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Visitando Monasterios

lunes, 03 de noviembre de 2014
Me gustan mucho los Monasterios. Y me sobrecogen. Los encuentro como una arrogante manifestación de poder incuestionable mediante una belleza tremenda, también incuestionable. (¿Por qué al poder le gusta revestirse de belleza?). Todos los que conozco, y son algunos aquí y allá, me infunden un gran asombro, como si fuese la primera vez que los visito, y me gusta repetir visitas.

Las fachadas, de las que hablaré cuando sea, ya indican que allí dentro hay algo diferente, pero eso se nota más, y de qué modo, al penetrar en el primer claustro. De Caballeros, de Peregrinos, de Visitantes, y de maneras similares les llaman los monjes. Es decir, el claustro en que se recibe, y da cobijo, a quienes llegan. En Sobrado dos Monxos se siguen hospedando a los peregrinos en ese claustro.

Pero si en su exterior la sensación que daba el Monasterio era la de ser otro mundo, en ese claustro nos encontramos con la grandiosidad hecha arquitectura, tal vez para empequeñecer al visitante. Todo aquí es grandioso: la fuente central, las columnas, los arcos, las dimensiones, la escalera que lleva a las dependencias abaciales y que quiere remedar la de un gran palacio. Y todo ello embebido en un gran sosiego. Si hubo ruido fuera, allí quedó. Todo el ajetreo mundano ha desaparecido, aquí todo es calma y grandiosidad. Si a través de esa puesta en escena, los monjes constructores quisieron propiciar un espíritu de sometimiento en quienes penetrasen en ese claustro, creo que lo consiguieron. Quedaba claro quién mandaba allí.

Otro cosa es el claustro adyacente, conocido como de las Procesiones. Rezuma intimidad y la inspira a quienes, hace poco, estaban asombrados en el anterior. Todo lo importante de la vida monacal gira alrededor de este claustro. La iglesia, el comedor, la cocina, la sala capitular, todo tiene su acceso a través de él. Por eso, dada su importancia en la vida monacal, suele estar muy decorado desde un punto de vista arquitectónico, para indicar que se está en un lugar especial.

A veces me gusta evocar una procesión en un claustro de Procesiones. Los monjes en dos filas, a distancia marcada unos de otros, precedidos por la cruz abacial, con las insignias reglamentarias en medio de las filas y, al final, el Abad revestido de sus ornamentos con toda su boato.

Era el último en salir de la iglesia, cuando la procesión casi había rodeado la totalidad del claustro, a punto ya de entrar en la iglesia la cruz inicial. No podía ser que esa cabecera encontrase entorpecida la entrada a la iglesia porque la procesión aún no había terminado de salir.

Dadas las distancias de unos monjes a los siguientes, era posible calcular cuánto mediría la procesión conociendo el número de sus participantes. Puesto que el número de monjes estaba prefijado en el momento de erigir el Monasterio, la longitud de la procesión marcaba la dimensión del perímetro del claustro de procesiones, independientemente de que fuese cuadrado o rectangular. Lo importante era el perímetro, pues en él se acogería la procesión entera.

El número de habitantes del Monasterio era importante en el momento de señalar las dimensiones de las diferentes estancias y servicios monacales, pero también indicaba el perímetro del Claustro de procesiones.

A veces, es bonito recordar estas cosas paseando por los hermosos claustros de Procesiones que tenemos.

NOTA: Las fotos que presento corresponden a otros tantos Claustros de Procesiones de los Monasterios que indico.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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