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Florentino Vicente Castiñeiras Cao

jueves, 13 de noviembre de 2014
Florentino Vicente Castiñeiras Cao, un completo artista y animador de la vida ortegana del siglo XIX (1829-1889)


Florentino Castiñeiras nació en Ortigueira en 1829. Todavía muy joven, y tras acabar sus estudios primarios, empezó a dedicarse al oficio de sastre, por el que no sentía una especial vocación, pero que, por su competencia, llegaría a formar parte de la triada de artesanos del traje del pueblo. Como decimos, su arte no era el de cosido y el remiendo, sino el de la música. Su fino oído y su intuición musical le convertirían en un gran maestro, aunque para ello debió salir de una localidad en donde la gaita reinaba en este medio artístico. Esta circunstancia motivó que tuviese que desplazarse hasta Ferrol para estudiar solfeo, composición y armonía de la mano del reputado maestro Prudencio Piñeiro, quien ya entonces era un consagrado compositor. Entre sus obras se encontraba el auto sacramental del Nacimiento del Mesías o la balada gallega ¿Qué ten o mozo…?, que había escrito para ser interpretada por las corales.
Tras finalizar su formación y perfeccionar sus aptitudes musicales, el joven Florentino se reunió con la junta parroquial de Ortigueira con el objetivo de proponerle la reparación a su costa del órgano de la iglesia de la villa. El instrumento se encontraba entonces en un estado de total abandono desde que los monjes habían tenido que dejar el convento en el año 1835, con el proceso de desamortización llevado a cabo por el ministro Mendizábal. Pese a todo, este ya había conseguido despertado el interés de algunos miembros de la iglesia de San Julián de Ferrol por su compra. Su propuesta fue rechazada por el propio gobernador del obispado mindoniense, quien mantuvo que este órgano debería permanecer en Ortigueira para ser tocado en los actos religiosos. La decisión episcopal hizo que los ferrolanos optasen por dirigir su petición a la iglesia de la parroquia lucense de Vilanova de Lourenzá, en donde obtuvieron su deseada adquisición.

En esta ocasión, la oferta del futuro organista no encontró ningún impedimento, por lo que ambas partes acabaron firmando el pertinente contrato, en el que se estipulaba en una de sus cláusulas que el músico podría disponer libremente de los ingresos obtenidos por sus actuaciones en cuanto estos no superasen los cuatrocientos reales anuales. A partir de esa cantidad el montante final debería ser repartido de forma equitativa entre los dos signatarios.

Florentino inició su obra restauradora en 1859, finalizando su rehabilitación a los pocos meses gracias a sus hábiles manos. Después de ejecutar las labores de afinación, comenzó a tocarlo profesionalmente ante un público que quedó admirado tanto de la reparación del órgano como de la maestría del organista. Con ello, el joven no sólo logró ser reconocido por su talento musical, sino también sus destrezas artesanales, por lo que desde entonces empezará a recibir encargos para otras ocupaciones artísticas como la escultura.

Se inició en este nuevo arte de un modo autodidacta y tras unas intensas jornadas consumidas como profesor de canto y piano, y cortador y zurcidor de trajes. En esos pocos momentos de ocio de que disponía, Castiñeiras levantaba en sus manos gubias y escoplos para ir esculpiendo con su maza, lasca a lasca, unas tallas sencillas que más tarde policromaba para convertirlas en verdaderas representaciones físicas de imágenes reales. Una vez que hubo conseguido una cierta técnica, se atrevió a copiar algunas partes de la imagen de la Virgen Inmaculada, simbolizada por Murillo en su obra La Virgen de la Ascensión. Esta primera obra maestra la presentó públicamente en forma de unas manos y una cabeza femenina, elementos que obtuvieron el beneplácito de sus admirados espectadores, por lo que su autor se planteó finalizar su trabajo vistiéndola del mismo modo que la Inmaculada Concepción del famoso cuadro. Desde entonces, la imagen de la Purísima quedó expuesta en la iglesia de Ortigueira en el retablo elaborado ex profeso por el maestro Román Martínez para su veneración por los fieles.

