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Leandro María Ramón Pita Sánchez-Boado, gran activista del agrarismo ortegano, intelectual y dramaturgo

miércoles, 08 de enero de 2014
Leandro María Ramón Pita Sánchez-Boado nació en A Coruña el 30 de enero de 1874, fue hijo de Leandro Pita y Lamas y Gertrudis Sánchez Boado, aunque para las posteriores generaciones será más conocido por ser el padre del político y varias veces ministro republicano Leandro Pita Romero.

Los primeros años de su vida aparecen descritos brevemente en su libro La voz de la raza, donde retrata sus avatares estudiantiles del siguiente modo: “me educaron en un colegio de frailes de la no lejana capital de la provincia; al cabo de seis años mandáronme mis padres a Santiago de Compostela, en cuya Universidad cursé los estudios de la Facultad de Derecho, y en los cinco años que en Compostela residí, puedo asegurar que no desaproveché el tiempo, en cambio me divertí un poco más de la cuenta, y váyase lo uno por lo otro”. Una época en la que también se inició en las ideas republicanas, aliándose a grupos de estudiantes contrarios a la regencia de María Cristina , como anteriormente lo había hecho su abuelo cuando subiera al trono Isabel II, por lo que estuviera condenado a muerte junto con los mártires de Carral.

Sus andanzas universitarias aún son recordadas por algunos de sus familiares, pues Leandro Pita compaginaba una personalidad divertida y sociable con unas altas capacidades para el estudio, lo que le permitía poder integrarse en varios grupos a la vez sin perder el ritmo de ninguna de sus responsabilidades. Durante su estancia en la capital compostelana en los primeros años de la última década del siglo XIX, formó parte de la tuna compostelana y dirigió algunas obras teatrales. En la agrupación musical estudiantil, además de tocar varios de sus instrumentos de cuerda, participó en la creación de una revista semanal denominada La Tuna, que dirigía Manuel Lois, y de la que él era su administrador. En este semanario empezará a formalizar su actividad de escritor, publicando varios artículos de carácter humorístico, como El amor libre, La flor de azahar o La tuna (poesía).

En el año 1895, y antes de terminar sus estudios universitarios, puso en escena su obra El batallón literario en el Teatro Principal de Santiago. El drama escenificaba el hecho histórico que habían protagonizado los estudiantes universitarios compostelanos durante la Guerra de la Independencia española. La obra fue representada por la tuna escolar compostelana la noche del jueves 7 de febrero de 1895, recibiendo el aplauso del público. Leandro representó el papel del protagonista principal, el José Ramón Rodil y Gayoso, al que le añadió el papel de ser un estudiante de su época. Otros personajes de la obra eran el rector, el alcalde, los hermanos Cirilo y Gerundio (monjes), a los que acompañaban Julián, Francisco y otros estudiantes. La acción de los tres primeros cuadros transcurría en los momentos de la Guerra de la Independencia, mientras que el cuarto ocurría en la época de la escenificación.

Al año siguiente, y ya en Ortigueira, escenificará Apuntes al carbón. Este apropósito cómico-lírico en verso constaba de un acto y tres cuadros y fue estrenado en el Teatro de la Beneficencia de Ortigueira la noche del 4 de octubre de 1896 con un gran éxito de público. Los actores que la pusieron en escena pertenecían al cuadro dramático del Círculo Obrero. En la introducción de la edición publicada de la obra teatral, Pita advierte de que ésta “nada bueno contiene […] es uno de tantos casos literarios que a menudo arroja el claustro cerebral, víctimas ya de su periodo jestatorio (sic) de una incurable afección ripiosa”. Las escenas de la función teatral tratan de dramatizar algunos hechos de la vida cotidiana de la villa de Ortigueira poniendo en boca de sus personajes reales (el liberal, un transeúnte, el sepulturero, el conservador,…) o alegóricos (la política, la luz eléctrica, la calle nueva, la caridad, etc.) los diálogos de la calle. Durante la representación, varios de sus pasajes son interpretados con diferentes piezas musicales o corales, como pueden ser el tango La gran vía (música) o El rey que rabió (coro). Este hecho es una señal de lo completa que era la formación de Leandro en cuanto a la dramatización y la música. Para esto último se veía casi siempre acompañado por el buen hacer de su buen amigo y mejor músico Pedro Castiñeiras.

