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Fechorías

miércoles, 19 de abril de 2017
Al parecer, nuestra estirpe galaica era violenta (lo sigue siendo, al parecer, para algunos individuos de la tribu que siguen usando las palabras como garrote vil). Esto se reflejaba entonces en nuestros juegos y acciones grupales, donde el vigor físico buscaba satisfacciones a través de la lucha, ya fuese deportiva o de contiendas circunstanciales, que nunca faltaban, porque los primos mayores nos incitaban a todo tipo de competencias y también a cometer fechorías (falcatruadas, en gallego). Algunas pueden relatarse, otras, mejor remitirlas al silencio.

Aquel verano la producción de fruta fue extraordinaria. El tío Julio, que administraba la Chacra, junto a tía Naulina, contrató una docena de recolectores, pero no fue suficiente, por lo que nos propuso, a mis primos Sergio y Manolo, y a mí, que apoyásemos aquella faena en el calor del verano. Nos ofreció pagarnos cinco pesos por cada cuna de fruta (la cuna era una ancha canasta con dos azas, que podía contener unos veinte kilos). Asumimos la tarea con entusiasmo, proveyéndonos de una carretilla prestada por tía Elena. Logramos completar seis cunas, lo que prometía la extraordinaria suma de treinta pesos. Luego de hacer la fila formada por los peones frente a tío Julio quien, sentado ante su escritorio, con un pucho encendido entre los labios, pagaba la soldada, llegó por fin nuestro turno. El tío, sonriendo de manera sardónica, nos entregó cinco pesos a cada uno... Pero aquí falta la mitad, le dijimos... Usted nos ofreció cinco por cuna, lo que da treinta pesos, diez por cabeza...

-Con esto tienen demás para sus golosinas; ya, largo de aquí, tengo mucho trabajo por hacer.

Nos retiramos, cabizbajos y heridos en nuestro amor propio. Urdimos un inmediato desquite. Por la tarde del sábado, pasadas las seis, los mayores se reunían en la glorieta para jugar a la brisca rematada; los tíos Aquiles y Julio, papá Cándido y algunos otros bien dispuestos al riesgo del envite, porque jugaban, a nuestro parecer, fuertes sumas de dinero.

Mientras se desarrollaba la partida, bebían cervezas extraídas de una jaba con picadura de hielo y sal, como improvisado refrigerador... Pues bien, Sergio, Manolo y yo nos ingeniamos para llenar tres botellas de pílsener con orines propios, las que pusimos, con sus tapas corona bien colocadas, cerca de tío Julio... Desde la galería, mirábamos el lance de los naipes. De pronto, el tío destapó una botella y bebió, para levantarse violentamente, escupiendo en medio de broncas maldiciones... Nos habíamos cobrado el saldo insoluto con el acre sabor de la venganza.

Recuerdo una fechoría que hoy calificaríamos de criminal. El tío Julio, probablemente con apoyo del tío Manuel, adquirió un fino novillo reproductor. Lo observábamos, de pie, rumiando sin pausa y exhibiendo sus enormes testículos de un rosa pálido, símbolos gemelos de prometedora virilidad. No puedo hoy afirmar cuál de los primos mayores nos instigó a que disparáramos nuestras hondas campesinas contra aquellos genitales... Después de tal atentado, en el que participamos cuatro o cinco rapaces, el novillo permaneció tres días sin levantarse, lo que alarmó a tío Julio, quien llamó con urgencia al veterinario. El diagnóstico de éste fue lapidario: -“El animal ha sido víctima de piedrazos en los testículos; no sobrevivirá y es conveniente sacrificarlo ahora”. Los remordimientos no nos impidieron disfrutar de aquellos sabrosos bifes que costaron un dineral.

Al bueno de tío Aquiles acostumbrábamos a tenerlo como blanco de travesuras menores, cuando después de los opíparos yantares del fin de semana reposaba en un sillón de mimbre, amparado por la frescura del patio interior que daba a las cocinas, hasta la hora sagrada de los juegos de azar. En una ocasión, le dejamos una abeja en el cuello de la camisa. Entre sueños, al oír el zumbido, lanzó un fallido manotazo y el insecto le clavó su lanceta en el cuello. Más tarde, le mirábamos de soslayo, conteniendo la risa, mientras tía Alicia le aplicaba un emplasto de aceite de oliva con bicarbonato sobre la gran roncha violácea.
Moure Rojas, Edmundo
Moure Rojas, Edmundo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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