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Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho (III)

viernes, 05 de febrero de 2010
2 de febrero, fiesta de la Candelaria

Había asamblea en la catedral de aquella ciudad y Don Quijote y Sancho seguían viendo el bulto que proyectaba la sombra de la iglesia del lugar. Era la fiesta de la Candelaria y yo entraba al recinto santo por la puerta grande -el divino Jesús decía que era estrecha- de su fachada neoclásica. Ya en el umbral, y luego en el crucero, me dio la impresión de que ni nueva ni clásica, la cosa, digo. O sea, anacrónica y sin punch. Ni siquiera me parecía románica, que es lo que podía ser, más bien algo gótico, bárbaro, extraño y muy “romano”, como de aire frío o próximo al aburrimiento. O fingían los hechos o yo me precipitaba…Pero aquella asamblea del pueblo me interesaba, y la luz y el chisporroteo de las candelas en una noche de niebla siempre atrae, y más en tierras de la Santa Compaña y muchas leyendas más. Y me atraían tanto como un pecado ajeno. Y yo estaba allí para contemplarlo, y verlo todo y quedarme con lo mejor. La sombra de la noche, de la vida, y la fiesta de la Luz.

Y se entonó el Domine, labia mea aperies como un Dies irae que atronase todas las partes del alma: tal que así. Y la procesión de las antorchas comenzó a des-hacerse por el espacio sacro adelante. Eran muchas las candelas, pero aun así la luz de un candil las pudiera obscurecer a todas, y mire usted que la escenografía se presta, oiga, y el misterio de Dios es. Pero…la iglesia, la lumen gentium, qué coño estaba haciendo allí -está haciendo- con las velas en la mano y la tristeza osbcura en los ojos y el talante? Me acababan de decir, y lo “creo”: “los guerreros de la Luz conservan el brillo en los ojos…están en el mundo y forman parte de la vida de otras personas. No siempre son valientes y (ni) actúan correctamente”.

Y me acordé, porque Dios existe. Me acordé de aquel día en que el mariconazo de Elton John se arrancó al piano con su Candle in the wind en el funeral de Lady Di en la catedral de Londres: fuerza, emoción, entusiasmo, seguridad, resurrección de la carne y la vida eterna, amen. En aquella asamblea -que es la misma que esta- Dios se hacía cercano, joven, luminoso y protestante, como yo digo. O como dice el cura vate de aquí:

Se o pobre laia ¿ non laias Ti con el?
Se o feble cae ¿ non caes Ti con el?
Alguén protesta, protestas Ti tamén.
Alguén constrúe, constrúes Ti tamén…

Fue entonces cuando a luz de allá vi aquí, en la asamblea, a una monja de la Cruz Blanca, de las que se labran sus alegrías lavando los cuerpos y animando el espíritu de los desheredados del vecindario, jovencísima ella, comprometida ella con el instinto animal de la entrega al otro; tan normal ella en su vida nocturna, que era guapísima y atractiva, tan casi sin ropa de escena, que mismamente resultaba una transparencia del Cristo que la estaba poseyendo descaradamente, y a ella le gustaba; tan clásica ella que era actual, tan eso… que era la hostia, o sea, Jesús…o sea la iglesia de Jesús. Ahí, sí. Y entonces, también me encontré con la miel en los labios, con la luz de aquel momento luminoso de los versos de Odiseo Elytis, el hijo del mediterráneo de Creta y Mitelene:
No conozco ya la noche, terrible anonimia de la muerte…
La noche, que es sólo noche, no la conozco ya…

Y fue cuando, al caer del tedio, ofrecí al Eterno un secreto y reposado sacrifico de acción de gracias por la Luz de aquella inesperada revelación, rotunda y pascual, de que la iglesia, el pléroma del divino Jesús de Nazaret, la de él y la que nos puede servir, está, puede estar, en el viento -Candle in the wind- y en un aire como el de aquella jovenzuela de Dios:

Y mis dos ojos en abrazo te navegan con el astro
de mi corazón: no conozco ya la noche.

Y fue así cómo la sombra del bulto de la iglesia desapareció por un momento, y Don Quijote y Sancho y yo salimos de la noche por otro camino. Afuera aún se oía dentro una monótona y apagada salmodia al pie de tres budas en meditación trascendental, tratando de alcanzar el nirvana.

Y afuera también, nos esperaban, necesarios, la manda del Resucitado ¡“qué hacéis ahí plantados!” y las dos famosas traviesas Marta y María…

Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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