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In memoriam (II)

martes, 17 de enero de 2012
IN MEMORIAM II

Aunque el Presidente lo era ejecutivo, la empresa estaba gobernada y gestionada por un Director General amigo personal del Presidente y que, además, había sido Presidente del Sindicato Vertical de los Empleadores.

Este vasco, listo y competente era, no obstante la antípoda del Presidente en el aspecto laboral. Era proverbial oír a diario a la buena de Angelita la veterana secretaría del Director General quien, todos los días a las 8 de la mañana recibía la llamada del Presidente a fin de conocer las posibles novedades de la Entidad.

Siempre era todo igual. Pero, a continuación, se repetía la pregunta: ¿Está D. Luis? (Entendido que era el Director) y sempiteña respuesta de la angelical veterana Angelita: “No señor, ya sabe D. Manuel, que D. Luis hasta las once no viene”. Allí concluía por ese día el diálogo.

El vasco sabio recibió de uñas al recién llegado. Es verdad que él era amigo del Presidente pero en una empresa donde nada había cambiado ni ocurrido desde años atrás más que el incremento de los préstamos bancarios, temió que el recién llegado entrase como elefante en cacharrería y le metiese más personal que alterase el buen sentido y serena actividad de los técnicos cuales Ingeniero y Ayudantes de Montes.

La realidad era otra. El Consejero que había propuesto al Presidente para entrar en el Consejo, tenía como se demostró a la larga, intereses, sino turbios, si directos y personales que no había expuesto al Presidente.

Tan simple era la cosa como que en el término de Las Navas del Marqués existía una urbanización privada que se denominaba la Ciudad Ducal cuyo suelo era de propiedad de la Unión Resinera.

Unos distinguidos ciudadanos en un momento histórico decidieron crear un Club denominado Ciudad Ducal en un terreno sobre el que habían comprado unas parcelas –parcelación ilegal- con unos estatutos donde por si y ante si acordaron acotar una superficie importante de suelo, trazadas las parcelas, sin servicios urbanísticos, salvo pozos, fosas sépticas y unos empalmes de luz eléctrica sui generis.

El intríngulis de la cuestión estribaba en que si un ciudadano cualquiera deseaba comprar una parcela en lugar de dirigirse como sería natural a la Empresa propietaria, tenía que hacerlo al Comité Ejecutivo del Club integrado por cinco miembros. Solo en el supuesto de que hubiese, al menos tres bolas blancas, el postulante no podía acceder a la adquisición de la parcela. Solo, pues, cinco, cuatro o tres bolas blancas permitían al aspirante llegar con su placet a la Empresa para escriturar, hacerse socio, cotizar al Club, etc.

Uno de estos miembros del Club era el mentor del Presidente para acceder a su cargo.

Entonces, cuando propusimos ordenar suelos de términos municipales enteros cuya superficie pertenecía en su mayoría en propiedad de la Empresa, cuando llegamos a conciliar la Entidad con los Ayuntamientos, cuando iniciamos el cierre de varias fábricas ruinosas, así como la venta de parcelas improductivas, fue cuando, contando siempre con la colaboración de los técnicos de la casa, cuyo prestigio externo estuvo puesto en duda, llegaron las aguas a su cauce, las dudas se disiparon y la confianza primó sobre las diferencias.

El intrigante parecía haber aceptado la trayectoria adoptada por la Entidad y los trabajos se pusieron en marcha rápida y segura con un arquitecto que ya había trabajado para la casa y un economista de absoluta garantía.

En aquella época eran curiosísimas las conversaciones entre Presidente y Director General. A título de ejemplo:

Presidente: Luis, ¿cómo puedes llevar la Sociedad viniendo a las once? A mí no me llega el tiempo a nada y eso que no soy Consejero en la otra Sociedad.

Director: Mira Manolo, yo efectivamente llego a las once. Generalmente hay siempre papeles sobre la mesa. Pero a las once y diez ya no queda ni uno. Los he repartido todos cada uno a su Departamento.

Presidente: ¿Y el resto de la mañana qué haces?

Director: Pues recibir a quien tenga algo que preguntar y procurar darle soluciones.

Presidente: ¿Y a qué hora te vas?

Director: A la una y media viene mi chófer con el coche, nos vamos a buscar a mi mujer y generalmente, ella y yo nos vamos a comer fuera a un restaurante. Después al cine y, si hay algo interesante, después, al teatro. Luego si nos apetece, cenamos también fuera.

Presidente: No lo entiendo Luis. A mi no me llega el tiempo para nada como te decía. No veo espectáculos hace no sé cuánto. Pero estoy siempre ocupado.

Director: Manolo, yo no soy quien te pueda ni deba dar consejos, pero se me hace que andas muy acelerado y eso no es bueno para la salud.

Presidente: Es verdad, y lo de comer fuera…. Me dijiste alguna vez que te salían arenillas en la orina. A mí también me pasa. Debería frenar en la comida y en la bebida.

-Continuará-
Goás Chao, Domingo
Goás Chao, Domingo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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