A finales de 1898, inició en la imprenta de Jesús Fojo la edición de la Revista Ortegana. Un periódico de periodicidad semanal que Leandro dirigiría y a la que le imprimiría una cierta marca de diseño.

Su periplo universitario le va a llevar a Madrid, en donde cursa su doctorado en la Universidad Central. De esta época Leandro señala, “frecuenté los teatros, no falté a los bailes, entré en los Museos, estudié en el Ateneo, tuve amigos, no me faltaron amigas, y en ninguna parte dejé memoria amarga de mí”.

Desde Madrid partió a recorrer España y otros países como Inglaterra, Francia o Suiza, pero “a medida que el tiempo corría notaba yo que mi carácter se transformaba, llegando a dominarme un tedio que los médicos ingleses diagnosticaron de spleen, los franceses de névrosthénie y un médico gallego, residente en Barcelona de morriña […]La vida me pesaba tanto, que para olvidar hasta de que vivía ensayé las inyecciones de éter y de morfina, sin lograr descanso a mi tortura”.

Solo cuando regresó a la comarca su estado de ánimo se sosegó, y eso le llevó a proponerse una tarea que le parecía esencial, como era la de cambiar sustancialmente las políticas rurales asentadas en el caciquismo: “el campesino representa una fuerza positiva, no solo en número sino por ser el brazo vigoroso que de la tierra arranca la riqueza madre de todas las riquezas. La aldea contribuye pródigamente a las necesidades de la patria, con su dinero con su trabajo, con su sangre. La aldea es la despensa de la nación; la aldea proporciona el pan que muchos hombres no debieran comer. Y son los hombres de las ciudades los que por vivir de espaldas al campo, ven en el aldeano un ser de raza inferior, obligado al deber pero exento de derechos […] Y yo pensé que debiera recoger los sentires aldeanos: aldeano soy, amo el agro, no siento prejuicios…”.

Sin embargo, su liderazgo no va a sustentarse en premisas individualistas, sino que, por el contrario, va a trabajar por integrar en las estructuras sociales agrarias el asociacionismo, o como el mismo deja dicho: “Si el aldeano se hubiera preocupado de discernir el valor que representa; si hubiera dado de mano al pernicioso aislamiento en que esteriliza su esfuerzo, si hubiera concertado su voluntad, su energía, su discurso, acoplado tan preciosos elementos al gran mecanismo de la asociación, no se vería atenazado por la duda, porque hubiera aprendido a creer o a no creer, pero no a dudar”. Y para ello se va a recurrir a las propias prácticas de los labradores para alentarlos a emprender esta forma de trabajo comunitario: “Créese que en el campo no existe verdadero espíritu de asociación, y el mismo campesino cree desconocer los beneficios de la asociación, y sin embargo, todos los días está practicándose en el campo el principio de la asociación. El cultivo de una parcela de terreno ¿lo cultiva un solo hombre? El labrador requiere el auxilio de varias personas para sembrar, arar, segar, trillar, y cuanto mayor sea la parcela, mayor será e número de auxiliares que demanda el labrador ¿Qué significa esta cooperación sino la práctica de la asociación?”.

En el Ortegal, su asociacionismo agrario empezará a tomar cuerpo gracias a la existencia en la zona de algunas mutuas ganaderas, que serán el germen del espíritu asociativo posterior. Esta fórmula le permitirá a un pequeño grupo de propietarios acomodados ocupar los mandos de sus directivas, o como Leandro apuntaba, “el aldeano sólo debe cooperar con aquellos hombres que puedan probar méritos propios, con aquellos hombres que no teman la revisión de sus vidas”. Este núcleo dinamizador primigenio del asociacionismo estará formado por Federico Maciñeira y los hermanos Leandro y Luciano Pita Sánchez¬-Boado, que ya entonces estaban vinculados a la Cámara Agrícola de A Coruña y a la Asociación General de Ganaderos del Reino como propietarios autónomos.

La intervención de Leandro en el ámbito asociativo propiciará que se empiecen a extender las innovaciones técnicas entre los agricultores y ganaderos y se pongan las bases para que el poder local se oriente hacia el servicio de los intereses del campesinado ortegalés, y no, como él mismo dice, el campesino esté a las “órdenes de un Alcalde o jefe de fracción política, esto es, del cacique que [le] impone su voluntad”.

