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Un que foi a misa o domingo pasado

viernes, 04 de febrero de 2011
Un buen día, Moisés bajó del Monte Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo. Dicen que venía como iluminado, muy contento y muy seguro.
Ya tenía con qué dominar al pueblo, dicen.

Y según los que de tal modo hablan, la ley y la norma parece que el mandatario que la promulga, sea de origen “divino” o democrático, quiere hacerlo así en nombre de Dios, para justificar el poder absoluto que ejerce sobre el pueblo llano o quebrado.

Fuere lo que fuere de ello, el profeta Ezequiel sale al paso de tan des-templada e inmediata interpretación, y dice: “Os he hecho escribir la ley en unas tablas para que vieseis mejor lo que ya está escrito desde el principio de los tiempos en vuestro propio corazón, en la naturaleza de vuestro propio ser “.
Nada nuevo, pues.

Y hasta ahí las tablas de la ley, o la ley de la naturaleza sabia.
Quiero, parece añadir el Señor de Ezequiel, arrancaros ese corazón de piedra que tenéis, para daros un corazón de carne con el que podáis ir más allá de vuestros propios deseos, más allá de vosotros mismos.

Y aquí empieza, creo, la novedad y la utopía del evangelio y el privilegio de los que forman la comunidad de creyentes en Jesús, quien, otro buen día, no bajó, sino que subió a la Montaña y propuso y enseñó serena y evidentemente, y en el tal sermón lo repite con mucho afán y teimosía:
Dichosos, no sólo los ricos, sino, y también, los pobres.
Dichosos, no los orgullosos y engreídos, sino los humildes.
Dichosos no sólo los que hacen justicia, sino más bien los que perdonan.

Dichosos, no sólo los que practican el orden y lo equitativo, sino también dichosos los que aman y son misericordiosos, cuando más bien habría que odiar.

Dichosos no sólo los que cuidan a sus padres, sino también el que los honra y no los entrega aunque chocheen y ya no nos “sirvan”.

Dichoso el que es sencillo y no tiene dobleces en la intención, porque verá y será hijo de Dios.

Y oído esta novedad, este evangelio, el Señor del Domingo, aquí, en la celebración, en esta misa nos miró y, al partir el pan, nos siguió diciendo: “Esto, el Reino de Dios, está dentro de vosotros. Haced algo por sacarlo afuera, hazlo y vivirás”. No sois un pueblo, no sois una institución. Sois una comunidad de opción, y es interesante que esa opción se verifique más allá de lo que da de sí el protocolo o la legitimidad de la norma y de lo habitualmente correcto. Todo lo que está mandado, ya está hecho desde siempre. Vosotros haced algo nuevo, distinto, imaginativo, a-normal y a ver si se arma una buena. Ite missa est.
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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