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La cuaresma de Ulises

lunes, 01 de marzo de 2010
A la ninfa María López Sánchez que por algún tiempo habitó en los bosques de Dionisos y ahora se encuentra en el “mito de la caverna” mientras las sombras chinescas de esta vida van cobrando poco a poco la luminosidad que su inteligencia adolescente, pero grande, le permiten dar. María, que el mismo dios te corone con idéntica corona con que coronó a la abatida Ariadna en circunstancias como la tuya.

Habíamos dejado bastante claro que el Carnaval humano era algo ínsito a nuestra naturaleza, algo así como “o cerne” o la médula de nuestro comportamiento social que se convierte por exigencia de natura en la barra libre de las gozosas e indispensables madrugadas de todo genoma humano que se precie. De ese “protozoo” eminentísimo, llamado hombre, ya sea macho o hembra. Comenzara nuestro Carnaval con la autonomía del big-bang y terminaba con el establecimiento, por ley de voluntarismo gubernativo, de la ablación del clítoris en todos los territorios con origen en el antiguo reino de Carpetania. O el hermafroditismo político que nos toca padecer. Y entonces, primera estación… Cuaresma.
Y mito por mito, prefiero el pentateuco de Adán y Eva a la chiripa científica de la gaseosa en expansión. Y siempre y en todo caso, la “anacrónica” e inagotable pedagogía de los cuentacuentos de la Grecia antigua y del Levante que nos orienta, según los cuales llegamos a ser hijos de los dioses, marineros con derrota de puerto y lobos de mar azotados en cien tormentas, nunca náufragos en mil zozobras. Y la luz de Venus estibando, única, el lastre del chapapote de cubierta, de nuestra cubierta.
Y Ulises en travesía de 30 años, tal que así los hijos de don Juan Manuel de Montenegro, metidos en un pleito de otros tantos años desde el preciso instante de haber asesinado a su propio padre. Unos y otros, arquetipos de nuestro mismo desarrollo. Y ahí está él, el hombre, el Ulises: Calipso -esclavitud y libertad-… Circe -encantamiento y bebedizo-… Polifemo -hijo de la fuerza y del mar-… El ganado sagrado de Apolo… los Cantos de Sirena… y, más que nunca cuaresma, Escila y Caribdis, dragón de acantilado y remolino de muerte, amarrados nosotros, como ellos, al mástil, músculo en tensión que revienta, ni a derecha ni a izquierda, sorteando, viviendo en la coordenada exacta. Ulises. Yo, tú, él, ella, nosotros. Desandando el camino hecho, porque al vivir, desvivimos. Ulises regresando al hogar, a sí mismo, a los brazos de Penélope, remo a remo, vela a vela, furias de Eolo convertidas en viento propicio de travesía lenta pero segura. Amor que espera, un amor en cada puerto. Penélope, todos los puertos. El hombre en busca de su inocencia y felicidad que se le deben. Ulises, yo, tú, él, ella en “Busca del paraíso perdido”. Cuaresma, olvido inexcusable de gente inteligente o tragedia “malgré lui” de quien quiera obviarla. Y la voz a quien obedecieron el viento y la tempestad: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo y que me siga”. A Itaca.
Y siempre, como en la transposición del mito al Mississippi, O Brothers! de los hermanos Cohen, la música de Orfeo en la de George Clooney, Tim Blake Nelson, John Turturro y coro:
There´s a dark and trabled side of life,
There´s a bright, there´s a sunny side, too,
Tho´we meet with the darkness and strife
The sunny side we also may view...
Keep on the sunny side, always on the sunny side…
O sisters, o brothers, o fathers, o mothers…
Let´s go down,
Let´s go down…
Down in the river to pray…
Good Lord, show me the way!

Praying, nunca máis asulagados, sempre en Ítaca.
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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