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Paseando por la muralla lucense

sábado, 07 de febrero de 2015
En Lugo siempre la hemos llamado en singular, la Muralla, escapándonos de los grandilocuentes plurales que no vienen al caso, (las Murallas). Ese, el plural, queda para regidores y capitostes cuando hacen de tal: “Visitais nuestras Murallas…”y creen que con su perorata copan un sitio en la historia.

Ya lo digo, para nosotros, los de a pie, siempre ha sido singular, la Muralla, y un montón de calificativos mas, tal vez muchos de ellos indicadores del modo en que este Monumento está integrado en nuestras vidas. Para mí, viene a ser como un telón de fondo de mi vida lucense.

Cuando yo era niño, me gustaba acceder a su adarve por la rampa de la Puerta de Santiago. La rampa me resultaba cómoda y eliminaba los vértigos que me inspiraban las diferentes escaleras. Ahora me ocurre lo mismo. Incluso en pequeños detalles, parece como que con la edad regresamos a los principios.

Lo revivo cada vez que subo: en cuanto piso su superficie, me parece haber entrado en otro mundo. Y creo que ese aspecto mágico de llegar a “otro mundo” lo hemos sentido muchos lucenses al hablar, por ejemplo, de dar un paseo por la Muralla. Los paseos por su adarve han formado parte de nuestros ritos cotidianos. Y como el Monumento está completo, es posible pasear en cualquiera de las dos direcciones que uno quiera tomar al llegar arriba. Siempre volverá al sitio de origen, no como en “la vida”, que nunca se puede volver.

Se ha dicho que el paseo por la Muralla es un hermoso muestrario de todo lo representativo que hay en la ciudad, y lo creo totalmente. Desde los hermosos paisajes que se pueden ver hacia el Oeste, con sus puestas de sol, hasta los lejanos Ancares, allá en los límites con León, el paisaje es generoso en eso de aportar imágenes para soñar o disfrutar.

Pero siempre me gustó más el paisaje urbano. Desde el hermoso skay line visible desde lo alto de la Puerta del Hospital, al deteriorado del Barrio del Miño y la Tinería. El paisaje en que se veían las torres de la catedral sobre un mar de tejados, siempre me recordó a una gallina con sus polluelos. Presento una foto de 2008 y vemos en ella la cantidad de grúas que nos querían infundir la idea de progreso que tan de moda estaba entonces. Por cierto, la foto es irrepetible, pues los mamotretos construidos mientras se progresaba, han estropeado todo, como suele ocurrir.

También han desaparecido las casas adosadas en la cara externa de la Muralla, y con ellas sus tejados. Fue una larga tarea aquella de ir eliminando tales casas, dejando libre la perspectiva del Monumento. Recuerdo las obras de apuntalamiento, reconstrucción y restauración de los paramento dejados al descubierto, conforme iban desapareciendo las casas.

Ganó mucho la Muralla. Tal vez ganó, no lo dudo, para el visitante que viene a verla, pasear por ella, fotografiarla y marchar con sus fotos y su recuerdo. Creo que a los lucenses, a mí al menos, nos han dejado una Muralla descafeinada, esterilizada, falta de aquella vida que tenía cuando veíamos las chimeneas echando humo en sus casas adosadas o escuchábamos la radio gracias a alguna casa con las ventanas abiertas. Todo aquello se nos fue y de modo irrecuperable, como muchas otras cosas.

Otra cuestión es si lo echo de menos. No sé para otros lucenses, para mí esta Muralla de ahora es más impersonal. Más monumental, qué duda cabe, pero carece de aquel aire como de familia. Ya no me parece integrada en el conjunto ciudadano como lo estaba antes. Tal vez sea una apreciación muy personal, pues pasear por su adarve me sigue pareciendo adentrarme en otro mundo, pero no sé.

Hay dos cosas que se me han quedado clavadas de mis paseos infantiles por la muralla: detrás del convento de franciscanos había una huerta. Si veíamos algún fraile haciendo labores de labranza decíamos que estaba haciendo penitencia. (Hoy aquella huerta está substituida por unas pistas de baloncesto donde juegan los alumnos de un colegio franciscano de pago). Otra cosa que recuerdo de modo entrañable es que por la Mosquera había una casa de la que salía el sonido de una radio. Siempre había personas sentadas en las barandas de la Muralla escuchándola.
Tal vez hoy la muralla está mas para ser vista por los de fuera, pero puede que los de aquí la vivamos menos. Es difícil de explicar, pero yo me entiendo.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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