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Enrique Chao Espina

miércoles, 04 de abril de 2012
Orteganos de adopción

Enrique Chao Espina nació en Viveiro el 7 de julio de l908 y fue bautizado en la parroquia de San Francisco. Desde muy pequeño se aficionó al arte y al deporte. Como deportista, militó en el equipo de fútbol local, donde actuaba de portero. Otro de sus deportes favoritos era la natación que practicaba en las aguas de la ría y del Landro.

Tras terminar su formación básica al lado de su familia se trasladó, primero, al Seminario de Mondoñedo, en 1921, y después al de Lugo, en donde finalizó sus estudios eclesiásticos en 1931, ordenándose sacerdote el 19 de septiembre de ese mismo año. El día 23 de ese mismo mes ofició su primera misa en la monumental iglesia en que había recibido su bautismo. Le ayudó en la ceremonia su hermano, que ejercía de diácono en ella, y que algún tiempo después sería coadjutor en Cariño. La fecha de esta misa será recordada por Enrique en su autobiografía Para Ortigueira mi segunda patria chica puesto que, además de su hermano, también participaran en ella su profesor Fraga Fernández; Jesús Franco y Dolores Parga Acevedo, hija del magistrado y el numerario de la RAG José Antonio Parga Sanjurjo.

Su primera encomienda pastoral la recibirá el 25 de septiembre de 1931. Y el 7 de octubre llegará a su destino en Cariño a bordo del coche de línea de Farruco. Su entrada en el pueblo portuario le trajo unos sentimientos muy agradables debido a dos motivos principalmente: el contacto de nuevo con el mar, algo que añoraba tras sus largas estancias en las tierras mindonienses y lucenses, y la posibilidad que le ofrecía de poder estar cerca de la gente.

Una vez recibido y presentado al párroco titular, que no era otro que el carismático Jesús Crecente Veiga, al que Chao definía “como un padre para todos, y no era extraño para ninguno de los bandos en que, por desgracia, estaban divididos aquellos sus feligreses”.

En Cariño le surgió la idea de hacer el Bachillerato, un título exigido por las leyes republicanas para tener acceso a la carrera de Magisterio, su verdadera pretensión. Jesús Crecente ponía, por entonces, clases a los niños de Cariño de Arriba en la Escuela del Pósito de Pescadores, a pesar de que no disponía del preceptivo título, por lo que, cuando conoció el proyecto de Chao Espina, quiso matricularse con él en el Instituto Eusebio da Guarda de A Coruña.

Ambos se examinaron, a la vez, de la prueba de ingreso y del primer curso del Bachiller, y los dos lograron aprobarlos.

Pronto los marineros cariñeses empezaron a confiar en sus aptitudes y a tomarle en cuenta para sus tareas de gestión. La primera que le encomendaron fue la de inspector del Pósito de Pescadores. Una actividad que consumó sin dejar de atender la escuela de niños, que le ocupaba la mayor parte de su jornada.

Durante su corta estancia en Cariño, se tuvo que multiplicar para
cumplir no sólo con sus muchas tareas sacerdotales, sino también para atender a escribir las partidas del pósito, estudiar el Bachillerato e impartir sus clases. Pero como él concluye: “Don Jesús no iba a la zaga, y había labor para los dos”.

Sus pocos ratos de ocio los dedicó a sus aficiones deportivas, principalmente a nadar, su mejor distracción tanto en verano como en invierno. Esta práctica le trajo, sin embargo, algún accidente importante, como el que un día se produjo al ser empujado por la resaca contra una peña, dejándole una marca de por vida, como señal de su imprudencia o del desconocimiento de ese efecto del mar en la costa cariñesa.

Entre las amistades que se labró allí, siempre guardó un gran recuerdo de dos maestros: don Julio, cuyas dotes para la música y la literatura le sorprendían muy gratamente y don Luís por su simpatía y trato agradable. Pero también de la sacrificada sirvienta del cura; de los propietarios de la tienda de Piloto, que la gente atravesaba para acortar distancias; de las familias de la Casa de Lago y de Feliciano; del deportista Javier Pita, quien años después será apresado por cuestiones políticas, y a quien Enrique visitó durante su reclusión en el castillo de Ferrol, y de muchos otros.

