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El suministro de agua a la ciudad

viernes, 27 de diciembre de 2013
Memoria de Lugo.

Los pozos públicos en el s. XIX y el servicio para llenado de cántaros

Es curioso que la obtención de agua de los pozos, algo que nos parecía arcaico, se volviese a hacer en 1875 debido a la escasez de agua que sufrió la ciudad en el verano, lo que obligó al Ayuntamiento a tomar una serie de medidas de urgencia para remediar la situación.

La Comisión de Fuentes, reconoció los manantiales causándole dolorosa impresión la escasez de agua, proponiendo como obras urgentes la limpieza inmediata de las cañerías, que en este momento ya eran de hierro de las fundiciones de Sargadelos, para evitar las pequeñas filtraciones, la conveniencia de que se hiciesen, como ensayo, calicatas contiguas a la galería que estaba en dirección a Garabolos, reconocer las fuentes de los extramuros más próximas a la ciudad, por si era posible aumentar su caudal, y construir pilones de buena capacidad que sirviesen para almacenar agua y también de abrevaderos.

Se contemplaba construir seis pozos para el servicio público, con sus correspondientes bombas manuales, y limpiar el que había en el barrio de los Clérigos. Los de los particulares debían de habilitarse inmediatamente. La Comisión proponía que se anunciase un concurso con las memorias, presupuestos, estudios o proyectos para la conducción del agua potable al interior de la ciudad.

El Ayuntamiento acordó el 15 de mayo abrir seis pozos para el servicio público, uno en la calle de las Nóreas, en el encuentro con la del Progreso y Campanas, que se localizó en unas prospecciones arqueológicas al pavimentar la calle, otro en la plazuela contigua al Hospital Municipal, instalado en el convento de Santo Domingo, otro en la plazuela de la Soledad, otro en la calle del Cuartel, actual Amor Meilán, en su cruce con la que pasaba por detrás del edificio, otro en el patio de la Casa de Beneficencia, hoy Museo Provincial, inmediato a la portada de la Rúa Nova y otro en la plazuela del Campo do Castelo.

Para contratar las obras se pedía que el arquitecto provincial Nemesio Cobreros, que hiciese los planos y presupuestos del coste aproximado de los seis pozos con sus bombas, y el de la construcción de un depósito general de aguas para hacer la distribución a las fuentes, así como la adquisición de una nueva tubería de hierro de mayor capacidad para sustituir la que había.

Bombas para extraer el agua

Para que resultase más cómodo sacar el agua, en lugar de la polea con una cuerda atada al cubo, se utilizaban bombas manuales. En el consistorio del 30 de septiembre de 1876, mandó pagar al maquinista Manuel Fernández, 37 pesetas con 50 céntimos por reparar las bombas de los pozos de la calle del Sol, Castillo y Rúa Nueva.

Estas bombas ya estaban en mal estado en 1881. Un dictamen de la Comisión de Obras Públicas proponía al Ayuntamiento adquirir otras nuevas con las condiciones que propusiese el arquitecto, dada la escasez de agua que se notaba en las fuentes. Mientras, el alcalde ordenó arreglar tres para poner en los pozos de la Rúa Nova, Progreso y Plaza de Abastos.

En realidad se arreglaron cuatro, entrando en servicio la del pozo la del Hospital, poniendo un cobertizo en la de la calle del Progreso para evitar que los niños la estropeasen al jugar con ella. Se acordó adquirirlas y que en el momento en que se notase la falta de agua, se contratase a seis peones para llenar los cántaros en las fuentes públicas.

El servicio para llenado de cántaros

Este curioso servicio lo estableció el Ayuntamiento par evitar altercados y pérdida de tiempo a las personas que acudiesen a las fuentes de la Praza do Campo y de la Praza Maior. El servicio de llenado funcionaba día y noche con dos peones en cada una. Para el buen funcionamiento del servicio la Comisión de Obras Públicas hizo un reglamento que fue aprobado el 22 de agosto de 1881.

Los mozos estaban a las órdenes del jefe de la Guardia Municipal y se relevaban cada seis horas, sin que pudiesen faltar de su puesto. Tenían que saber leer los números, capacidad para desempeñar la función y presentarse en el trabajo aseados. Estaban obligados a hacerse cargo de los cántaros por el orden que fuesen llegando, sólo dos pos casa, colocándolos en fila, sin que en el borde del pilón hubiese más que el que se estaba llenando.

Para cada cántaro había dos números iguales, uno para poner en el cántaro y otro para darle al propietario. Después los llenaban y los colocaban en fila hasta que la retiraba el dueño entregando el número.
De Abel Vilela, Adolfo
De Abel Vilela, Adolfo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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