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Esos raros tíos llamados catalanes...

lunes, 13 de noviembre de 2017
Nuestro abuelo paterno, Cándido Moure Nande, no logró habituarse en Santiago de Chile, a donde arribó con toda la familia procedente de Santa María de Vilaquinte (Lugo, Galicia), luego de vivir casi una década en Buenos Aires, a partir de marzo de 1925, cuando él, junto a nuestra abuela y a sus siete hijos, desembarcaron de un viejo vapor, en ese voraz puerto que tragaba, día a día, a centenares y aun miles de emigrantes, seres que arribaban con sencillos bártulos, escaso dinero y grandes esperanzas. En 1933, en la entonces modesta y aldeana Santiago del Nuevo Extremo, la colectividad gallega era pequeña y sus actividades asociativas y de remembranza pasaban inadvertidas, incluso para los españoles criollos o indianos, que por entonces celebraban con denuedo el “Día de la Raza” y las fiestas patronales de sus variadas vírgenes pueblerinas. Otros grupos de origen hispano, como los vascos, extremeños, castellanos y andaluces, parecían más entusiastas y mejor integrados.

Cosa distinta eran los catalanes, renuentes a entremezclarse con el resto de los españoles residentes, ocupados en sus industriosas empresas y oficios, reuniéndose entre ellos, hablando su lengua propia con sencillo orgullo, sin el evidente complejo y menoscabo de los inmigrantes gallegos, que iban prefiriendo el castellano de los señoritos de su tierra remota, adaptándose a la particular prosodia chilena, más semejante al habla canaria o andaluza. ¿Raros?

Mamá Fresia contaba, cuando éramos niños, quizá poco tiempo después de marcharse aquel viejo petrucioi, que al abuelo Cándido le habían llevado, desde Chacra El Olivo, su residencia rural en Chile, al Círculo Español, la más antigua de las entidades asociativas hispanas, sito en el antiguo barrio señorial de la Alameda, con el propósito de brindarle esparcimiento entre pares.

Volvió de allí, molesto y agraviado; no encontró gallegos y, finalmente, compartió la cena con un grupo de catalanes. Y se preguntaba, en alta voz, para repetírselo después a la abuela Elena y a quien quisiera escucharle: -¿Qué tengo que hacer yo entre catalanes? Ni siquiera entiendo lo que hablan-.

Fue tal vez mi primera impresión de la “rareza” de los catalanes, expresada muy “a la española”, quiero decir, con ese sesgo de intolerancia hacia el extraño, el distinto, el que no obra ni piensa ni habla como nosotros, limitación sociológica, sin duda, que hemos heredado de los “conquistadores torvos” en estos pagos del último reino. Años más tarde, en el Liceo Manuel de Salas, tuve un compañero de apellido Grau. Recuerdo que, cuando la profesora le preguntó: -¿Usted es hijo de españoles?-, Grau le respondió, con aplomo: -No, mis padres son catalanes-. Josep Grau pasó entonces a ser uno de los tipos “raros” del curso, aun cuando pocos se atrevieron a meterse con él, porque era alto, fornido y de genio explosivo.

Supe que, junto al conquistador extremeño y fundador de Chile, Pedro de Valdivia, venían secundándole el gallego Rodrigo de Quiroga y Camba y el catalán Joan Jofré y Montesa. Ni gallegos ni catalanes constituyen en Chile comunidades tan numerosas como las de andaluces, castellanos, extremeños y vascos, pero han dejado su impronta en la historia de este joven país con extraño nombre onomatopéyico que designa el trino monótono de un pequeño pájaro.

Pero me centraré, por ahora, en los hijos de Cataluña.

Entre las figuras destacadas, de origen catalán, de nuestra incipiente república, están Arturo Prat, el héroe por antonomasia, en su doble condición de marino y abogado; el presidente Manuel Montt y el compositor de nuestro himno nacional, Ramón Carnicer (“…Y o la tumba serás de los libres/ o el asilo contra la opresión…”). Para alivio de los catalanes, Augusto Pinochet descendería de franceses…

A inicios del siglo XX, producto de importante flujo migratorio catalán, se funda el Centre Catalá, como una sociedad sin fines de lucro, de ayuda comunitaria entre catalanes residentes y punto de encuentro para varias generaciones. Hoy, el Centre posee una nutrida biblioteca y también un restaurante que ofrece lo mejor de la célebre cocina mediterránea. (Allí celebramos nuestras bodas, civiles y rebeldes, con Marisol).

Alrededor de medio millar de refugiados catalanes, entre los que vinieron José Balmes y Roser Bru, afamados artistas de la pintura, arribaron en el célebre Winnipeg, “barco de la esperanza”, travesía que fue posible a instancias del poeta Pablo Neruda y de su mujer, la pintora Delia del Carril, apoyados por el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda. El 3 de septiembre de 1939 atracó en el puerto de Valparaíso. Venían también los arquitectos Josep Forteza y Germá Rodríguez Arias; los hermanos Grau, industriales de prolífica estirpe y otros catalanes que figuran en la lista de dos mil trescientos y pico pasajeros elaborada por Jaime Ferrer Mir.

