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Huevos para una tortilla

viernes, 18 de mayo de 2012

En tiempos en que el dualismo antropológico constituía la herramienta académica más a mano para formalizar un discurso académico fundamentado, a un cierto y curioso escolástico , casi ya renacentista, se le ocurrió afirmar que, componiéndose el hombre de cuerpo y alma, ésta tendría su sede en aquél en sus partes más nobles, concretamente en la glándula pineal y en los testículos. Argumentaba, eran tiempos en que se pensaba, que, siendo la glándula pineal la glándula más sensible que poseemos, ella era sitio adecuado para tal asentamiento; y habiendo cuenta que todos los hombres tienen alma, habría que considerar, lógicamente, que se trasmitiría de generación en generación a través de los órganos de la reproducción.
Luego Descartes, como todos ustedes saben, simplificó la ecuación, sentenciando que nuestra parte intelectiva se hallaba exclusivamente asentada en la glándula aquella que tenemos un poco más arriba del cogote.
Eran tiempos oscuros. ¡Tan oscuros como los nuestros de hoy, por lo menos…!
Pero ya, aquí y en todas partes, en la época prodigiosa de la neurociencia, los dualismos se han superado, los “ayuntamientos” (¡!) no han lugar, pues, y resulta que, más o menos, somos todos y sólo, en el más óptimo peldaño de una evolución gloriosa, un mondongo y un capirote electromagnético con finísimo cableado de infinitas y exclusivas facultades. Y sí, queda en pié algo de las viejas sentencias y teorías, la glándula pineal. Y sí. Pero los testículos, han desaparecido. Ya nadie tiene huevos . Ya nadie tiene lo que hay que tener para llamar – la palabra crea el pensamiento – a las cosas por su nombre y enfrentarse a una realidad y a una vida indignante, no tanto indignada, y de este modo, entre otros, conformar una sociedad apetecible y no en bancarrota en todos los sentidos. No, no hay huevos en el nido familiar donde “El príncipe destronado” sólo es una ficción y zarandea descaradamente y “decote” las cobardes gónadas paternas. Ni los hay en el corral de la Administración y la Gran Empresa , ni…ni… Ni usted ni yo los tenemos para casi nada. Por ejemplo, para hacernos y degustar una buena tortilla a la luz del humilde candil de la sinceridad y el sosiego humano.
¿Será, además, que como no los tenemos y le falta sustrato al “ alma”, al cableado del cerebro le saltan por momentos los fusibles o que el jíbaro de los mercados nos reduce hasta el ridículo nuestro maravilloso occipucio y alrededores?

Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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