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Obituario

lunes, 12 de marzo de 2012
Hace hoy dos semanas justamente que, con sus hermanos vivos Maruja y Antonio celebramos el 87 cumpleaños de Pepe. Pepe Prieto. Para unos Pepe do Regio, para otros Pepe da Coturiña. Para nosotros, los suyos, Pepe. El único. Ese día y el siguiente tuve la oportunidad inigualable de poder compartir, junto a otras personas, siempre familia y amigos, sendos almuerzos. A mesa y manteles. Y como siempre, imperó el buen humor, el buen tono, la alegría y la risa franca y sana. Todo aparentemente perfecto.
Pero la madrugada de la luna llena última del Solsticio de invierno, los idus de marzo se adelantaron a sus fechas habituales y segaron, de raíz, alevemente, la preciosa vida de Pepe -como Bruto a César. Preciosa, apreciada y, aún en su individualidad, realmente fecunda. Si no creó vida produjo muchos parabienes a muchas vidas constituyendo con su bien y buen hacer, convertirse en un icono de la amistad para sin fin de mujeres y hombres. Se hizo querer y obtuvo cariño sin cuento. Cayó bien por donde pasaba y recibió más gratificantes compensaciones tanto materiales como espirituales.
Personalmente mi relación con él me obliga a ser parcial aunque trataré de ser objetivo. Con parentesco relativamente cercano, éste se convirtió en un parentesco muy próximo. Y tan próximo que se acercó al ámbito más íntimo familiar. Ya el día de su deceso nuestro común amigo y socio mío, Julio Giz, hizo un muy atinado panegírico de nuestro hombre. Allí se mencionaba claramente la entente cordial extendida a mi “bienquerida Ausente” quien tanto lo quiso a él hasta el punto de identificarlo como su “compañero de viaje” por haberlo sido en innumerables ocasiones con motivo de mis actividades profesionales. Como consecuencia de uno de aquellos viajes, nos acompañó a una estancia en casa de un cliente al que representamos ante la Comisión Europea de Derechos Humanos. Él es uno de los protagonistas de la historia que relata aquella efemérides y que podrá ser conocida en estas páginas.
Por tanto, aunque parezca un personaje de novela, de ficción, es real. Sigue siendo real y, como los inmortales de la historia vivirá mientras respiremos, en nuestra mente y en nuestro corazón.
Personalmente estoy convencido de que Pepe ha conseguido algo que el mundo actual no es capaz de conseguir, poder llegar a vivir en absoluta carencia de necesidades. Para iniciados, las no elementales, claro. No era víctima del drama del consumismo.
Comentaba yo ayer en una brevísima ovación fúnebre que decía Thomas Elliot cuando utilizó unos cuartetos del Eclesiastés al definir nuestra relación con la experiencia que hay “un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha, un tiempo para la desesperanza y un tiempo para la celebración, un tiempo para la dicha y un tiempo para la muerte”. Pepe cumplió a la perfección, llevó a rajatabla esos “tempus”, hasta el punto de que, siguiendo al propio Eclesiastés, pasó sustos en el camino pero al florecer el almendro, estar grávida la langosta y perdido su sabor la alcaparra, Pepe se marchó a su eterna morada y aunque no le oyésemos decir como el hermano León a Francisco de Asís que tenía miedo en el camino porque notaba que la flor del tiare a punto de morir ya no tenía perfume nos quedamos con la respuesta del Hermano Francisco: “un crisantemo muerto, ¿acaso no hay algo que aún permanece en él?”. Cuando menos permanece su carisma gracias que tenemos que darle pues por él disfrutamos de su amistad y sabemos que, no sólo los que han venido a acompañarlo en su último viaje sino gentes de aquí y de allí, de dentro y fuera, aseguran mantener su recuerdo perenne.
Y como escribía Juan Ramón, tú, nuestro Pepe, podrías decir con el poeta: “Yo le he ganado ya al mundo, mi mundo. La inmensidad ajena de antes, es hoy mi inmensidad” y nosotros, los que aún vagamos por estos andurriales afirmamos también con el poeta que al lado de tu cuerpo muerto queda tu obra viva y que tenemos nostalgia aguda, infinita, terrible de lo que eras.
Descanse en paz, inmortal artista de la belleza y la alegría de la vida.
Goás Chao, Domingo
Goás Chao, Domingo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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