Otra de las ideas sobre la política que se debería emprender respecto a las actividades del progreso rural era la de erradicar los políticos cuneros de la política local. De hecho, él dirá que “para el desempeño de ciertos cargos políticos exígense condiciones que en nada rezan con la especialidad de las funciones propias de tales cargos; para ser concejal ha de acreditase vecindad en el municipio; para ser elegible diputado provincial también ha de ser probada la vecindad; pero para ser diputado a Cortes basta ser ciudadano español y saber leer y escribir; y por esto se da el lamentable caso de que muchos distritos estén representados por cuneros ¡Y así medran los distritos!”.

Amigo de las tertulias y del debate improvisado, Leandro Pita será uno de los participantes habituales del círculo de amigos que se reunía en la botica de Pedro Castiñeiras. Allí se reunía lo más granado de la Villa, que, como dejó escrito el novelista Alberto Ínsua: “A su tertulia concurren personas de todo mi respeto por su cortesanía y su cultura; una de éstas, [es] el caballeroso y mundano Sr. Leandro Pita”. Por eso, no es de extrañar tampoco que fuese elegido presidente del Casino Ortegano en 1904.

Desde la creación de los concursos ganaderos en 1905 Leandro Pita Sánchez-Boado se mantuvo al frente de la organización de estos eventos y participó junto con otros técnicos y representantes agrícolas en los jurados calificadores, y una vez concluido éste se ocupaba de redactar sus consiguientes memorias, casi siempre con la colaboración de Federico Maciñeira. En estos informes finales recogían todas las actuaciones llevadas a cabo durante los mismos de un modo pormenorizado, exponiendo, entre otros datos, la procedencia del ganado, el estudio en detalle de los ejemplares más relevantes, la cuantía y distribución de los premios, a los que añadían ciertos comentarios sobre la evolución de la cabaña ganadera de la comarca.

Por último, hay que decir que entre ambos se encargaban de distribuir las notas de prensa a los periódicos para su difusión, lo que, con el tiempo, logró convertirlos en unos publicista natos de este tipo de eventos.

El Consejo de Agricultura y Ganadería accedió a nombrar a ambos como sus delegados en Ortigueira en 1910 para, de este modo, poderlos hacer sus representes en los concurso de ganados y demás actos relacionados con la agricultura.
En 1915 Leandro fue nombrado delegado de la Junta Permanente Ferrolana pro Ferrocarril Ferrol-Gijón en Ortigueira, un cargo que volverá a compartir con Federico Maciñeira, y un año después creará y presidirá la Agrupación Cultural de Ortigueira.

A él también se le debe el establecimiento de la parada primera caballar, en 1917. Una parada para la cría y remonta en la que se pusieron al servicio de los propietarios de caballerías de la zona varios ejemplares provenientes de León aportados por el Ejército. Ortigueira se constituyó así, junto con Ourense, Xinzo de Limia, Santiago de Compostela, Vilalba y Ponteareas, en una de las pocas localidades elegidas para que el reducido grupo de animales permaneciesen, en primera instancia, hasta cinco días en cada una de ellas.

Esta primera parada se mantuvo entre los días 15 de abril y 2 de mayo en el lugar de La Lagarea, en donde se tuvo que alquilar una casa a Jesús García Cortés por 351 pesetas para que ella se pudiese alojar el personal responsable de la estación de sementales y otra para su cabo-jefe. Tras el espectacular interés cosechado entre los ganaderos, el propio Ayuntamiento solicitó a los representantes del Depósito de la Dirección General de Cría Caballar y Remonte de León la prolongación de la estancia de al menos un caballo semental durante algún más tiempo. Poco a poco los intervalos de tiempo se fueron incrementando hasta llegar, en algunos momentos, a mantener un caballo de forma estable en San Adrián.

Unos años más tarde, en 1920, Pita se convertirá en el primer presidente de la Federación Agraria de Ortigueira, en la que acabarán confluyendo la mayor parte de las asociaciones parroquiales impulsadas por el grupo que él mismo encabezaba.

