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Cai Guo Quiang. Más que pólvora en el Salón de Reinos

lunes, 13 de noviembre de 2017
Cai Guo Quiang no usa la pólvora para matar, la utiliza como alquimista para gozar de explosiones catárticas, que son salvas de color creadoras de atmósferas efímeras cargadas de sensualidad con densas nubes "azul Greco", "rojo Velázquez", "negros y blancos Goya", inundando los espacios de la acción final con la que este artista remata sus procesos pictóricos. ¿Pictóricos…?, pues no exactamente. Bueno, al final sí parece una pintura, pero no se ha tramitado como tal la hemos entendido durante siglos.

Este artista realiza diferentes acciones sucesivas que culminan sobre el lienzo como un cuadro, pero no es un cuadro. Teorías y prácticas orientales y occidentales se cruzan en estos lienzos integradas con un espíritu postmoderno.

Pone el soporte sobre el suelo como lo hicieran tantos artistas de las culturas primitivas, que inspiraron tras la segunda postguerra mundial a los abstractos americanos acordándose de los indios navajos, caso de De Kooning. Y Cai camina sobre él lentamente, dibujando en pie con un largo recorrido y un alto pincel trazos suaves, arrastrados. Tras esto, hace recortes de motivos y detalles de las grandes obras y maestros del Prado: nubes; pájaros reales o místicos, como el Espíritu Santo Trinitario que se flecha en escorzo hacia nosotros en los cuadros de su admirado Greco; figuras, flores y plantas, edificio como el Alcázar de Toledo crucial en la simbólica de lo español, y de rodillas los superpone sobre el lienzo, quedando en su perfil y volumen en blanco cuando caiga el color sobre ese soporte, como en el "teatro de sombras" que del Oriente llegó al Occidente en pleno vanguardismo del XX.

Luego derraman con la mano los polvos cromáticos, los espolvorean y/o los esparcen con las manos. Encima, sobre puntos estratégicos donde reposan los colores, pone la pólvora. Al final cubre totalmente la superficie del lienzo, colocando trozos de ladrillos artesanales preparados para explotar en segundos; y, a la vez, pone una mecha que recorre el interior, la prende y comienzan los estampidos repiqueteados- como en las fiestas populares-, hasta que llega la gran explosión, la bomba de palenque, como clímax de toda la acción.

Los focos de llamas se sofocan con celeridad, se sacan los ladrillos, la mecha, y se levanta la cobertura, entonces hace aparición el lienzo pintado. ¿Pintado…? no, explosionado. En ese momento vemos el resultado de una calculada sorpresa…, pero no absolutamente, porque con total exactitud no se logra programar el alcance de cada metralla azul, roja, blanca, negra o verde propulsada por el explosivo. El cálculo y lo incalculable conviven, se equilibran como en casi todo acto creativo.

Este pirotécnico creador e investigador medita siempre antes en los espacios de su acción, en ellos y sobre ellos. En el caso de Madrid lo ha hecho en el Salón de Reinos un largo tiempo, más de lo que creía que iba a necesitar para emprender la acción, como ha declarado en alguna entrevista.

Recorrió una y otra vez el Museo, contempló a los grandes del XVI y XVII, flamencos, italianos y españoles: Rubens, Tiziano, Velázquez, Goya… y en el centro de su mirada, de sus recuerdos al visitar el Prado por vez primera, se sitúa el descubrimiento del Greco, impactante para este artista del Greco. Es ese espíritu “iluminado” del cretense el que empapa las visiones de los otros maestros, que emergen de sus manchas de colores ciánicos, verdes agrios, azules Prusia, amarillos ácidos, desde la tierna infanta Margarita de Austria en las Meninas al violento Tres de Mayo de Goya, caballeros de golilla, retratos ecuestres; de la Venus de Velázquez a la maja de Goya desnuda, en contraste con la sofisticada y académica Venus extranjera de Cabanel, que ganó la medalla en la exposición del Salón de Paris, pero que la vanguardia del fin del siglo XIX y comienzos del XX desbancaría poniendo como referente del desnudo recostado femenino la Olimpia de Manet, tan deudora de nuestro Diego Velázquez.

Y más para otro post… porque la gestación de la obra de Cai duró meses y contarlo merece alargar el relato.
Pena López, Carmen
Pena López, Carmen


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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