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Andrés Román Martínez Díaz

jueves, 27 de noviembre de 2014
El escultor e imaginero de las iglesias del municipio de Ortigueira
(O Mosteito, 1835 - Ortigueira, 2 de junio de 1920).


Muy pocos son los vecinos de Ortigueira capaces de reconocer en Román Martínez al autor de muchas obras escultóricas que se hallan expuestas en sus iglesias, a pesar de que la mayoría sí reconocen la gran belleza y vistosidad de sus tallas. Por este motivo, es necesario que su nombre salga de la penumbra en que se encuentra, y se ponga de relieve su figura como el gran salzillo de la imaginería ortegana.

Andrés Román Martínez nació en el lugar de Espiño, en la parroquia de Mosteiro, al pie de su iglesia parroquial, un hecho que quizás tuviese algún tipo de influencia en que dedicase buena parte de sus futuras obras a esta institución, aunque sin por ello desdeñar el poder económico que la Iglesia decimonónica tenía entonces para ornamentar y enriquecer sus siempre fastuosos templos.

Antes de transformarse en el excelente y renombrado ebanista que llegó a ser, el joven Román tuvo que cruzar el Atlántico para sobrevivir en aquellos duros años de estrecheces por los que pasaba Galicia. Se marchó a Cuba, en donde tuvo que trabajar en diferentes oficios para simplemente poder subsistir. Tras una década de rudos aprendizajes, regresó a la tierra, para continuar poniendo en práctica las habilidades adquiridas, esta vez de la mano de uno de los mejores constructores de la zona, el maestro de obras Ramón Díaz Castro. Con él desarrolló los más diversos trabajos de albañilería y carpintería durante una época en la que Ortigueira se ensanchaba con nuevos y espléndidos edificios hacia lo que se conocería como el Cantón y la Calle Ancha, en donde acabaría asentándose la nueva burguesía local. Durante más el de medio siglo de nuestro biografiado, el nuevo ensanche seguiría extendiéndose hasta alcanzar la carretera general, que ya unía la villa con las localidades de Ferrol y Viveiro desde 1865. Por esos años, Román había abierto su propio taller en el que diseñaba, modelaba y esculpía desde muebles para los vecinos hasta tallas y retablos para las diferentes iglesias de las parroquias de la comarca.

Del obrador del señor Román, como era conocido por todos, fueron saliendo en la década de los años ochenta los primeros de sus hermosos retablos, como el de la iglesia de San Sebastián de Devesos, que sería el predecesor de los dos que compuso para la de Santa Marta de Ortigueira. Uno de estos últimos le serviría de escenario a la figura representativa de la Inmaculada Concepción que en esos mismo años le había cincelado las manos y la cara Florentino Castiñeiras; el otro serviría para emplazar los Corazones de Jesús y María. En ambos casos, se observan ciertas similitudes en sus líneas maestras con el retablo del altar mayor, que había diseñado y fabricado el artesano santiagués Juan Domínguez de Estivada en la centuria anterior, hacia 1770, y en el que están expuestas las imágenes de Santo Domingo, como figura central, junto con las de Santa Rosa de Lima, Santa Catalina, San Pedro Mártir, San Francisco de Asís, la Fe y la Justicia.

En la década siguiente, Román seguiría produciendo nuevos conjuntos escultóricos, en esta ocasión para las capillas de la iglesia de San Claudio. Y en los inicios del nuevo siglo, sus obras servirán para adornar la iglesia de Senra, para las que su taller compuso el grupo escultórico de su altar mayor y sus púlpitos. Algunos años más tarde terminará los retablos de la capilla de Santiago de Mera.

En 1915 su estudio-taller finalizó su siguiente trabajo tallado, que, nuevamente, fue para la iglesia de Santa Marta. Este no fue otro que el expositor de su altar mayor, que Julio Dávila indicará que, “aunque su orden arquitectónico no corresponde al del retablo, es una obra muy meritoria” (1).

Los trabajos de la fábrica artesal del maestro ebanista no sólo sirvieron para poblar los santuarios de la zona, sino que también le fueron solicitados para uso y disfrute de los particulares en forma de muebles de uso cotidiano, muchos de cortados, ensamblados y tallados en maderas nobles, por lo que todavía se conservan como parte del mobiliario de las casas más señoriales del municipio.

Durante más de medio siglo, su taller se convirtió en una escuela de oficios donde aprendieron algunos de los mejores tallistas y ebanistas de la comarca, además de sus propios hijos, alguno de los cuales le continuará la saga con gran destreza en el noble arte del cincel, el buril y la maza. De hecho, Vicente empezó a trabajar con él cuando aún no había iniciado la pubertad, consiguiendo superarle en sus habilidades con la talla en madera, el dibujo y la pintura. Su hermano Ángel alternará su oficio de experto constructor, con el de delineante y presupuestador de las obras públicas acometidas por el Ayuntamiento, convirtiéndose, así, en lo que hoy llamaríamos su arquitecto municipal, y que entonces conocían como su inteligente. Ramiro también se iniciará en la actividad paterna, en la que fue un buen tallista y pintor decorador. Y, por último, Ramiro, el benjamín, será el que, tras la muerte de su padre, se encargue de dirigir el obrador, en donde continuará labrando imaginería eclesiástica, entre la que cabe destacar la ya había sido dejado diseñada por su padre y que terminaría esculpiendo él para el altar mayor de la iglesia de San Bartolomé. Esta le había sido encomendada por el cura Jesús Crecente Veiga para la iglesia que él mismo había construido en el pueblo de Cariño. A esta obra póstuma del padre hay que sumarle la de su autoría para la iglesia de San Cristóbal de Couzadoiro, modelada entre 1926 y 1928, o la última, requerida por el cura de la parroquia de San Julián de Loiba, que acabaría siendo configurada como un pequeño altar para la devoción de la Purísima Concepción.


NOTA:
1. Dávila, J. “Relevantes personalidades de Ortigueira. D. Andrés Román Martínez Díaz”. La Voz de Ortigueira, 23 de julio de 1948.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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