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Sirenas y Faros

lunes, 24 de agosto de 2015
Me permito empezar recordando al gran Maestro de la Galicia Encantada. Cunqueiro era imaginación y fantasía. Defendía el ejercicio de tales virtudes para su colaboración en la búsqueda de la historia, así consideraba que gentes sin tales, se habían apropiado de ésta y amenazaban que podían acabar con ella.

Hay leyendas dónde afirman que la historia de las sirenas es un transcurrir desde genios perversos y divinidades infernales, hasta seres benéficos que dan conciertos a los bienaventurados.

El Santo Irlandés Tigernail, quiso pescar con red y cuernos gaélicos, el canto de las sirenas, para así salvar a sus feligreses de tal peligro. No lo logró.
Un clérigo que dormía siesta agosteña a orillas de la mar, turbado por un canto de sirena, se zambulle siendo recogido por los brazos de una dama con cola de pez; pero, al sonar los maitines del oficio diario del monasterio sumergido, aparece la virgen y le libera de aquellos brazos.

Tres hechos son comunes en la historia de las sirenas. Nacen como tales, cuando una joven desaparece tragada por las aguas; viven solitarias y algunas noches recuperan la figura humana para integrarse, como una más, entre las jóvenes que disfrutan de la fiesta; sus cantos son seductores para los hombres.

En la mítica costa de Cornualles, dónde era tradición, atlántica, provocar los naufragios de los buques para beneficiarse de la tradición consuetudinaria, -lo que arroja a tierra la mar es de quien lo encuentra- los lugareños, en las cantinas portuarias, presumían de tener sirenas entre sus antepasados.

Desde la vertiente cultural, las leyendas de las sirenas vienen de lejos. El Dios Océano y su hermana Tetis, tuvieron trescientas hijas- las Oceánidas- que se desplegaron por todos los mares. En el Mediterráneo -mare nostrum- se denominaron Nereidas y conforman las leyendas de Talia -la sirena verde- Galucea -la sirena azul- Dinamenea -la sirena que se balancea sobre las olas- Cimodaré - la sirena que promueve la calma-
Aquí -o noso mare- cuando un pescador logra capturar a una sirena, Lantarón le recompensa con el derecho a desposarla, y para ello, la sirena se transforma en mujer, al convertir su cola en dos hermosas piernas. Pero el pescador, no debe perder nunca el espejo de nácar de la sirena, ya que de ser así, se rompe el encantamiento y la siena recupera su forma, para de inmediato desaparecer entre las aguas.

La ciudad de Nápoles, según la leyenda, debe su origen al cuerpo sin vida que llegó a la playa; era la sirena Parténope, que fue la elegida para el sacrificio por la hazaña de Odiseo, que fue capaz de soportar los cantos de sus hermanas, cuando desde la isla, encantaban a los marinos, pero el Rey de Ítaca, se había hecho atar al mástil de su navío y así soportó el canto sin saltar a tierra.

Fran Kafka se atreve con el mundo onírico de esas mujeres que habitan en islas. Dice que lo peor de las sirenas no son sus cantos, ya que de ellos se salvan algunos hombres; son sus silencios. En tal argumento se basa su obra "Silencio de las sirenas". Dice que ellas no cantaron, bastó con su cuerpo, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos, para producir el encantamiento e impedir el regreso de la razón.

Emilia Pardo Bazán, un 5 de diciembre de 1877, escribe en el Heraldo Gallego, que la Sirena del Norte de nuestro Pastor Díaz, es la figura que acompaña, a las olas dolientes del Cantábrico, como divino concierto. Muestra la navegación hacia faros y puertos en ese infinito que creó Dios, más allá de la vida transitoria.

Pero, lo que nos aproxima a la realidad, aquí, en este lugar del norte - cada agosto- lo encontramos en el gran Pablo Neruda, dónde su obra "La sirena y los borrachos", describe una escena en la que la idílica sirena se topa con los improperios de borrachos, razón por la que la dama, con sus ojos color de amor distante, termina por huir hacia la muerte en la mar eterna. Algo así, como la poetisa Alfonsina Storni.

El genio de las artes plásticas del siglo XX, Pablo Picasso, ya sexagenario, se refugia en el castillo de Antibes y queda fascinado por el ambiente marino que allí se disfruta. Viste como un pescador y realiza obras que son el discurso inspirado por su estado de ánimo. "La alegría de vivir", por el amor-coyuntural hacia Françoise Gillot, y "Ulises y las sirenas" que se recrea en el canto de tales seres. De esta época es su frase "Uno, se traga el ambiente, hasta intoxicarse".

Llegados hasta aquí, quiero centrarme en A Maruxaina.

Dónde hay islas, tuvo que haber sirenas. Las sirenas no tienen dueño, son de quien las encuentra en su imaginación, o siente en su interior cantos que le hacen confundir el mundo de los sueños con la realidad. Pero la vida es sueño…Y Galicia, con su Britonia, es un lugar mágico dónde puede suceder cualquier encantamiento, como aquellos que describo en mi obra: "Historias de Nunca Jamás".

