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¡Pagliacci!

jueves, 27 de septiembre de 2012
Samething is rotten in the state of Denmark, que dijo Marcelo a Hamlet, cuando ambos se encontraban vigilando, alerta, las murallas de la noche en el castillo de la famosa comedia de W. Shaquespeare. O sea, algo huele a podrido en Dinamarca, o en España. Y fue desde aquella que al joven príncipe se le ocurrió echar mano de la comedia y de la representación teatral para poder descubrir con certeza al verdadero asesino del Rey su padre. Y es que realmente la comedia es como la vida misma. O dicho al revés y como ustedes mismos saben, la vida es una comedia. Una comedia que a veces termina en tragedia, bien por su naturaleza, o bien por decisión del “senado de espectadores”. Y si se trata del teatro de títeres y marionetas, donde el “artificio” es exclusivo, ni qué decir tiene.

Por su naturaleza, por ejemplo: Hamlet, que tiene barruntos de que en su caso el magnicida es su tío, hermano de su padre y ahora esposo de su madre y rey, hace montar una función en la que unos comediantes que llegan a palacio para diversión de los cortesanos han de escenificar el guión que él mismo les entrega sobre la “fingida” y “ supuesta” historia de la muerte de su padre a manos de su tío. Y ¡tate!, a medida que transcurre la acción, la curiosidad y el divertimento van dando paso a la la inquietud, al sudor de lo inevitable, al espasmo, al grito catártico , a la identificación del espectador y el actor, a la tragedia final y subsiguiente. Efectivamente su tío era el asesino de su padre.

Por decisión del “senado de espectadores”, por ejemplo: En su segunda salida de la Mancha y en su tercer viaje por esta España de Dios, a Don Quijote se le ocurrió ir a Barcelona. ¡Qué se le habría perdido al pobre hombre allí! Mal pensaba él que en aquellos aragoneses y catalanes paysos el Caballero de la Blanca Luna lo iba a devolver realmente a su original y simple condición de desventurado Alonso Quijano. Bien. Camino de esos paysos, se cuenta, una noche tuvo nuestro buen señor la ocasión de asistir a una sesión de títeres y marionetas que por aquellos parajes ofrecía un tal maese Pedro con su retablo. Fuese lo que fuere de la historia allí representada, algo de lo que se estaba sucediendo en el escenario no encajaba y enojó de tal modo a nuestro héroe que “ diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto al retablo y con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera (…), derribando a unos, descabezando a otros,, estropeando a éste, destrozando a aquél, y entre otros muchos dio un altibajo tal, que si maese Pedro, no se abaja, no se agazapa y encoge, le cercenara la cabeza, como si fuera hecha de mazapán...No dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente en menos de dos credos dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figurillas”. ¡Oh, caballero andante, por qué te fuiste y no estás hoy!

Y así es, o debe ser: cuando la comedia no es vida o cuando la vida sobrepasa su propia representación, todo se vuelve irremediablemente trágico o cuanto menos tragicómico, que es mucho peor y más frecuente.

En las historias de ayer y en las historias de hoy: en la Denmark de Hamlet, en la Catalunya de Mas, en la Galicia de Pokemon y en la España de todos.
Al tiempo, Pagliacci!
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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