Una de las costumbres que inició en tierras orteganas fue la de publicar artículos, un buen puñado de ellos, así como libros. Los primeros, tanto de unos como de otros, los editó en la Imprenta de Jesús Fojo, director también de La Voz de Ortigueira. La amistad de Enrique Chao con el impresor le venía de haber participado con su hijo David en los exámenes en el instituto coruñés. Un primer contacto que después se ampliará y profundizará con el padre, al que siempre admiró por su carácter jovial y el aprecio que manifestaba a sus amigos por encima de todo.

Su siguiente destino lo consiguió sin tener que salir de la Comarca, en Loiba, tras solicitárselo al secretario de la Diócesis y futuro obispo de Palencia, José Souto Vizoso. Se incorporó a él el 1º de septiembre con rango de capellán, con carácter particular, y como vicario sustituto en las enfermedades y ausencias del párroco titular, Salvador Díaz Cora. Don Salvador, como todos le conocían, era un referente para sus feligreses, de los que nunca aceptó ningún tipo de gratificación por los servicios religiosos. Durante su más de medio siglo de convivencia en la aldea, promovió la construcción de su esbelta iglesia que coronaba un alto campanario gótico y a cuyos pies situaron el amplio cementerio y el suntuoso grupo escolar.

En Loiba, Enrique prosiguió con sus estudios de Bachillerato, pero las comodidades que ofrecía su nueva vivienda ya no eran las más idóneas, y cualquier otra persona habría estado persuadida de abandonarlos. Él, sin embargo, no iba a cejar en su empeño, no sólo para obtener su diploma de bachiller, que sólo era un mero trámite, sino para iniciar una carrera universitaria. Por ello, una vez alcanzado su primer objetivo, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza por libre, al no poder acceder a esta fórmula en la Universidad de Santiago.

En sólo dos años ya habría obtenido su licenciatura, de no haber surgido una revuelta universitaria en el mes de mayo, que preludió la Guerra Civil. Los acontecimientos ocurrieron al día siguiente de la conmemoración del Día del Trabajo. Los estudiantes provocaron un gran alboroto, tras lo que se produjeron disturbios con algunos manifestantes heridos. Ese curso terminó más tarde de lo habitual, pero él consiguió superar todas las asignaturas, a excepcion de Historia Contemporánea, al impedírsele que se examinase.

A Enrique Chao tener ya dos carreras no le parecía suficiente para su sed de conocimientos. Su nuevo reto fue formarse en Derecho.

Su titulación en Filosofía y Letras le sirvió para conmutar algunas de las asignaturas de la nueva titulación, pero tras su matriculación vino la Guerra Civil, y con ella todo quedó paralizado.

El periodo de la contienda lo pasó en Loiba, entre el estupor de ver el enfrentamiento que se producía entre los vecinos y la intercesión y el acompañamiento a los combatientes y prisioneros de ambos bandos. Sus vivencias le llevaron a la conclusión de que “Todos nuestros queridos feligreses pudieron vivir tranquilos, no se fusiló a nadie, y aquí no se sufrió lo que en otras parroquias”. En lo personal, anotó que “siempre me respetaron los que habían huido de la persecución a pesar de que yo no les conocía. Mi conducta y mis recuerdos de aquellos tristes días de sangre, y hasta de venganzas personales, me llenan todavía de satisfacción y tranquilidad espiritual”.

El 17 de octubre de 1936 el Ministerio de Educación le nombró profesor de portugués en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de Ferrol, con carácter meritorio y gratuito, una plaza que ocupó a los tres días. Este hecho dio por finiquitada su estancia en una comarca donde dejaba todo un cúmulo de amistades entre las que destacaban el capellán, gran cantor y fundador de la Academia, Jesús Márquez Cortiñas, Feliciano Crespo Bello y Alvaro Cunqueiro, al que ya conocía desde sus tiempos en Mondoñedo; o Indalecio Sánchez, con el que había impartido clases en el Instituto de Víllalba a Manuel Fraga y a sus hermanos; Manuel Bermúdez, al que tenía un gran aprecio; al que había visitado en varias ocasiones cuando había sido recluido en la cárcel por sus ideas galleguista, y porque de allí había dado el salto a la Academia de Ortigueira.

