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Un icono palabra de honor

viernes, 11 de junio de 2010
A Carlos Rodríguez,
desde siempre hijo, “artesano”
y comunicador del lenguaje de la luz y el color.


Decíamos ayer, y nos lo recuerda Göthe, que “el arte es el mediador de lo inexplicable” y, como sabemos, también aquello que nos hace sentir otros mundos sin necesidad de abandonar éste. Pero, en gran medida, también nos percatamos de ello, al hombre contemporáneo le importa poco lo inexplicable, y menos “abandonar este mundo”. Muy frecuentemente se ha sustituido la metáfora, el símbolo y el trazo por el ombligo y la opinión obvia (¿? ) de lo inmediato. De todos modos, y aunque corran malos tiempos para la lírica y para lo ¡inútil! , permítanme que les invite a perder el tiempo, mirando un segundín el icono que tienen aquí a su izquierda. Gracias.

El Icono se llama propiamente el CRISTO DE SAN DAMIAN y es una obra realizada en el s. XII por un monje sirio. Se conserva en Asís, custodiado esmerada y religiosamente por las hijas e hijos de San Francisco. Toda su imaginería está pintada en tela burda, pegada sobre madera de nogal. Mide dos metros diez de altura y uno treinta de largo. Cuando nuestra pintura occidental se afana por el placer del ojo y su mensaje es muchas veces limitado, el icono oriental, este nuestro icono por ejemplo, pretende revelar el misterio profundo de lo que “es”, aunque a veces lo haga a despecho de la fidelidad, concretamente, a la anatomía . Esto está claro. Y, sin más, entramos en la lectura de esta obra, comenzando con su encuadre general, que nos orientará de seguida.

Todo el Crucifijo se encuentra impregnado de tres colores principales: el rojo, el negro y el amarillo-oro, destacando su sabia combinación, que en todo caso logra infundir una agradecida sensación de paz en medio de lo trágico. Los dos colores rojo y negro se alinean a lo largo del recorrido de la cruz, como un cerco cromático. El negro se encuentra más al interior – hueco vacío del Sepulcro -, el rojo más afuera, casi pegado al color amarillo de las conchas, y en el centro domina el luminoso amarillo rosado del Cuerpo de Cristo. El rojo es el color de la sangre derramada, la que vierte por sus cinco heridas. Es el color de la vida, pues la sangre de Cristo da vida, vida apasionada y entregada. En cambio el color negro es la señal de las tinieblas y de la muerte, tinieblas que se encuentran en perpetua lucha contra la vida que trae Jesús: “ La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la sofocaron” (Jn. 1, 5 ) . Unas negras franjas quieren acabar con la vida de Jesús. La Muerte combate a muerte contra Él, pero su amor, su verdad, manifestados en la roja sangre, vence la oscuridad de la muerte y de la ignorancia. Los otros personajes portan túnicas de color rojo, han lavado sus mantos en la sangre del Cordero ( Ap. 7,14 ) “. Y en el centro del icono sobresale el color amarillo: una luz dorada llena el rosado cuerpo de Jesús. La luz, como un resplandor, le brota desde dentro”. Es Cristo, Resucitado, el Señor de la Vida, de la vida. Y luego vemos que la cruz está rodeada de una multitud de “conchiglie”, pequeñas conchas. Para los antiguos, por su hermosura y dureza, eran éstas simbolo de la belleza y eternidad del cielo; por ello, este marco del crucifijo parece estar destinada por su naturaleza a revelar el misterio de algo “celeste”: todos los personajes, pues, que aparecen en el icono son personajes que ya han alcanzado un destino en la propia dimensión de un CRISTO VIVO, FRATERNO Y CÓSMICO: entre ellos vemos en la base de la cruz una serie de rostros, como gastados, que representan a la humanidad, pero ya ubicados en el terreno de la la luz de Dios ( Ap 22,5 ). Y con el marco-orla, la corona de gloria – el sol “capital” superior - de Jesús da el tono a todo el icono: Jesús está ya glorificado y convendrá, pues, que los personajes cercanos a El, estén tamibén en la misma glorificación y felicidad. Debemos seguir leyendo todo el cuadro a la luz de esta “luz”. Cruz, muerte, vida, Resurrección que ahí está , la suya y la nuestra con idéntico sentido, con sentido: “ Pues siendo de naturaleza divina...se humilló a sí mismo hasta la muerte de cruz. Por ello Dios lo ha exaltado...para que toda lengua proclame que Cristo es el Señor por la gloria de Dios padre”( Fil 2, 6-11 ) .

“Causa impresión la enorme proporción de la corona superior. Nos sobrecoge. No se circunscribe a la frente de Jesús, circunda completamente su cabeza, sin dejar resquicio alguno de sombra”. Atraviesa – en atrevida circunferencia – hasta el cuello, penetrándolo de luz maravillosa: más que corona es una mitra de sol. Cristo resucitado es Luz del mundo. Algo que vuelve a repetirse en primer plano con el que le ciñe de la cintura hasta las rodillas: es la casta vestidura interior del sacerdote bíblico, elegantemente ejecutada en bordados de oro, que más que tapar a Jesús lo descubre o recubre con delicadeza de personaje real servidor del pueblo. Como David, que así ataviado, cantaba salmos inspirados a su Dios, danzando litúrgicamente delante de su pueblo y su Señor.

