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¿MÁS “SEPARATISMOS” CENTRALISTAS?

miércoles, 28 de mayo de 2003
No sé si merece la pena.

A muchos de nosotros, decididamente gallegos, bilingües y gracias a ello españoles, no nos gusta que España se nos “independice”. Sin embargo, desde sus más altas instancias, todavía hay gente que sigue empeñada en empujarnos, en lastimarnos.

Tal parece el caso del Presidente del Tribunal Constitucional don Manuel Jiménez de Parga que, con el achaque de la escasa higiene medieval de las Comunidades Históricas, intenta cuestionar ahora nuestro constitucionalmente reconocido rango nacional y el de otros. La cuestión es que Jiménez de Parga dijo en Enero pasado que “en el año 1000, cuando los andaluces teníamos docenas de surtidores de agua, en algunas zonas de estas llamadas comunidades históricas ni siquiera sabían lo que era asearse los fines de semana”. O sea, que nada. A consecuencia de esto don Manuel es objeto ahora ante el Supremo de una demanda civil catalana (¡sólo una!). Pese a ello el fiscal no cree que considerar sucio nuestro pasado sea una ofensa; sobre todo teniendo en cuenta que los sucios eran nuestros antepasados y no nosotros –vamos, que si a Vd., por ejemplo, le llaman hijo puta, Vd. ni inmutarse: está claro que Vd. ni es un puto ni el que le imputa conoció nunca a su digna madre-.
Pero entonces ¿qué?. Pues que, pese a la más que probable demora secular de los supuestos surtidores y al tosco análisis de la fiscalía, estas ofensas suelen apuntar siempre mucho más alto de lo que confiesan y concretamente en este caso lo hacen hacia un objetivo claramente desdeñoso, excluyente y necio.

Por eso, nosotros, los herederos de tan desaseadas personas, no deberíamos ya ni siquiera intentar dirimir aquí exquisiteces leguleyas tales como las de la “capacidad lesiva o no de un derecho ni la de sus connotaciones ofensivas”, como propone el fiscal (¿?). Ni falta que hace. Tras admirar el rigor histórico de don Manuel y hasta sus prudentes recomendaciones sabatinas, a nosotros nos bastaría ahora sólo con constatar su mala follá. Y ya en estas condiciones, con preguntarnos además cómo y por quién un hombre con tal potencia de fuego puede haber sido colocado en semejante tronera. Porque lo cierto es que, de un solo disparo, el Sr. Jiménez de Parga ha hecho temblar incluso los propios cimientos “históricos” de la fortaleza institucional que se le había confiado.

Pero, además de su apología higiénica de Andalucía a costa de las Comunidades Históricas –y pese a que también Andalucía es una Comunidad Histórica y a que en el siglo X en Granada no había ni Alhambra ni fuentes ni fines de semana- lo más chocante de todo es que, por otras razones, tampoco parece posible que los Parga -los del “nosotros”- pudieran en cualquier caso disfrutar en el año 1.000 de surtidor musulmán alguno. Efectivamente, no es probable que hubiera entonces por el Sur muchos andaluces de los de ahora pero es que además los Parga, distinguida familia lucense emergida en el siglo XII y de la que muy probablemente procede don Manuel, todavía eran desconocidos y totalmente gallegos como tales en el año 1000. Ésta y otra mucha gente efectivamente no debía de disponer entonces ni de nombre ni de tiempo para la ducha ni el bel canto. Teniendo en cuenta al menos sus apellidos -y dado que la cosa “no tiene la menor importancia”-, don Manuel debería haber asumido también, al menos, la mácula de su propio desaseo. Otra cosa suena a desnaturalización.

En cuanto a lo de las “Comunidades Históricas”, efectivamente, yo no sé a qué constitucionalista pudo ocurrírsele el café para todos ese de la “historicidad”, signo éste al principio sólo de más antiguos y quizá significativos precedentes autonómicos pero que ahora sólo ha servido para provocar estúpidos desencuentros “heráldicos” entre los que no lo sabían. Porque lo que es historia, prehistoria, méritos y hasta gloria en España parece sobrarnos a todo el mundo. Lo que no todos tenemos -y pocas cosas habrá que acrediten y justifiquen más la existencia de una verdadera colectividad diferenciada- es una lengua española que siendo suficientemente distinta del castellano y garante de un prolongado aislamiento, lo es también de una cultura española claramente peculiar y, en definitiva, de una irrenunciable diversidad. “Especies amenazadas” pues, nuestras varias culturas españolas exigen cuidadosos ajustes prácticos y de ninguna manera privilegios, regalías ni honores comparativos, efectivamente muy discutibles.

Y por cierto que -como muy bien parece haber aceptado la Constitución con lo de las nacionalidades históricas- de una u otra manera, nación viene de nacer y nacer de naturaleza. Otra acepción también académica define a la nación como un colectivo regido por un sólo gobierno. Pero esto, compatibilizable con lo anterior cuando no hay hegemonías de por medio, resulta más antietimológico, restrictivo y artificial; en este caso, mejor sería Estado o algo así. Lejos de cualquier consideración territorial o racial, ninguna naturaleza o nación pues más natural para el hombre que el ámbito cultural razonablemente singular y mínimo en que le fue dado crecer. Gracias a ello muchos podemos seguir invocando ilusionadamente ahora nuestra galleguidad española.

Claro que esto, siempre que nos dejen.

MADRID, 16-5-2003
Andrade, Fernando
Andrade, Fernando


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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