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Un rabo en Las Ventas

miércoles, 13 de junio de 2018
Corría el año 1972 cuando Sebastián Palomo Linares corto un rabo en Las Ventas, desde entonces han pasado 46 años hasta que el rejoneador Diego Ventura no haya cobrado un trofeo similar.

Esta tarde del 9 de junio penúltimo festejo de esta feria del frio, que a veces parecía la Feria de Valdemorillo. En el siete nunca hemos tenido menos sol, en las últimas diez tardes brillo por su ausencia y hubo abudante lluvia, ‎que recompensa a los aficionados con emocionantes faenas y dos puertas grandes.

Pero este 9 de agosto ha sido muy caliente en el ruedo con mada menos que siete orejas y un rabo, una tarde triunfal y un pelis triunfalista. A Andy Cartagena le sobró la segunda oreja del quinto de la tarde. Nana que objetar a los apéndices, cinco ni más ni menos, de Diego Valor, que estuvo magistral toda la tarde, con rejones magistrales, banderillas a dos manos y unos certeros rejones de muerte en el segundo y cuarto y unos muletazos magistrales en el sexto para asestar un verduguillo contundente.

Respecto al rabo, hay que decir que el clamor en la plaza fue apoteósico, pero pudo haber un error ya que el segundo pañuelo fue tardío y pudo confundir a los exultantes que pedían la segunda oreja y se encontraron con un flamante rabo.

Asistí en mi primera temporada en el Siete a la llamada corrida del siglo‎ con los victorianos desorejados por Ruiz Miguel el torero legionario especialista de los toros duros, durísimos y Espla el divo del protocolo taurino y Palomar, el invitado a la gran fiesta y jolgorio general. Hacía un caló africano aquel dos de junio de 1982.

Desde entonces he conservado mis dos abonos en la última fila del tendido Siete hasta este rabo del 2018. He aplaudido al maestro Antoñete, el del mechón blanco y el monarca de la media distancia y vi el famoso toro blanco de la leyenda del torero que paso sus primeros años en las dependencias venteñas.

Nadie osó pedir ‎un rabo, ni siquiera en las cuatro tardes de puerta grande del colombiano César Rincón, ni en las tardes clamorosas de José Tomás, a pesar del delirio de los tendidos y la subida a los cielos de los aficionados del siete. Era impensable.

Sabido es que el rejoneo es ninguneado 'como los caballistas' por los buenos aficionados, especialmente por mis colegas del siete, pero confieso que al igual que en vez de monárquicos había juancarlistas, a mi pasa lo mismo con Diego Ventura, me considero venturista.

Destacar en esta tarde vibrante dos momentos cumbres, un espectador en medios de las cabriolas sin fin grita Viva España y el rejoneador en los medios eleva su rejón y se cae la plaza unanimente en pie y el otro cuando a punto de cambiar de cabalgadura la plaza entona un torero, torero, torero que Ventura agradece quedándose solo frente a la puerta del cuatro. Sin palabras.

El toreo es emoción y yo me he emocionado incluso con la lágrima de Andrés de Miguel, que preludiaba los momentos épicos de las corridas. No me arrepiento de este rabo, en todo caso me declaró cómplice sin atenuantes.

Joaquín Antuña
joaquinant@hotmail.com
Antuña, Joaquín
Antuña, Joaquín


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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