¿Y el cuello? Advertimos que el cuello de Jesús es muy robusto, fuerte en esfuerzo vital: después de la resurrección, Jesús se aparece a los suyos y “alienta” sobre ellos: “ recibid el Espíritu Santo, a quien perdonéis los pecados, le serán...” ( Jn 20,22 ) y entonces la palabra “alienta” nos remite a la primera creación del hombre (Gn. 2,7 ) y sugiere que lo postresurreccional es una realidad recreada ( Ez 37,9 ; Rom 4, 17 ) , pero esforzada y en tensión continua. Y los ojos también grandes, exageradamente grandes y serenos, bien abiertos, como si nos estuviesen diciendo: ” No temáis...Yo soy el Primero y el Último, el Viviente: estaba muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1,17-18 ), e indican que El es el gran Vidente, el único que ve lo auténtico del hombre y de Dios, porque “siempre dirige a El su mirada” ( Jn. 1,18 ) y también, apenas los miramos , que en su inmensidad y serenidad se mueven entre el cielo y la tierra, entre lo único: yo, tú, todos : y, como si dijéramos, son grandes ojos para amar mucho, para estar en todo. Son los ojos del Pastor de mirada penetrante que “conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre” (Jn. 10, 3 . 14 ), porque las ojea a todas horas. Luego, según la estética bizantina, Jesús aparece como un ser pletórico de hermosura: su barba, bien recortada, sus largos cabellos y el bigote indican que Cristo es Maestro.
Casi por último miramos los personajes que están bajo los brazos del Cristo. Viéndolos tan cerca de Él, constatamos que su ardiente oración ha sido oída: “Padre, quiero que aquellos que tú me diste estén conmigo, para que contemplen mi gloria...” (Jun 17, 24 ). Efectivamente todos ellos están inmersos en la misma luz – amarillo-oro – que sale brota del cuerpo del Cristo: han llegado a ser “hijos de la luz” (Jun 12,36 ) y de ellos se ha escrito: ” El Señor Dios los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,6 ), y es bueno notar que todos ellos tienen exactamente la misma estatura: no se está resaltando, entonces, la bondad personal de cada uno de ellos, sino el destino último del cosmos y de la humanidad , que sólo será cuando “Cristo sea todo en todos” (Col 3,11 ) y todos lleguemos – ellos ya – al mismo estado del hombre perfecto, a la plenitud de la estatura de Cristo” ( Ef. 4,13 ) Y allí ,en detalle, bajo el brazo izquierdo de Jesús, en el puesto bíblico de honor – último a la izquierda – María: manto blanco, purificada, y vestido rojo oscuro o amor intenso lleno de fertilidad sacrificada, y túnica violeta, color que en la biblia significa la dignidad del que guarda el tesoro y el misterio de los grandes secretos de la vida, o sea, la palabra y la persona de palabra; luego, San Juan, dialogando con la mujer, con ella, la madre, y ambos, como los personajes de la derecha, mirando y señalando siempre al Resucitado y su Destino, él vestido con el manto rosa del amor a la Sabiduría Eterna. Que ese es el símbolo bíblico de este color. A la derecha, mismo tocando a Jesús, la Magdalena ataviada con la túnica roja del amor y casi, casi tapándose la boca con la mano y guardando el secreto de su vida que sólo el Señor conoce: “ Sobre la tierra he sido una prostituta y heme aquí puesta al lado de Jesús”, “ las prostitutas os precederán en el reino de los cielos”, “hay algunos entre los últimos que serán los primeros” (Lc 13,30). A su lado vemos a la María , madre se Santiago, y al centurión, que siendo pagano cree y descubre la verdad del reino con la honradez de su manera de observar los acontecimientos. Todos iguales, todos altos, todos en el mismo misterio ya descubierto. ¿ Cómo? Sí. Arriba, mismo en el centro del brazo superior de la cruz, vemos un medallón en el que Cristo alzando su pie derecho asciende al cielo y viste la veste oro del triunfo y la estola de la gloria; y un poco más allá, en sobre medio medallón, aparece una mano bendiciendo: Es la mano del Padre a quien nadie ha visto, pero que se nos revela en la bendición – medio medallón que vemos, otro medio que no - con que bendice, dice bien, habla bien, aprueba continuamente el misterio de Cristo y del bueno del hombre, conquistado para El por la sangre del Cordero y el Espíritu que nos envía y está con nosotros, alentando, aun en la inconsciencia, el afán humano y el proyecto del Hijo del Hombre.

Y ángeles admirados y curiosos atienden el sagrado efluvio que brota de las heridas del Hombre, que no puede desperdiciarse porque es la dinamis que nos empuja y transporta a todos a la misma dimensión del glorioso crucificado en la Resurrección plena del Ser definitivo.

Así puede leerse, y debe, esta obra de arte, esta lección de sabiduría iniciática, esta realidad del misterio, que si “la escribiésemos toda entera, sus libros no cabrían en el mundo” (Lc. Jn) : este icono de color y luz que sólo habla descaradamente de cosas suficientes. Edgar Degas solía decir que “ si Dios no hubiera hecho tan bello el pecho femenino, no sé si me hubiera dedicado a la pintura”. Y los griegos clásicos pintaban a los dioses porque eran humanos y a los hombres porque eran hermosamente divinos y el arranque de su arte estribaba en colgar con la paleta la definición o idea de las cosas. Tal vez el ICONO DEL CRISTO DE SAN DAMIÄN, que acabamos de leer, sea algo de todo eso: Belleza, Símbolo e Idea de lo que une, estando más allá, está siempre aquí, en nuestra y común hondura abierta...

Ocasión para darnos deleite en soledad sonora y bailarle el agua al sentimiento en la música callada del momento singular. Eso.

Enrique Mourille Feijoo

Nota. Para una lectura de mayor enjundia, pueden ir ustedes a L´icona del Cristo di San Damiano, Marc Picard, CEF; Assisi, o al ensayo de Francisco Contreras, El Cristo de San Damián, PPC. Madrid 2004.

Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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