Desde la Federación se emprendió la tarea de llevar el ganado del Partido Judicial de Ortigueira a Madrid, una aventura que, en un principio, les pareció a muchos de sus miembros demasiado arriesgada, y en la que no desearon participar. Animados por Leandro, que empezó corriendo con un tercio de los gastos ocasionados por la mortandad de algunas de las reses transportadas, y que contribuyó con un apoyo logístico a la expedición basado en colocar en cada vagón del tren a dos personas para atender el ganado, entre los que se encontraba su sobrino Javier Pita Las Santas, la resistencia al envío comenzó remitir. Las expectativas generadas al final de la operación llevaron a que se efectuasen otras remesas, no sólo a la capital del Estado, sino también a Barcelona.

Leandro Pita fue uno de los impulsores de las Fiestas del Árbol en la comarca. Estas celebraciones, que ya tenían un cierto arraigo en países como Alemania, serán materializadas en Galicia por la Asociación de Amigos de los Árboles, de la que él era su delegado en Ortigueira. Sus actividades se dirigían principalmente a los niños y jóvenes pues, como decía Federico Maciñeira, servían para “educar a la nueva generación en un intenso amor al árbol, a ese rey de los vegetales […] que es la más expléndida (sic) gala de la naturaleza y reporta a la humanidad incalculables beneficios”.

En el ámbito del teatro, su actividad no se ciñó exclusivamente a crear e interpretar obras dramáticas, sino que llegó incluso a ser empresario teatral. Para esta nueva actividad contó con la colaboración de sus amigos Juan Díaz Noriega y Rogelio Tourón. Esta nueva sociedad empresarial comenzó a realizar los trámites para levantar su nueva sala de espectáculos en Ferrol en 1916. Para ello, contrataron los servicios del gran arquitecto coruñés, y mejor músico, Eduardo Rodríguez-Losada Rebellón que diseñó los planos del que será llamado Salón Teatro Renacimiento -más conocido en la capital departamental por El Rena- que presentó al Ayuntamiento ferrolano el 5 de diciembre de 1916. La configuración de la obra siguió los cánones de la arquitectura ecléctica predominante durante las dos primeras décadas del siglo XX. Las obras se iniciarán en febrero de 1920, contando el constructor con un presupuesto de 120.000 pesetas y un plazo de entrega de 10 meses, que será incumplido a causa de algunos problemas burocráticos, pero también de provisión de algunos materiales, que se procuró que fuesen incombustibles o cubierto con productos ignífugos, por lo que la obra acabará entregándosele a sus promotores el 6 de septiembre de 1918, aunque sin terminar en algunas de sus partes, como fue el caso de las pinturas de los seis palcos, por lo que se puede tomar como fecha definitiva la de 1920.

El edificio se levantó en la concurrida y céntrica calle Sol, inaugurándose el día 21 de agosto de 1920. Al acto asistieron, además de las autoridades locales y provinciales, un numeroso público ávido de ver, no sólo la obra que se representaba, sino también todos los detalles del espectacular centro dramático. Poco tiempo después, debido al apogeo que fue tomando el cine en aquellos primeros años de la década de los 20, la sala, que contaba con un aforo de 790 espectadores, acabará alternando las representaciones en vivo con las películas.

Se concluía así la idea que inicialmente había sido perfilada por Leandro Pita y Juan Díaz, junto con el empresario teatral Rogelio Tourón, de poder entrar en el circuito de representaciones que se había organizado en Galicia y que permitiría no sólo incorporarle la ciudad ferrolana sino también atraer hacia Ortigueira algunas de las funciones para ser presentadas en el Teatro de Beneficencia.

En 1920, Leandro Pita escribiría un artículo titulado Labor futurista que le sería publicado en tres partes por El Correo Gallego. En él avanzaba su visión del progreso del campo a través de la unión de los labradores, del mismo modo que lo hacían los obreros de las fábricas, de los que subrayaba que “se han dirigido en un Poder que no teme y que es temido. Es el triunfo de la colectividad cuyos miembros, al concertar voluntades, aspiraciones y energías, han dado vida a esas poderosas Sociedades obreras, magistralmente organizadas, que hacen fruncir el ceño a nuestros estadistas, maestros en el arte de hablar mucho y no decir nada”.

