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Salir del armario

viernes, 19 de mayo de 2017
No, amigos no me he vuelto gay, impulsado por el entusiasmo de Carmena, la hija del sastre "que vestía a la gente bien" como anunciaba la publicidad y que está en trance ante el orgullo mundial que se prepara para julio en Madrid, lo que pasa es que soy aficionado a los toros y hay que tener valor para manifestarlo. En los tiempos que corren poblados de Zapateros y sus discípulos del estilo del Divino Pedro. Por ello necesitas reaños para decir que te gustan los toros en público. Te miran como a un bicho raro, peor que si fueras leproso, los animales son considerados humanos y tienen la percepción de estar delante de un asesino latente, un ser cruel e indiferente ante los sufrimientos, para toda este gente animalista e incluso ante un sádico peligroso que goza con el dolor ajeno. Para la religión ecologista que impera hoy los animales son sagrados incluso un escalón por encima de los humanos, por su inocencia. A mis alumnos les presento un acertijo, quien es el personaje político que decía que las mujeres tenían que utilizar sólo agua y jabón ‎y no maquillarse, argumentaba, como hacía mi madre y que fue pionero en defender los derechos de los animales. Silencio. Les dejo un poco en suspenso, hay que saber manejar los tiempos. La respuesta les deja desconcertados. Adolfo Hitler. Claro es les digo que vosotros sois antifascistas y odiáis todas las tramas e injusticias del mundo, sólo seguís compartiendo con Adolfo vuestra indeferencia y odio a la religión. Son solo algunas coincidencias, no os alarmeis. Bueno otra analogía con el ilustre austriaco es el fanatismo y la intolerancia, aunque os declareis tan amantes de la tierra y los animales. El problema amigos lectores es que como en la comedia de Ionesco El rinoceronte es que el ecologismo radical es una enfermedad muy contagiosa y cada vez hay más rinocerontes. Un último ejemplo la reciente propuesta del Parlamento balear para una corrida sin dar muerte al toro y devolverlo a sus dehesas. Lo comentas y ves que a tu alrededor se encogen de hombros. Los toros están condenados. No hay vuelta de hoja. Pronto algún emulo del padre Ángel nos invitará a sentar un toro a nuestra mesa. Te sientes un reprobo. Candidato al fuego eterno. Es difícil reaccionar contra esta sarta de sandeces, perdón furiosos animalistas, pero hay que hacerlo. Tenemos que salir del armario.
Antuña, Joaquín
Antuña, Joaquín


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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