Todo el que escribe, cuenta historias o crea personajes para mezclarlos con nuestra naturaleza, debe atreverse y recrear una leyenda. Yo así lo hice.

A la cabecera de mi hija Blanca, entre otras historias para dormir, le contaba que…Una vez, el torrero de Punta Atalaya en Islas San Cyprianus, disfrutaba de la compañía de su hija,-Maruxina- que era su norte y su báculo para la soledad y los paseos entre las rocas azotadas por el Cantábrico en estado puro. Veía como la fuerza de la inmensidad, húmeda y salada, deshacía tales rocas y las depositaba en forma de arenales blancos y brillantes, por el efecto de la mica y el caolín.

Una noche se desató una vaga de mar. Se estropeó, por el aparato eléctrico de la tormenta, la linterna del faro. Aquello significaba que, desde tierra, el centenario vigía no podía avisar a los mareantes de un funesto encuentro entre rompientes y las cuadernas de sus buques. El hombre se pone su ropa de Mahón, cala su boina negra y se dispone a encender una hoguera en lo alto de los acantilados. Pero resbala, se queda atrapado en un agujero. Su hija Maruxaina trata de ayudarle, pero sus fuerzas no son suficientes. El padre le pide que se acerque al montículo formado con toxos y piñas, preparado para la contingencia y que con el candil prenda la hoguera. Maruxaina lo intenta, lo logra; al regresar hacía su padre, resbala y se desliza hacia las olas que la tragan.

Al día siguiente, el torrero, liberado de su accidente, busca a la niña, y…descubre cómo juega entre las olas de una mar en calma con otras hermosas mujeres. Pero observa que todas ellas, en vez de piernas, tienen cola de pez.

En algo similar hubo de inspirarse en los años sesenta, con aquel ambiente hippie, el Médico oftalmólogo y pintor de paisajes, Juan Manuel López Roibal, cuando realiza la obra en lienzo que dedica a la Maruxaina, en la que rostros y cuerpos danzan entre azules marinos que constituyen esa brétema que conforma la Santa Compaña de los mares. Es el primer artista que le dedica pintura, escultura en hueso de ballena y cerámica a la sirena de Islas Farallóns. Nada que ver con aquel espantalho del cartel en 1985.

Una de las obras maestras de Galicia sobre el mundo de las sirenas se debe a Torrente Ballester. En "Las sombras recobradas" dónde hay una narración que lleva por título: "El cuento de las sirenas". Ahí se recoge la leyenda de Los Mariño, una historia de amor entre un hombre y una sirena para explicar la estirpe de un apellido.

En la tradición de A Costa da Morte figura, como el Santo Cristo de Fisterra, Cristo das Barbas Douradas, protege a los marinos de los cantos seductores de las sirenas de tales islas y rompientes. Por eso, dice la leyenda que le crece el pelo y las uñas, por estar siempre, desde Fisterra, pendiente de los mares.

Para concluir esta parte afirmamos que, las sirenas representan el engaño, la atracción que ejerce la mar sobre los hombres, lo hermoso con inusitada fuerza seductora.
Y ¿cuál es la razón para disolver faros y sirenas en las mismas aguas?. Los faros son catedrales del paisaje marino, ora en islas, ora en cabos, siempre en promontorios, pero íntimamente relacionados con esas feroces rompientes de la mar, desde dónde se puede percibir el encanto de las sirenas, y tales princesas hijas de Neptuno o de Aqueloo, atraen al navegante para su mundo despojándole de la protección que supone el buque, y así someterlo a su corte por los siglos de los siglos. Esa catedrales de la costa son, precisamente, los petos de ánimas para la procesión que conforman pecios y mareantes capturados por los cantos de sirenas.

Todos sabemos que Faro era la isla de entrada al puerto de Alejandría, de ahí su referencia como inicio de una historia interminable entre el hombre y la navegación, formando parte de las siete maravillas del mundo, por sus antecedentes estéticos hechos a base de: luz-vigía-señal-columna entre mar-cielo-tierra.

Lo primero que necesito defender es que nada es casual, todo es causal. Los faros asientan en rincones de la naturaleza dónde, desde el mundo antiguo, hay razones para comunicar la mar- autopista azul- con las comunidades humanas de sus costas. Esa costa que en Galicia alcanza más de 1.600 kilómetros, desde el Eo hasta el Miño, y eso sin contar la franja marítima del Occidente de Asturias que hasta mediados del siglo XIX perteneció al Reino de Galicia, como tierras de la provincia Mindoniense, antes Diócesis de Britonia, después Diócesis Britoniense-Dumiense.