No era esta la única fórmula que promovía, ya que también abogaba por “dos elementos fundamentales, que son (por este orden): capacidad para investigar las fuentes de riqueza y capital para explotarlas; o lo que es lo mismo, dos capitales: uno de las ideas y otro en pesetas”. Para la consecución de estos fines se habría de contar con la colaboración de “la magna obra emprendida por las Sociedades de Instrucción […] nutriendo cerebros y corazones; nosotros nutriendo estómagos; aquellas, facilitando la investigación de las fuentes de riqueza; nosotros, facilitando los medios de explotarlas”.

En 1924, doce de los sindicatos del Distrito de Ortigueira eligieron a Leandro Pita para el cargo de vocal de la Junta Local de Primera Enseñanza. El tema de la educación había sido desde siempre uno de los pilares en los que había basado su renovación social en el ámbito rural y el único modo de extender su progreso. Así dirá, por ejemplo, “nadie discute que la escuela primaria es elemento básico de la vida social, y todos los Estados que se preocupan de preparar generaciones útiles y viriles dedican buena parte de sus actividades a la propagación de la enseñanza primaria, mejorándola en la medida en que la ciencia pedagógica avanza, y aumentando los prestigios del magisterio”. Para más adelante señalar que “Es de justicia reconocer que en España no se ha estacionado la pedagogía; más la justicia es también afirmar que avanza demasiado lentamente en la senda de los progresos didascálicos; los edificios escolares son escasos, y, en general, deficientes y anticuados; el material de enseñanza, además de no ser abundante, no siempre está bien seleccionado; el magisterio cuenta con poco personal, y está mal retribuido; y, sobre todo, el plan único de enseñanza primaria es la rémora que dificulta la realización del fin eminentemente práctico que la escuela debe perseguir, fin que ha de responder a las probables necesidades del alumno. Fácilmente se comprende que entre la escuela de la ciudad y la escuela rural deben existir diferencias ostensibles en cuanto a la necesidades del medio en que ha de desenvolverse la población escolar”.

Leandro pensaba que la educación rural debía mantener todo un elenco de contenidos e instrumentos diferentes al de las ciudades, pues, según él, sus actividades “convergen en una especialidad: agricultura y ganadería”. Esta idea le llevará a postular que la educación de los alumnos se base y organice entorno a aquellos contenidos que tengan que ver con la economía rural, la agricultura en función de las producciones comarcales, la industria pecuaria, la contabilidad, los sistemas de estabulación, etc. Pero no serán estas sus únicas aportaciones que haga, ya que también consideraba necesario que se introdujese en las escuelas rurales la sesión escolar única debido a la diseminación poblacional gallega y lo penosos que son los desplazamientos de los alumnos “en el rigor del invierno por la carencia de caminos transitables”.

En cuanto a la organización escolar, sostiene que la red de escuelas debería estar formada por, al menos, una en cada parroquia. También sugiere que las escuelas que se encuentren ubicadas en zonas de montaña sean mantenidas abiertas durante todo el periodo escolar; que legislaciones educativas que se emitan respeten las características específicas para cada región y que se apoye la creación altruista de escuelas por parte de las sociedades de instrucción de los gallegos residentes en América con las que se puede suplir “la indolente actuación del Estado” en esta materia.

Otra de las pruebas que Pita dio de su compromiso con la educación para el progreso de la sociedad rural queda evidenciada en su una obra de teatro Glorias gallegas. En esta se propone hacer un ensayo pedagógico en verso y puesto en escena en un acto y tres cuadros para describir sus ideas sobre la nueva educación que, como él mismo dice, “no son los organismos oficiales los que tal desarrollo fomentan”. En la obra sacará a colación las ideas de Aristóteles, Pestalozzi, Froebel, entre otros, con las que intentará formalizar el valor del mantra que promovía la Escuela Nueva: “sin la regeneración de la escuela era una ilusión la regeneración de la sociedad”. En ella también enfatiza su apuesta por las fórmulas pedagógicas que se están introduciendo en países como Suiza, Alemania o en las naciones escandinavas. Mientras que en España las referencias las encuentra en las Escuelas del Sacromonte o Escuelas del Ave María del Padre Manjón y las Escuelas del Asilo de Santa Cristina de Madrid.

