi etapa de formación profesional y ciudadana, completaría lo que mis grandes maestros, de la Complutense, me habían enseñado, no sólo en Medicina, también en sociología convivencial.

Así, de la capital de España, me traslado a la capital del Mediterráneo. Son los años setenta que describe Vargas Llosa en su discurso de investidura como Premio Nobel de Literatura. Barcelona era una ciudad de espíritu abierto, acogedora, mosaico de culturas, refugio de los huidos por persecución de las dictaduras con mando a distancia por la CIA. Allí las noches barcelonesas, habían superado las citas payesas del Paralelo y su Molino Rojo, para disfrutar con la música de los cafetines latino americanos o el Jazz de la calle Tuset. Mientras la burguesía de los nuevos ricos del textil, acudían a sus palcos del Teatro del Liceo, para colocar a sus pubillas, con alguno de aquellos universitarios llegados del resto de España. Y es que, tenían dinero pero, su objetivo era mezclar su catalán de comarca con el castellano que se hablaba en los círculos cultos del mundo al que vendían sus paños.

Barcelona era una ciudad que vivía de espaldas a la mar. Curiosamente, sus barrios más viejos y decrépitos, hasta las Olimpiadas del 92, estaban en la ribera del Mediterráneo, dónde terminaban las Ramblas, dónde se iban acumulando las ruinas industriales, dónde se encontraba el "barrio chino" en el que se perdían los marines de la séptima flota del tío Sam La Barcelona tradicional, vivía en los espléndidos pisos de la Caixa, sitos en el ensanche que diseñó Cerdá. La nueva Barcelona, la de las clínicas de lujo, la de la nueva burguesía que viajaba a Francia, esquiaba en Andorra o Baqueira Beret, y se bañaba en la Costa Brava cerca del santuario daliniano que siempre fue Cadaqués. La Diagonal era la arteria más elegante de la ciudad Condal. El Paseo de Gracia, el santuario del Modernismo que tuvo en Gaudí a su santo y seña. El barrio gótico la cita con su pasado entre Santa María del Mar y la Sede Catedralicia de la Archidiócesis. Montjuic mezclaba el pasado judío de la ciudad fundada por Amílcar Barca, padre de Aníbal, y la emprendedora y visionaria creación del recinto ferial entre la Fuente Mágica de Buigas y la plaza de España con su plaza de toros -Las Ventas-.

Los que llegamos desde la Meseta, desde Galicia, desde cualquier punto de una España devota del Cordobés o de Don Alfredo Di Stefano, aprendimos que había un mundo culto, escaparatista, surrealista, picassiano, de amor libre, de comida francesa, de cava del Penedés, de ropa informal lejos del traje gris, de los zapatos sin cordones, mocasines, del pantalón de "piel de melocotón".

Nada hacía presagiar que aquella Barcelona empeñada en competir con Madrid, estuviera sembrando la cultura de la independencia de una España que le había dado los ahorros de las clases campesinas para su desarrollo industrial, y era el mejor cliente de sus productos fabriles.

Barcelona me enseñó a ser médico hospitalario, a ser un español cosmopolita, a desarrollar el buen gusto por la moda, a ser un alma libre, a descubrir otro mar, más azul que mi Cantábrico natal. Era una fórmula fantástica para ser un español útil, moderno, sin complejos, sin ataduras. Mi padre, una vez más, había acertado en mi formación ciudadana.
Desde los locales de moda se presumía de ir a Madrid. Como se presumía de ir a San Sebastián a comprar la moda del norte o conocer los negocios de la milla de oro en La Castellana y el barrio de Salamanca con centro en la calle Serrano. Había un cierto complejo de provincias ante la capital de España a la que los empresarios catalanes acudían con frecuencia y presionaron hasta lograr que les pusieran aquel servicio de aviones que se denominó "puente aéreo".

Hasta la cita olímpica de 1992, Cataluña tuvo complejo de inferioridad con respecto a Madrid. Los catalanes no viajaban por España, desconocían el Románico Gallego o el Gótico Castellano. Su cocina era toscamente cateta, y los mejores restauradores eran los vascos o los gallegos. Barcelona vivía de la Feria de Muestras y del futbol que trataba de alcanzar en el Nou Camp, las gestas del Santiago Bernabéu.