Durante el tiempo que estuvo en el instituto ferrolano examinó a muchos de los estudiantes que habían estudiado el bachillerato en Ortigueira, e, incluso, a algunos de los que habían sido sus alumnos. Chao Espina recuerda que los “grupos de estudiantes de la Academia de Ortigueira, venían a examinarse a nuestro Instituto acompañados de sus familiares y profesores, amigos de tiempos atrás”. De ellos dice que estaban “bien preparados” gracias a sus profesores y a su gran esfuerzo, lo que les permitía conquistar “éxitos insospechados”.

Hasta el año 1938 tuvo pendiente la asignatura de Historia; fue entonces cuando la aprobó y, por fin, terminó su segunda carrera.

Unos años más tarde, en 1944, el Ministerio le otorgó plaza en el Instituto de Vilagarcía, donde además de dar sus clases, emprendió su tesis doctoral con el ilustre catedrático y académico Armando Cotarelo Valledor. La investigación llevó el título de Pastor Díaz dentro del Romanticismo y fue refrendado con el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad Central. La tesis se articula en tres partes: la biografía de Pastor Díaz, su obra poética y su dimensión como polígrafo, que se completan con nueve apéndices documentales relativos a la familia del político y poeta viveirense, sus expedientes y papeles personales, y una separata de fotografías de la vida y las obras del escritor.

En 1947 vuelve a concursar para, esta vez, obtener un puesto en el Instituto de A Coruña. Desde la enseñanza secundaria da el salto, primero, a la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales de A Coruña como catedrático y, más adelante, a la de profesor de Literatura de la Universidad de Santiago de Compostela.

Durante todo el tiempo que pasó fuera de la comarca de Ortigueira, mantuvo sus lazos por medio de la correspondencia son sus amigos y los artículos que le publicaba La Voz de Ortigueira. A estos lazos se le unió el de haber sido elegido, por parte de la Real Academia Gallega, como su representante en el Patronato de San Andrés de Teixido desde su creación. La comisión del patronato la componían, además, los alcaldes del Condado, el patrono mayor de la Cofradía de Pescadores de Cariño, el párroco de San Andrés y otras personalidades, entre las que se encontraban: Fojo, Sandomingo y Laureano, el cronista de Ortigueira.

Durante la década de los años sesenta y setenta será nombrado cronista oficial de Vivero, en sustitución de Juan Donapetry. Un cargo que no hacía más que avalar sus conocimientos sobre la villa y a la que había dedicado algunas de sus obras como su Historia de Viveiro, donde enumera una extensa relación de viveirenses ilustres.

El 29 de octubre de 1988, el Ayuntamiento de Ortigueira, en una de sus sesiones plenarias, aprobó por unanimidad la moción que había presentado el concejal Manuel López Foxo, para que se le nombrase Hijo Adoptivo de Ortigueira. En la propuesta para este mérito, se detacaba su importante labor cultural a favor de la Comarca ortegana, así como su dedicación pastoral como coadjutor de Cariño y capellán de San Julíán de Loiba. El nuevo hijo adoptivo no pudo recoger personalmente su diploma acreditativo por encontrarse en esos momentos enfermo, por lo que lo hizo en su representación una hermana. Para el acto había preparado una conferencia que tuvo que leer su prologuista y cronista oficial de Ortigueira Laureano Álvarez Martínez, que llevaba por título Para Ortigueira mi segunda patria chica, que posteriormente le sería editada por la imprenta de su buen amigo David Fojo. De cualquier forma, recibió la acreditación, según un editorial de La Voz de Ortigueira con “alegría profunda e inefable”

Enrique Chao dejó patentes sus desvelos con la Comarca del Ortegal en sus libros: Cien años de Galicia", De las Costas del Condado de Ortigueira, De Galicia en el pasado siglo XIX, Breviario de los pueblos coruñeses y el Libro de Santa Marta de Ortigueira, en los que expresó su afecto y apego.

Fue reconocido con su ingreso en algunas de las más importantes y prestigiosas academias de España y Portugal como la Real Academía Galega, la Real Academia de Historia, la Real Academia de Doctores de Madrid, correspondiente del Instituto de Coimbra y catedrático del Instituto Arqueológico, Histórico y Entnográfico de Lisboa. Estos puestos vinieron avalados por una notable bibliografía, de más de medio centenar de obras escritas tanto en gallego como en castellano, algunas de ellas prologadas por personalidades de la talla del profesor galleguista Evaristo Correa Calderón o del patriarca de las letras gallegas y geógrafo Ramón Otero Pedraio. Además, recibió premios tan importantes como el Pérez Lugín (1945), el Virgen del Carmen, en tres de sus ediciones (1947, 1949 y 1951) o el del Corpus de A Coruña (1949).