Según Leandro, la educación escolar debería “perfeccionarse de día en día y hoy tenemos las visitas a fábricas y talleres, la fiesta del árbol, los museos escolares, las aplicaciones de la máquina parlante, las del aparato proyector, etc.”. Más adelante en la obra añadirá también las funciones teatrales infantiles, pues, según dice, sus lecciones “grávanse en el corazón del niño más hondamente que si se expusieran por el maestro en simples disertaciones […] y se conserva más latente en el recuerdo del hecho en que tomamos parte activa o presenciamos simplemente”.
Para la preparación de la representación de Glorias gallegas, Pita reunió durante tres días a sus actores adultos con el fin de leerla con ellos, un proceso al que también se les unieron algunas personas aficionadas al teatro pero ajenas a la dramatización de esta obra. Durante su lectura, Leandro les fue instruyendo sobre la vida y los trabajos de sus diferentes personajes. Después de tres días de una primera puesta en común, su autor hizo lo propio con los actores infantiles con el fin de que repasasen durante otros tres días los textos de referencia de sus propios personajes. Finalmente, todos los actores acabarían ensayando en el escenario sus respectivos papeles otros ocho días. Los ensayos generales se realizarían cada tres o cuatro días hasta el momento del estreno. Los interpretes de la obra serán tanto personajes reales como históricos y simbólicos. Entre los primeros se encuentran Pascual Veiga, el domine, el emigrante o el pedagogo, y, entre los segundos, Rosalía de Castro, Concepción Arenal, Casto Méndez Núñez, Eusebio da Guarda, Ovidio Murguía o Benito Losada, y entre los alegóricos, Pita trato de humanizar a Galicia, las cuatro provincias gallegas y la Historia de España.

A flor de tierra es otra de sus dramatizaciones teatrales. En ella pone en evidencia las visiones contrapuestas de los labradores de las aldeas y los señores de las villas y ciudades. La acción se desarrolla en tres actos y cuatro cuadros conteniendo situaciones de la Galicia de la época en la que participan personajes como don Rafael, don Fabián, doña Valeriana o doña Petra, en representación de los señores y Amelia, Rosa, tío Antón o Esteban de los campesinos.

Durante su vida, Leandro Pita escribió bastantes obras, algunas de las cuales han quedado inéditas. Éste es el caso del Ensayo de diccionario biográfico gallego, con el que pretendía llenar el vacío de este tipo de obras, pues, según expone en la introducción: “de antiguo viénese clamando por la aparición de un Diccionario biográfico gallego, y en verdad que nunca demanda más justa se ha formulado. No ya las biografías, los nombres de muchos hijos ilustres de Galicia yacen en el anónimo para la mayor parte de los gallegos, aun de no pocos cuya cultura no se discute”. El texto está mecanografiado en forma de fichas, una por cada personaje biografiado. En total recoge más de mil nombres de personas de todas las épocas de Galicia, entre las que sólo aparecen tres localizadas en la comarca de Ortigueira (Armada Teixeiro, Alonso Pernas y Francisco Javier Méndez y Neira de Saavedra, el cura relojero de Ladrido). También cita a algunos de sus parientes por la rama materna, como fueron Lucas, Nicolás y Pedro Simón Sánchez Boado. Leandro sanciona la falta de una obra de estas características como “uno de los más graves delitos que pueden cometer los pueblos”, a los que acusa de “una degeneración moral precursora de la soberanía del egoísmo. Y Galicia no es ingrata, no puede serlo un pueblo como el nuestro posee como característica una exquisita educación del sentimiento”.

Para reunir todo lo dicho hasta aquí, podemos acudir a las palabras firmadas con el seudónimo de Lucus Arago en La Voz de Galicia bajo el título de El despertar agrario, en donde dice: “Don Leandro Pita es un entusiasta, enamorado de lo que á ganadería y agricultura atañe. Quiere ver su pueblo próspero y abundante, nada escatima al ideal redentor que le obsesiona, se desvive por el porvenir y el bienestar del labriego, y él pone su pluma bien cortada á los cuatro vientos tratando magistralmente aquellos problemas rurales de capital interés para el logro de las aspiraciones legítimas del campesino gallego”.

