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La vuelta al cole

martes, 12 de septiembre de 2017
Siempre estudié en colegio público, concretamente en la Aneja, en el Nuestra señora de los Ojos Grandes (alias “el femenino”) y en la Universidad de Santiago de Compostela, así que no tengo muy clara la diferencia que hay con los que iban a Fingoy o las Pepas y demás colegios privados salvo que solían vestir de uniforme y sacar notas mucho más altas aunque te ponías a hablar y sabían mucho menos.

Lo que sí es común es que cuando era pequeño la vuelta al cole tenía una carga emocional grande, supongo que la cosa seguirá siendo parecida. Por un lado estaba el rollo de volver a las clases, los deberes y el fin del verano y por otro el ver a los compañeros para hablar de lo que habíamos hecho y exagerar nuestras hazañas, convirtiendo colinas en montañas y culebras en serpientes venenosas (que sí, tío, que casi me pica y me muero). La diferencia con los críos de hoy es que nosotros no estábamos en contacto en todo el verano porque no teníamos móviles ni correo electrónico, como mucho una postal y vas que chutas.

En estos días los informativos se llenan de las habituales imágenes de niños llorando en las puertas de los colegios y algunos padres con cara de alivio porque durante unas horas los profes se hacen cargo de sus tiernos infantes. También vienen las quejas sobre lo carísimo que es el material escolar y esas cosas, convenientemente publicadas en redes sociales a través de los iPhone XXL y los Samsung Galaxy 8 edge de los menesterosos progenitores.

La cuestión de la educación, en este país de irresponsables, se descarga exclusivamente sobre papá Estado. Ayer, sin ir más lejos (esto es real, se lo prometo), unos niños jugaban en la Plaza del Ferrol frente al colegio de las monjas colgándose de un árbol ante las indiferentes y cómplices miradas de sus mamás, que veían normal que sus retoños intentasen arrancar las ramas (las grandes, no crean que hablamos de una hojita) sin mover una ceja. Ya se encargarán otros de enseñar a los niños que eso no se hace, ¡caca!, y que la defensa del medio ambiente, del bien común y de la propiedad pública es cosa del prójimo, que es muy cansado educar en casa y para eso se paga a los profes.

Esas larvas de vándalo, que no se desafían por trepar al árbol como hacíamos los niños “normales” sino por destrozarlo, reciben el mensaje de que no es malo hacer eso porque mamá está mirando y no despega los labios, igual que ven que la educación tiene que suponer el menor esfuerzo posible y que es más relevante vestir marcas que comprar buenos materiales para aprender (mucho niño vestido de Benetton pero con libretas, lápices y demás comprados en el chino Antonio).

Esta confusión de mensajes a los chavales no se queda ahí. La última moda de los papás-pasota es celebrar los cumpleaños a las tantas para poder dejar a los críos en esas guarderías disimuladas de parques de ocio mientras ellos se van de vinos, que desde el parto es algo que no podían hacer porque los abuelos empiezan a rebelarse y a dejar de cuidar a los nietos con excusas tan banales como una rotura de cadera o un quítame allá esas muletas. Incluso alguno ha tenido la osadía de decir que “soy su abuelo, no su padre, y os toca vosotros criar a vuestros hijos”… habrase visto... Tengo noticia de que críos de 8 o 9 años citan a sus amiguitos (bueno, y a toda la clase, que ahora por lo visto también hay que invitar al bruto de turno, ese que te quita la merienda y que no lo aguantan ni en su casa, para que no se traume) a las nueve y pico de la noche y se quedan hasta la una de la mañana en el parquecito de marras mientras sus papis se ponen hasta las cejas de vinos (o copas) y tapas (la tradición que no falte). El llegar a casa en coche después de eso debe ser digno de ver.

Con la posible excepción de los artificieros, los profesores son los funcionarios que más tensión deben sufrir en sus trabajos, y lo más triste es que seguramente la peor parte no será lidiar con los alumnos sino con los papis-coraje, esos que todos conocemos que ponen la palabra de su niño de 7 años por encima de la de un tío de 40 porque se ve que los críos ahora además de estudiosos y ejemplares jamás mienten. ¡Cosas veredes!
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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