Volví a Cataluña en los años ochenta. me instalé en la "inmortal Girona". Aquella hermosa provincia a la que algún viajero sitúo como lugar para perderse eternamente, junto a las otras provincias de Santander-Cantabria y Pontevedra. Disfruté de la Costa Brava en invierno, con sus personajes integrados en el paisaje alejado de los guiris veraneantes o turistas. Conocí la vida de las Masías catalanas de las comarcas gerundenses. El gótico-judío-cristiano del barrio próximo a la Catedral de Girona. Descubrí que no eran iguales los catalanes burgueses de Barcelona y los catalanes progresistas del Ampurdán. Entendí el mensaje de la nova canço y la inspiración de Joan Manuel Serrat, ante su tierra entre mar y montaña.

Seguía sin encontrar tertulias independentistas. Hablar catalán era, como en la Galicia de hoy, un acto de espontaneidad y libertad cultural, sin ningún afán de imposición o diferenciación del resto de España. Había vivido más rebeldía en el Madrid de la dictadura, que encontraba en los poetas del 27 las referencias ideológicas frente al régimen del General. A los catalanes que conocí, la situación les resultaba cómoda para vivir y hacer negocios.

Pasé varios años veraneando en la Costa Dorada de Tarragona. Aquellos lugares eran punto de encuentro entre gentes de Aragón y Barcelona. Tampoco aprecié signos o síntomas de nacionalismo más allá del enfervorecido mundo blau-grana.

Pero, desde Euskadi, me empezó a llegar la noticia de que Cataluña quería ser un Territorio con Derechos Históricos como las Comunidades Forales, con su propio pacto con el Estado, para disponer de un Concierto Económico que permitiera la autofinanciación, la fiscalidad y la negociación con España, de igual a igual, más que de competencias, de la recaudación en una de las regiones más dinámicas de la geografía española. Por ahí comenzó el contencioso. Mientras los Vascos querían ser para decidir; los Catalanes querían administrar sus propios recursos y, en todo caso, ser ellos y no Madrid, quien decidiera el volumen de su contribución a la solidaridad nacional española.

Pero nuestra Cataluña tuvo más relación con mi familia. Mi hija Blanca, brillante estudiante, decide realizar su carrera Universitaria en Esade, graduándose en el mismo curso que Albert Rivera, por cierto un magnífico alumno.

Mi hijo Antón, tras su periplo por Madrid, Navarra, Euskadi, se marcha a trabajar por diferentes despachos de abogados en Barcelona, hasta que el año pasado regresa a Galicia para formar parte del magnífico despacho en A Coruña que conforman Concheiros, Caamaño, Seoane.

A través de mis hijos conozco la nueva situación de Cataluña. La imposición de dicterios sobre la teoría Nación-Estado, sus derechos históricos partiendo de un mito que nada tiene que ver con la realidad, incluso tergiversando acontecimientos como la guerra de sucesión por guerra de secesión. No podía dar crédito. Cataluña está embarcada en un buque romántico que navega hacia un horizonte inexistente. La independencia de España y su afiliación como Estado a tratado de la Unión Europea.

Todo ello, aprovechando la crisis económica del capitalismo, que sus propios gobiernos burgueses de CIU han practicado. Todo ello aprovechando la crisis del sistema político infectado por la corrupción, en el que ellos también han participado. Cataluña le hace creer a sus ciudadanos que España les roba, cuando el único robo es el que han practicado estirpes familiares catalanas con la complicidad silente del Estado español, que ya fuera con socialistas o conservadores, les consintió la inmundicia de sus comportamientos y sus incompetencias a la hora de usar la autonomía y administrar los recursos.

No daba crédito. Aquellas personas que me habían enseñado a ser un español culto, europeo, pragmático, convivencial, ahora me estaba pidiendo que aceptara sin rechistar su derecho a ser una Nación y un Estado, fuera de España, con el dinero y los esfuerzos que se habían invertido desde España en Cataluña, que vista desde nuestra Galicia, es como contemplar al hermano rico, con el que el padre hace diferencias intolerables, al que se le ha consentido toda suerte de aventuras financieras que, si salen mal, las pagamos el resto de los pobres españoles, esos a los que sus dirigentes llaman "charnegos".

Pero algo deben tener los catalanes que no alcanzo a entender. ¿Cómo se creen las mentiras de sujetos deleznables?.¿Cómo van a sobrevivir, si son comerciantes que necesitan al cliente de esa España a la que voluntariamente o impositivamente, colocan sus productos?. ¿Cómo van a soportar sus entidades financieras que los demás españoles retiren sus ahorros del Banco de Sabadell o de la Caixa ?. ¿Cómo van a lograr vencer a una Nación vieja y grande como España, que les proporciona cobertura de toda índole y que les visita como principales consumidores o turistas?.

Dudo y me la juego. Si hubiera un referéndum a la escocesa, que supere la dinámica de unas elecciones autonómicas, seguro que triunfaba la reforma, pero nunca la ruptura.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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