De todos sus libros, la Imprenta Fojo le editó cinco. El primero está prologado por Otero Pedrayo y lleva por titulo De Galicia en el pasado Siglo XIX. En él estudia los pormenores de una banda de ladrones que saqueó la Comarca de Ortigueira entre los años 1818 y 1827; incluye un manuscrito de 4 de mayo de 1792 en el que se aporta una visión de la Villa en tiempos de su autor el párroco de Santa Marta de Ortigueira Joseph Matias H y Luaces. El hecho de que el libro abordase una temática inédita hasta esos momentos abrió las puertas a que otros escritores se hayan decidido a profundizar en este ámbito. Posteriomente, él mismo ampliará este estudio por medio de artículos que fueron publicados en el Boletín de la Real Academia Gallega y en la Gran Enciclopedia Gallega.

El segundo libro de raíces orteganas fue Cien años de Galicia, un ensayo en el que se ocupa del bandolero de Grañas Mamed Casanova, conocido por Toribio, en base a una exhaustiva documentación. La obra incluye las biográfias de dos destacados y multifacéticos ortigueireses: Federico Maciñeira y Pardo de Lama y Julio Dávila Díaz.

El tercer lugar le corresponde al Libro de Santa Marta de Ortigueira, en el que no sólo expone sus recuerdos de la Villa y sus gentes sino que extiende su repaso a Cariño, a petición de su editor David Fojo, quien consideraba que este pueblo era uno de los mejores enclaves de todo el Condado.

También los talleres orteganos se encargaron de imprimir el folleto del trabajo que Enrique Chao había preparado en colaboración con Manuel Blanco Vidal que encabezaron como El Pastor de Cariño: don Jesús Crecente Veiga. En esta ocasión será el obispo de Mondoñedo Jacinto Argaya Goicoechea el que se responsabilice de su introducción.

La producción editorial de Chao Espina sobre la temática de la comarca ortegana no termina con estas obras, sino que todavía le dedicó tres trabajos más que fueron publicados por otras prensas.

El primero de ellos se titula La Costa Lucense y Coruñesa en los Caminos de San Andrés de Teixido, que recibió el premio en los Juegos Florales del Cantábrico en 1966, y que aún tardó algún tiempo en editarse. El segundo apareció como De las costas del Condado de Ortigueira hasta El Ferrol, en el que consagra más de la mitad del texto a las costas del Ortegal, en la que despliega una abundante documentación informativa. Y el tercero: Breviario de Pueblos Coruñeses, escrito en prosa y verso, donde resalta estampas de sus principales núcleos: O Barqueiro, Cariño, Cedeira, Ortigueira y San Andrés de Teixido. Todos ellos salieron de la imprenta de la Deputación Provincial de A Coruña, y son presentados por su tocayo y entonces presidente del organismo público Enrique Marfany.

Otros trabajos de los que la Imprenta Fojo produjo ejemplares fueron sus dos primeras obras didácticas: Introducción al estudio de la Religión y Curso de Lengua Latina, ambos aprobados por el Ministerio de Educación Nacional para servir de libros de texto entre los escolares. Enrique consideraba estas obras fuera de su producción literaria y científica por la que no los tenía como libros propiamente dichos, sino como manuales para el trabajo escolar.

Tras su fallecimiento de forma repentina el 19 de enero de 1989, en la ciudad de A Coruña, sus restos mortales fueron trasladados a Viveiro, su villa natal. Allí fueron exhumados ante una concurrida asistencia en la que estuvieron presentes entre otros Domingo García Sabell, presidente de la Real Academia Gallega, que significó a Chao Espina como uno de los académicos de mayor solera, ya que había ingresado en ella en 1953, alabando “o seu espiritu de axuda, que estaba a cotío presente nas tareas da Real Academia da Lingoa”

El 4 de junio de 2000, el ayuntamiento de la villa del Landro recibió la biblioteca del sacerdote y académico de la mano de sus herederos, que había estado depositada en su piso de la Praza da Fontenova de Viveiro. Tras la entrega, el ayuntamiento repartió su legado entre el archivo y la biblioteca municipales con el fin de incrementar sus fondos y poner todo lo que su insigne vecino había ido acopiando al alcance de sus conciudadanos.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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