No sería esta la única figura eclesiástica que labró el particular imaginero ortegano, pues, entre otras obras suyas, encontramos la talla del san Antonio, igualmente integrada en la iglesia de Ortigueira; la Virgen de la Saleta, en la de la iglesia parroquial de Ladrido, o el san Isidro, en la de Espasante, y algunas más que están repartidas a lo largo y ancho del arciprestazgo del Ortegal. De estas últimas hay que decir también, que, con una de ellas, en que aparece representada una estatua de pequeñas dimensiones de san Lázaro, Florentino obtuvo un premio en la Exposición Regional de Lugo.

Toda esta excelencia en el arte de Alonso Cano sería sobrepasada por su auténtica pasión: la música. Una afición que compartió con otros grandes amantes de la melodía, como fueron José Sánchez (conocido con Sanchillo), quien había llegado a la villa de Santa Marta al ser contratado para tambor de la Milicia Nacional, y Vicente Garrote, el famoso fundador de la banda más longeva de la comarca. Con ellos y otros pocos músicos primerizos, se compondría la primera banda ortegana, en la que Florentino tocaba el bombardino, Martínez y Garrote los clarinetes, y José Sánchez hacía las veces de director y de ejecutante del figle, mientras que el resto del grupo, formado por media docena de músicos, tenía asignado funciones de acompañamiento.

Las habilidades musicales de Castiñeiras eran tan completas, que igual que podía tocar podía componer o dirigir. De hecho, en muchas de las actuaciones de la banda, el grupo tocaba melodías de valses, pasodobles, polcas, mazurcas, pasacalles o habaneras que el mismo había compuesto, e incluso, algunas conocidas piezas de otros compositores que el arreglaba.

Como decimos, el músico ortegano también fue un diestro director. En este caso de la primera coral polifónica de que pudo disfrutar la comarca, y que el mismo fundó, y que llegó a convertir en una segunda escuela para la que las familias acomodadas, a donde sus miembros acabaron yendo para completar su instrucción cultural o aprender desde solfeo y canto hasta piano.

Algunas de sus masas corales estaban formadas exclusivamente por mujeres, mientras que otras las componían voces mixtas. Florentino consiguió despertar tal afición entre los orteganos por este tipo de música que llegó a convertirse en una actividad semiprofesional. Este salto cualitativo tan importante, tuvo lugar cuando a principios de los años 80, tras el éxito conseguido en Paris y Barcelona por los orfeones El Brigantico, de A Coruña, dirigido por Pascual Veiga, y El Eco, por Castro Chané, los componente de la coral ortegana decidieron ponerse un nombre que los hiciese reconocibles. Este marca de identidad no fue otra que la de Sociedad Coral Apolo, en la que tendrán cabida dos secciones, una de declamación y otra coral.

Inicialmente la masa coral estuvo formada por unos 30 jóvenes sin formación musical, a los que su profesor tuvo que ir enseñando, poco a poco, los más rudimentarios conocimientos del solfeo y el canto, auxiliado por su violín, un diapasón y un metrónomo, y, como no, mucha paciencia. Este arsenal de elementos consiguieron dar sus primeros y prometedores resultados unos meses más tarde en que el orfeón empezó a cantar, unas veces, en el escenario del Teatro de Beneficencia, otras, en las misas dominicales, y, en ocasiones, en sesiones públicas en la calle, deleitando a su auditorio. Pero el momento decisivo de la Coral Apolo fue durante las fiestas patronales de 1887, para el que el maestro Castiñeiras había dado su visto bueno para su presentación. El orfeón ortegano iniciaría así la tradición de cantar la misa compuesta por el francés Gouned, con motivo de la boda de Napoleón III, durante la celebración de las fiestas en honor a Santa Marta, y en las que el propio Florentino acompañaría a su grupo al órgano. La actuación supuso todo un orgullo para él y uno de sus momentos más gratos de su vida artística. Lo que no esperaba él ni nadie de su entorno era que tan solo unos meses después, en plenas capacidades musicales, le sobreviniese la muerte antes de cumplir los sesenta años en noviembre de 1889.

Durante esos últimos meses, los pasó dedicándose exclusivamente a dirigir la coral y a tocar el bombardino.

Las dos bandas creadas a su amparo, la de San Adrián, de Vicente Rebollar, y la de la Ortigueira, al frente de la que estaba Vicente Gómez, y en cuya formación se alineaban algunos de los discípulos de Florentino Castiñeiras asistieron a sus honras fúnebres para despedir melodiosamente a su maestro.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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