Pero ya que mi memoria privilegia lo literario, cabe recordar la fundación de la Editorial Cruz del Sur, en noviembre de 1941, por el editor Arturo Soria y el eximio tipógrafo Mauricio Amster (de origen polaco, avecindado en España desde 1930, hasta su definitivo exilio en tierras australes), junto al dramaturgo José Ricardo Morales y al filósofo José Ferrater Mora. La proverbial laboriosidad catalana destaca en los más variados oficios y emprendimientos, también en la creación intelectual y artística.

Aunque ellos no participan hoy de las actividades de Estadio Español, la “casa grande”, como se la llama, de los españoles y sus descendientes en Chile, tal vez porque, como yo, suelen ser reacios a los manidos tópicos de un españolismo de charanga y pandereta, tan proclive a los regímenes autoritarios –aquí y allá-, aún agradecidos y tributarios de Franco y de su zafio homónimo chileno, Augusto Pinochet.

Luis Sánchez Latorre, mi inolvidable maestro Filebo, admiraba a los catalanes, sobre todo a sus poetas y escritores. Me recomendó leer a Josep Pla y me prestó su libro Viaje en autobús, uno de los escasos textos que lograban encontrarse en Chile. –Es una lástima que no puedas leerlo en lengua catalana –me dijo, porque siempre se pierde con las traducciones, como pasa con Rosalía de Castro o con Álvaro Cunqueiro-. Hace dos años, mi buen amigo Gregorio Dobao, de ancestros gallegos, nacido en Córdoba y asentado en Barcelona, me trajo el notable y voluminoso dietario Cuadern Gris (El Cuaderno Gris), que he leído y releo con delectación. Josep Pla no fue un “separatista”, ni siquiera un liberal republicano; se le acusa de haber adherido al franquismo ramplón. Pero es un escritor fino, sagaz, que ostenta un humor más semejante al británico que al español, con otro refinamiento, claro…

A través de su lectura podemos confirmar, con creces, no la supuesta “rareza” de los catalanes, pero sí su honda identidad, reforzada por su lengua catalana, que han defendido y defienden con orgullo y convencimiento del valor de la diversidad cultural, por sobre la pueril y avasalladora tendencia al uniformismo que padece esta sociedad posmoderna, globalizada hasta la náusea, de la que la envejecida España, en crisis permanente, no parece ajena.

Quizá como una suerte de emblema de anticipación, el ilustre catalán y chileno, Cristián Aguadé, publicó, en 2009, por Editorial Catalonia, su libro de memorias Lucha Inconclusa (Memorias de un catalán). Como lo dice su reseña, es un relato histórico, en prosa ágil y directa, con una dosis de ironía sutil que quizá esté más cerca del humor inglés que del español. (Me recuerda el humor de ese gran memorialista catalán que fue Josep Pla, a través de su voluminoso Cuadern Gris, cuya lectura me recomendara, en los albores de los 80, Luis Sánchez Latorre. Josep Pla escribió toda su obra en lengua catalana –su única patria-, aunque no fue un “independentista”, sino más bien un hombre de derechas, algo elitista y “autoexiliado” en ese mundo de la literatura donde algunos respiramos el mejor aire libertario, ajenos a vociferaciones de patriotas a la violeta, con doble pasaporte).

Cristián Aguadé arribó en el Winnipeg, con solo dieciocho años de edad. Hijo de Jaume Aguadé, médico y político catalán, alcalde de Barcelona. En los dramáticos instantes previos al desarraigo, fue recomendado a Pablo Neruda por su padre, con una sencilla exhortación, proferida a viva voz desde el muelle: “¡Cuídemelo!”, antes de que el barco zarpara con destino al sur del mundo.

Ante la llamada “crisis catalana”, que está lejos de ser conjurada, aunque el gallego Rajoy, comandante supremo de la Guardia Civil, afirme lo contrario, reflexiono que lo más civilizado, respetuoso y armónico, sería la instauración de una República Federal Española, en reemplazo de esta especie de monarquía constitucional autonómica que no puede con sus propias contradicciones, tanto materiales como verbales, agudizadas por el ejercicio, a menudo autoritario y aplana calles, de un centralismo de corte “mesetario” que le hace un flaco favor a la democracia, en desmedro de las indesmentibles diversidades culturales de la tierra de Cervantes, Rosalía y Maragall…

Pero hoy nadie parece escuchar a los poetas, ni siquiera en su calidad de vates, como lo fuera Jean Maragall, cuando escribió estos versos de su “Oda a España”:

¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!

Después de todo, Josep Pla parece llevar razón cuando afirmaba: -“Si la convivencia se nos torna áspera, es mejor apartar casa”-. Y lo decía a propósito de vivir en el hogar de su madre… Es que la concordia suele ser más viable con los vecinos que con los de la propia casa, aunque éstos se hagan llamar “compatriotas” y aquéllos nos parezcan unos “tíos raros”.
Moure Rojas, Edmundo
Moure Rojas, Edmundo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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