Esta implicación es una de las constantes en toda su obra. Se considera un aldeano y aboga en todo momento por una combatir la idea del rural de aquellas personas que por su rango social superior gracias a su poder económico y a sus estudios pensaban en los problemas sociales del entorno de una forma inapropiada. En cualquiera de los temas que trata, siempre él siempre va a hacerse hace eco de los postulados y reivindicaciones de las personas del pueblo, de los agricultores y ganaderos. Esto es así, por ejemplo, cuando hace la crítica pictórica del artista ferrolano Imeldo Corral, que titula Exposición de Imeldo Corral, y que subraya con el subtítulo de Impresiones de un aldeano. En ella, empieza diciendo “No es cosa corriente que los aldeanos dediquen su tiempo a cuestiones de arte; si algunos entienden algo de estas cuestiones, cállanse. En realidad, el aldeano gallego es apocado, por eso en Galicia afincan los dictadores que osados y procaces imponen la tiranía más desenfrenada, una tiranía que amordaza los labios, encadena las conciencias t castra la voluntad. Estos tiranos, analfabetos y rufianes, que viven y viven bien en pueblos, villas y aldeas, estos dictadores que constituyen esa taifa hampona y pícara diestra en artes de monopolio”. En ese mismo tono y con ese mismo tipo de comentarios seguirá durante varias páginas, iniciando la verdadera crítica a la obra del artista en la página sexta del documento manuscrito, para a partir de ahí irse extendiéndose por todo un entresijo de cuestiones no sólo artísticas sino también filosóficas y patrióticas.

Una de las facetas más características de Leandro Pita fue su participación como actor en las más diversas obras teatrales ya fueran compuestas por él mismo o por otros autores. A ésta faceta le unía la de conferenciante y músico, prueba de estas últimas las encontramos en una velada celebrada en honor a Rosalía de Castro en el Teatro de Beneficencia de Ortigueira. Allí, Leandro, conjuntamente con los otros tres miembros que formaban parte del cuarteto de la Agrupación Cultural (Rubido, padre e hijo, y González Teijeiro) interpretaron los acordes del himno gallego y, a continuación, tocaron Os teus ollos del maestro José Castro Chané. Para finalizar el acto, Pita ofrecería con una conferencia sobre Rosalía de Castro y su obra en la que, según una crítica periodística, hizo además de un estudio sobre su obra y su identificación con Galicia, comparó a la escritora gallega con el poeta alemán Heine.

A pesar de todo lo dicho hasta aquí concerniente a su obras teatrales o a sus diferentes artículos, la principal obra de Leandro Pita será La voz de la raza. Una obra madura en torno a los cauces que debería tomar la política rural. Su prólogo, escrito en gallego, lo dirige a los emigrados, a los que también les dedica el libro. A ellos les trata como hermanos, amparándose en su figura de “loitadores, que non tedes castrada a vontade, amostrades ôs servos d´o campo galego com´an de loitar para conquerir as libertades e os dereitos arrincados por mans rexas de sangue. Facede, irmáns, qu´a raza rexurda ô conxuro d´a verba redentora: TERRA A NOSA!”. Antes de entrar en materia, advierte al lector que “si eres fácil al prejuicio, difícil a la rectificación, propicio al tópico o inmune a la rebeldía, no leas este libro”. Y la verdad es que el libro es un todo un proyecto político con el que trata de instaurar la democracia, abolir el caciquismo e impregnar la política de las necesidades del pueblo, mayormente, aldeano, del que él se siente uno más: “lo peor de la aldea es la maldita política: todos los caciques son malos, empezando por los de casaca bordada; pero ninguno tan repugnante como el cacique de montera y zuecas: es sumiso con el poderoso, soberbio con el caído, hipócrita siempre, vengativo sin excepción, inmune al sentido generoso y propicio a todas las maldades”.

