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La vida del músico

lunes, 06 de julio de 2015
Hubo un tiempo casi comparable con la Edad Media, que este país nuestro, gobernado por: ejército, Iglesia y sindicato vertical, huía de la cultura y las libertades, a tales diosas, las administraba la censura mientras el cine o la televisión ponían rombos con reparos morales que se publicaban en los tablones de anuncios de las parroquias. Eran tiempos de ejercicios espirituales, y sus "monitores" casi siempre uniformados como frailes con olor a sudor, nos advertían a los feligreses de las tentaciones del mundo y sus nefastas consecuencias para la catoliquísima España a la que un Papa -connivente con el Tercer Reich- permitía monedas dónde alrededor de un dictador se podía leer: "Caudillo por la gracia de Dios". Amén.

Nuestros hijos y nietos sólo conocen la democracia, los derechos fundamentales y sociales que ampara el régimen Constitucional. Desgraciadamente; no tenía razón don Miguel de Unamuno al afirmar que ciertas conductas -horteras e iluminadas- se curaban viajando. A veces pienso que el papel de aquellas soflamas y aquellos héroes de cartón piedra procedentes de la industria del celuloide americano, han sido sustituías por una televisión cuyos contenidos son abyectos, con efectos alienantes y nefasta fuerza adictiva.

Pero en medio del marasmo, hay espacios para la libertad, la sensibilidad y el buen gusto. Esa proliferación de Escuelas y Conservatorios de Música, esas Facultades de Bellas Artes, esos equipamientos culturales que permiten disfrutar de exposiciones y museos, esa inquietud por la salvaguarda de nuestro patrimonio histórico, artístico, ecológico y religioso, que además son fuente de riqueza para un turismo de calidad.

Tenemos servida una polémica en la sociedad gallega. Algunos se sienten maltratados por tener que dar cuenta a la Agencia Tributaria de sus incumplimientos durante años. Son esos mismos que han prostituido la música, al sustituir el directo, entre la habilidad del músico y el oído que conecta con el alma del espectador, por unos artefactos a los que se accede en las tiendas de electrónica musical de los grandes almacenes, así, más importante que la calidad del músico es el sonido que desprende la máquina a la que se añaden toda suerte de efectos especiales en escenarios mecanos que sorprenden al respetable por su grandiosidad.

Los malandrines que no pagan la seguridad social de sus trabajadores, no pagan lo que deben a la hacienda que somos todos, se dedican a fabricar escenarios en talleres -algunos clandestinos- , se las arreglan para ordenar el mercado de las verbenas, con unas condiciones que ellos administran e imponen, a músicos ?, fomentando la golfería de quienes se disfrazan de músicos, sorprendiendo la ignorancia cultural de muchas comisiones de fiestas, para hipnotizar a ritmo de Cumbia a los espectadores, aprovechándose del gusto tradicional de nuestro pueblo gallego por las romerías y las patronales, siempre con orquestas, desde la procesión del santo, hasta la sesión vermú, y desde luego la tan esperada verbena.

Así surge el mercado de las orquestas. Pero deberíamos decir circos disfrazados de orquestas. Y por fin alguien con autoridad se ha preguntado cuánto dinero mueve el sector y como se reparte. Lo que no entendemos, los que consideramos a la música una parte fundamental de la cultura de la humanidad es que: hayan tardado tanto en descubrir presuntos fraudes, o que los profesionales titulados no se hayan defendido de tanto impostor que ha prostituido el noble arte del pentagrama.

Y, en un intento coherente con sus conductas de tratantes a la búsqueda de incautos, se rasgan las vestiduras y soflaman gritos de ¡nos quieren destruir por razones meramente recaudatorias!. Y lo dicen en las calles y medios de comunicación a los trabajadores y pensionistas a los que la Hacienda del Estado, lleva décadas exprimiéndonos con toda suerte de figuras impositivas que pagamos sin rechistar.

Todos conocemos grupúsculos de titiriteros que han hecho de la situación- entre ignorancia musical y picaresca al uso- una manera de vivir a costa de la música. Todos conocemos jóvenes talentos que salen orgullosos de los Conservatorios y se tropiezan con la cruda realidad de los "ITOs" de turno, con los que se pacta o no hay manera de ejercer la profesión. Todos conocemos profesores que llevan años desesperados por la mamandurria miserable con la que unos se forran y la inmensa mayoría son galeotes a los que se obliga a trabajar en condiciones leoninas a inventario de un listo que goza del cartel de representante de orquestas y que forma parte de esa tela de araña que recuerda las épocas de le ley seca que refiere la historia de Eliot Ness y sus Intocables.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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