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2-N: Ni crisantemos ni calabazas

miércoles, 31 de octubre de 2012
Cuenta Wenceslao F. Flórez que antes los habitantes del campo solían cada uno de ellos ter un can, para que en la fría obscuridad de la noche de las aldeas ahuyentasen con sus ladridos y mantuviesen a raya a esa desdentada señora que, fea, repugnante, con vestidura negra y una guadaña en la mano, trataba de entrar en las huertas y casales tratando de rebañar de un tajo las pacientes cabezas de sus habitantes. De ahí la algarabía de esos animales y el miedo de nuestros paisanos, sobre todo en las largas noches del otoño y del invierno. Esa señora repugnante que es la muerte y que a pesar de todas las precauciones y visto así, siempre tenía y tiene la última palabra ¿…?

Evidentemente, hoy en día ya no necesitamos aquellos perros guardianes para tamaña e inútil defensa, porque, entre otras cosas el campo ha sido abandonado y porque tampoco creemos en estas leyendas y además casi nadie muere en su casa: a los nuestros los llevamos a morir afuera. Porque tal vez, también cansados nosotros, tengamos quien más, quien menos, muerto el propio corazón, ocupado nuestro tiempo y apagado nuestro fervor o descreído nuestro pensamiento. Pero ella, la muerte, sigue ahí segura e inevitable en su danza macabra alrededor de todo, segando vidas, a veces por su cuenta, a veces por la nuestra.

Y si sigue ahí, maldita sea, y sin la alerta ni defensa del que era y es “ el mejor amigo del hombre”, ¿ sólo nos queda el dolor, la resignación, la tristeza o el abatimiento de la medianoche de todo el día ? Yo no voy a decir ni que sí, ni que no. Sólo se me ocurre recor que sabemos muy bien de quien nos hemos fiado y que en su nombre “creemos en la comunión de los santos, la resurrección de los muertos y la vida eterna”. Dicho de otra forma, y parece que lo estoy viendo, a la muerte hay que atizarle y decirle bien en la cara: “aunque cortéis todas las flores, siempre habrá primavera” (Pablo Neruda)

Porque lo que nuestra forma seria de ser intuye, el admirable cariño y acercamiento de la Vida nos lo confirman. Fundamentalmente todos estamos definidos en el presente por los amores y relaciones que nos amaron y amamos en el pasado y que necesitamos que perduren en todo nuestro futuro. Por lo que habrá que decir también que no hay dos sin tres: hemos amado y amamos en el pasado, nos amamos en el presente, y seremos amados y amaremos por siempre en el futuro de la Vida y nuestro.

Y este sería, creo yo y así me lo enseñaron de pequeniño, el busilis de estos 1 y 2 de noviembre: la comunión de los santos, la resurrección de los muertos y la vida eterna, nuestra vida eterna como regalo y destino plenamente humano en Dios. Que es lo que de una forma admirablemente literaria y sabia nos dejó dicho Don Jorge Manrique en las “Coplas por la muerte de su padre”:

Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir.
a cuyo brevísimo comentario me atrevo: nunca el río es más río que cuando se convierte en mar. O sea, que nunca el hombre es más plenamente hombre que cuando se vierte y convierte en la Vida.

Y en todo caso - ¡ ni crisantemos, ni calabazas ! - que ante el inevitable paso de la Parca sólo nos recorra por dentro un misterioso y esperanzado escalofrío.
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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