Esta obra, en los actuales momentos de crisis, se puede ver como muy actual pues señala claramente todas las imperfecciones del sistema político así como la falta de compromiso social, que él expone con las siguientes consideraciones: “un pueblo que no tiene conciencia de su propio valor, un pueblo que deja mansamente castrar sus convicciones, un pueblo, en fin, sometido a la cobardía del látigo esgrimido por cómitres de galeras, ese pueblo carece de autoridad para pedir, porque sus demandas, sus clamores y sus amenazas son como las bravatas del enano de la venta”. Y aún va más allá cuando advierte que “el analfabeto, el idiota, el mendigo, figuran en las listas electorales a ciencia y paciencia de quienes debieran evitarlo; la mujer cabeza de familia, la que goza de poder amplio del marido ausente, la que tiene intereses que defender, deberes que cumplir y derechos que ejercitar, carece de capacidad para ejercer el derecho de sufragio, y se la pospone al idiota al analfabeto y al mendigo”.

La voz de la raza fue valorada en su tiempo con críticas tan elogiosas como la que aparece en el apartado bibliográfico de la Revista Hispano Americana Cervantes. En ella aparece un artículo firmado por M. de B. que sostiene que es un “libro de sana rebeldía, en que con toda sinceridad se exponen y comentan ideas y sentimientos que la actualidad los reviste de interés principalísimo. Aunque limitado, circunscrito en su casi totalidad a los problemas gallegos, como estos problemas políticos y sociales no son ajenos ni se diferencian gran cosa de los del resto de España, resulta que el libro no tiene un mero carácter regional, sino que entra de lleno en la actualidad de la política española. Tanto da hablar de Galicia, como hablar de Castilla, como hablar de Andalucía; salvo modalidades secundarias, los problemas son los mismos, como es la misma la realidad, como son iguales los males, los deseos y las ansias: hacer una nueva España, reanimar la vida nacional. Libros de esta naturaleza son siempre necesarios y útiles, porque vienen a despertar las dormidas conciencias, a estimular las voluntades caídas y a vigorizar las inteligencias débiles”. Para terminar, el comentarista señala que “nos ha complacido y creemos de justicia recomendar su lectura a nuestros lectores. Sin llegar a la hondura sociológica de las obras de Julio Senador, en un terreno más bien sentimental. La voz de la raza sigue la ruta emprendida por algunos intelectuales de analizar la vida nacional, exponer sus errores y defectos, y tratar de ofrecer las pertinentes y adecuadas soluciones”.

Leandro Pita compuso muchas poesías, que en algún momento pensó en editar, pero que nunca llegó a hacer. Entre éstas están: Hojarasca, El caso de los limones, Cantares, Nostalgia o Vulgarización científica.
Leandro Pita moría en Ortigueira un 10 de noviembre de 1926, dejando constituida una gran federación agraria de la que se haría cargo como su presidente su hijo Leandro Pita Romero.

Algunos de los artículos de Leandro Pita:

“José Ramón Rodil y el Batallón Literario”. El Anunciador, 5 de mayo de 1894.
“Crónicas compostelanas”. La Unión Gallega, 19 de noviembre de 1894.
“El pueblo siempre tiene la razón”. El Noroeste, 26 de febrero de 1919.
“Un triunfador” (artículo sobre Wenceslao Fernández Flórez). El Noroeste, 3 de septiembre de 1919.
“Labor futurista, I”, El Correo Gallego, 29 de noviembre de 1919.
“Labor futurista, II”, El Correo Gallego, 30 de noviembre de 1919.
“Labor futura, III”, El Correo Gallego, 2 de diciembre de 1919.
“La protesta del agro”, El Correo Gallego, 20 de octubre de 1920.
“A rebeldía xusta”. A Nosa Terra, pp. 4-5.
“Hacia el sindicato agrario”. Acción Gallega.
“La venta directa de bueyes”. Acción Gallega.
“Hacia el sindicato agrario. Labor que debe realizar. III”. Acción Gallega.
“Hacia el sindicato agrario. De la necesidad de asociarse”. Acción gallega
“Idearium de un aldeano. El campo y la ciudad”. Artículo en cuatro entregas obre la falta de apoyo de los políticos de la ciudades al campo y las diferentes visiones de los residentes en las ciudades y en el medio rural sobre la economía.
La voz de la raza. Ideario de un aldeano. Madrid, 1919
Obras inéditas
Ensayo de Diccionario biográfico gallego. Diccionario inédito.
Glorias gallegas. Ensayo pedagógico en un acto y tres cuadros en verso. 1906
La voluntad dormida. Novela.1924.
A flor de tierra. Drama en tres actos y cuatro cuadros en prosa.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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