Lo segundo es que los faros, como las sirenas, son patrimonio cultural de la humanidad. Y en Galicia son 39 los hijos de Hércules, que tienen su abuelo en esa Torre de Hércules declarada Patrimonio de la Humanidad, en la vieja Brigantium, hasta el más moderno Faro de diseño, en Punta Nariga, cerca de su hermano en Las Sisargas, para vigía a la entrada de Malpica, una península similar a la nuestra, dónde la tradición dice que son, " A vila da vida nacosta da morte. Dónde Cesar Portela utilizó los diferentes granitos del viejo reino, con un mascarón de proa para su buque de piedra, que como en tantas leyendas -Santiago y San Andrés- embarranca en la costa, recrea la dualidad entre humanoide o ave que emprende el vuelo hacia el infinito, dónde mar y cielo se confunden.

Lo tercero es que los faros, obra indispensable para señalar y vigilar las costas, son causa impuesta por los pueblos dedicados a la navegación, para evitar naufragios o señalar rumbos y arribadas. En cada edificación, amén de la linterna, late la vida de los torreros, entre el servicio público, la soledad mágica de un medio entre mar y viento, la capacidad infinita para aprender el lenguaje de las mareas, el efecto de los vientos, la fuerza motriz de la mar, los cambios de carácter de la naturaleza, el color de cada estación del año. Los torreros han sido los grandes testigos de cómo la naturaleza es una dama hermosa y caprichosa -sirena inmortal- que sorprende a la soberbia humana, cuando desde el conocimiento civilizado y sus afanes de ocupación, muestra su poder infinito, promoviendo temporales que devuelven al hombre a su realidad. ¡Qué pequeños e insignificantes somos ante el poder de nuestra madre la mar y nuestro padre el viento!.

No se puede despreciar a los viejos faros por la existencia del GPS, por la capacidad de los nuevos buques para navegar sin miedo, dada su dotación de aparatos, entre electrónica, robótica e informática. No se pueden vender los faros como si fueran propiedad del Ministerio de Fomento para uso de la hostelería a modo de hoteles de la naturaleza o paradores de turismo. En cada faro hay: historia, magia, pensamientos, poemas, leyendas, inspiración de musas, lechos de amor, paso del tiempo y de las generaciones de seres humanos que se han quedado en silencio contemplado el entorno de esos templos de la costa.

Hay faros solemnes, que nos hablan del Ara Solis, dónde los pueblos antiguos realizaban sacrificios al sol -trisquel, laburu- en su desaparecer tragados por las aguas del Océano. Ese faro de Fisterra al que acuden los peregrinos de la Ciudad Santa de Occidente para tirar sus zapatillas a la mar, tras andar el camino más viejo de Europa.

Hay faros inmensos,-el último de nuestra Galicia- como el de Cabo Silleiro, entre el puerto de Bayona que supo del descubrimiento de las Islas Occidentales por la llegada de unos de los hermanos Pinzón, y la Citania de Santa Tegra en a Guarda.

Hay faros que son un Cíclope. Como el que se construye tras el accidente del Serpens en la costa da Morte de Camariñas, y que obliga a la autoridad del reino de España a poner en marcha un plan de señalización, para nuestra costa, por orden del Almirantazgo de su Graciosa Majestad y a imagen o semejanza del que ya operaba en la costa de Francia e, la segunda mitad del siglo XIX.

Hay faros que están en islas. como: Sálvora, Cíes, Sisargas, Carrumeiro, Arosa, Ons, Coelleira. Todos ellos protegidos por legiones de gaviotas y cormoranes, dónde a buen seguro habitan las sirenas tal como antes nos hemos referido.

Hay faros con cruces, que son el santo y seña del precio que debemos pagar a la mar por su inmensidad y su despensa; es el caso de los trece faros de A Costa da Morte, y muy en especial el que se encuentra en O Roncudo.

Hay faros que son un atentado a la estética como los de Mera o el de A Frouseira, pero los hay hermosos como Touriñán, Corrubedo y Muros.

Y aquí, en A Mariña, hagan la ruta entre Isla Pancha, Punta Atalaya, Punta de La Roncadoira, La Coelleira, Estaca de Bares y Cabo Ortegal. Al llegar a este último visiten San Andrés de Teixido, ya que si no lo hacen de vivos, tendrán que hacerlo de difuntos y por tres veces, puede que convertidos en lagartijas.

Concluyo esta historia de gallegos y mariñanos, eternos enamorados de Isis -La diosa Tierra- . Cada vertido, cada culto al Dios Baco, cada operación financiera que ocupa el espacio de nuestras aves marinas a golpe de cemento y cristal, cada impacto sobre los caminos de la mar, cada fiesta que cambia tradición por subcultura, cada atentado contra el buen gusto, cada cita con bárbaros llegados por doquiera, produce el mismo efecto que aquellas temidas rafias de los Vikingos que un día requirieron de la presencia del Obispo Gonzalo, quien con sus oraciones, mirando al horizonte marino, logró hundir la flota Normanda en el siglo IX, cuando éramos un pueblo orgulloso con nuestro centro espiritual en la basílica -luego Monasterio con Hospedería- de San Martiño.

(Este texto corresponde a la conferencia del mismo título pronunciada por nuestro colaborador Pablo A. Mosquera Mata en el Museo Provincial del Mar de San Ciprián el pasado
21 de agosto del 2015)
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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