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Diálogos de amores y de lenguas

viernes, 21 de abril de 2017
-Soy chileno, porque nací en esta tierra remota, flanqueada por la cordillera y por el inmenso océano Pacífico; soy español, porque mi idioma de cultura y de oficio es el viejo castellano imperial, vivificado en las vastedades americanas y enriquecido por los sones de la tierra y el canto de sus habitantes; pero, sobre todo, soy gallego, porque en mí sigue latiendo el espíritu de la lengua rumorosa que mi padre y los suyos nos repartieran con la leche y la miel, con el pan y el vino, porque mamé esas palabras inolvidables en la temprana niñez y, al cabo de los años, pude estudiarla en una suerte de filología autodidacta –la mejor y más permanente de todas- haciéndola mía para develar los mejores sueños de la estirpe y proyectarlos hacia el pasado, quizá haciendo míos los versos de Xosé María Díaz Castro:

-“Un bruar de navíos moi lonxanos/ che estrola o sono mol coma unha uva/ pero ti envólveste en sabas de mil anos/ y en soños volves a escoitar a chuva/”...

-Esa lluvia anidó para siempre en mi corazón, haciendo de la esperanza el ruego de otro gran poeta de la estirpe: “Procuren un lonxe e un ningures os camiños onde morrer”.

Las palabras eran seres, cosas, luces, tibiezas, aromas intensos... Eran aquellas palabras originarias cuyos sonidos traían consigo dulces incitaciones, quizá los primeros agasajos de la existencia, unidas a la extraña música de su prosodia: neno, leite, nai, berce, pai, irmáns, irmás, avóa, avó, tías, curmáns... Y desde fuera,
entes misteriosos que invadían la casa, que trepaban entre el humo de la marmita y los rayos de luz que tejían las ventanas: paxaro, cabalo, vaca, galiña, árbore, regato, choiva, vento, can...

Apenas un lustro, hasta que murió el abuelo, según se comentaba en voz baja, de morriña, de incurable tristeza motivada por el forzoso desarraigo... Estos últimos conceptos ya venían en la nueva lengua, esa que pronunciaba mi madre chilena, la que hablaban también los primos “del otro lado”, los amigos del barrio, primos de adopción, los Torres Laureda, de origen gallego más remoto, cuya hermana Elita casaría con el primo Julio, uniendo ambas familias por varias generaciones; todos ellos venían a jugar y compartir tras los anchos portones de Chacra El Olivo, donde los abuelos gallegos, a instancias del mayor de los hijos, el tío Manuel, levantarían una especie de remedo del lar originario, de esa casa de A Touza, en Santa María de Vilaquinte, tierras de Carballedo, cerca de Chantada, al sur de Lugo, que nuestro hermano Eugenio iba a revelarnos en 1978...

En el barrio de Ñuñoa, a donde fuimos a vivir después de la muerte del abuelo, comenzaron a diluirse aquellas palabras, aunque aún mi padre las pronunciaba, cuando cogía el teléfono para hablar con la abuela Elena o con las tías Naulina, Alicia y Elena; nunca con sus dos hermanos, Manuel y José, porque estos habían decidido no parecer gallegos, sino más bien españoles aventajados (universales, decía tío Manuel), es decir hablantes de la lengua castellana. Sin saberlo aún, yo buscaba esas palabras misteriosas, perdidas de un día para otro en mi entorno de niño. En un principio creí que alguien las había escondido en los rincones de la casa, como quien guarda objetos preciosos para que nadie se los arrebate, pero no estaban allí, ni siquiera podía percibir el eco de sus sones... Tú, padre, las habías sembrado cuando aporcabas la tierra con la azada y en cada golpe ellas caían desde tu corazón sobre la tierra anhelante, y las disfrutabas en silencio, para no olvidarlas, en ese pozo de ausencia que se vuelven los silencios acumulados al correr de los años, entre el exilio, el destierro y el desarraigo...

-¿De dónde le viene a usted ese amor –disculpe- casi obsesivo por Galicia y eso que usted llama “lo gallego”, y que incluye, al parecer, muchos aspectos, pero, sobre todo, el ámbito literario?

-Toda gran pasión es obsesiva. De lo contrario, se trataría de una rutina más... Dios nos libre de que lo rutinario se apodere de nuestros anhelos. De ahí a jubilar o aposentarse, hay menos de un paso.

-Usted alude a menudo a Dios, pero se declara agnóstico. ¿Otro contrasentido suyo?

-Dios es el espíritu que todo lo llena e impregna. En eso creo, con una fe irreductible. Otra cosa son los dioses de extraños nombres y rostros humanos, que la desolación ontológica ha impelido al simio pensante a crear, según su imagen y semejanza, para exigirle apoyos circunstanciales, en patética idolatría... Prefiero los dioses lares, que hacen su trabajo silencioso, entre la voz del fuego y el canto de la marmita.

-Aunque sé que le desagrada la pregunta, ¿por qué buscar las raíces paternas en Galicia y no las entrañas maternas en el centro-sur de Chile, o en Valparaíso, donde nació su madre?

-Quizá porque mi padre surgía ante mí con aire forastero, una presencia imponente, pero que tenía un encanto extraño y remoto... Me asustaba y me atraía, al mismo tiempo... He narrado cómo él solía levantarse de la mesa, después del condumio, parándose en el umbral, como si esperase el barco que iba a llevarle de vuelta a la aldea. Entendí que era el peso inconsciente de la saudade... Después, entraba en su dormitorio y hojeaba sus libros gallegos, como quien oficia un sacramento.

-Y su madre, entonces, que fue sin duda un ser de rara distinción, una persona culta, íntegra y espiritualmente sólida, ¿no era acaso un buen motivo para indagaciones pretéritas?

-Mi madre fue siempre certeza tangible, el pasado y el presente fundidos de manera inextricable, la seguridad vuelta casa y cobijo... En cambio, nunca pude salvar la distancia que me separaba de mi padre. Tal vez por eso lo he buscado con la pertinacia de un peregrino.

-¿Pudo acaso encontrarlo, antes de su pasamento; reconciliarse quizá, con aquella distancia o enigmática barrera afectiva?

-No, y me dolió mucho su partida, pero en mi espíritu aquello era previsible, como un descanso compartido. En cambio, recibí la muerte de mi madre como algo irreparable, en el sentido del imposible consuelo. Su ausencia clavó en mí la garra alevosa de la definitiva orfandad.

-Nació usted en Chile, ha vivido toda su vida, o casi, en este Santiago del Nuevo Extremo, y pugna por parecer gallego auténtico.

-No quiero parecer nada distinto de lo que soy, un escritor caminante o, si prefiere, transeúnte, como lo definiera Micaela Souto, situado entre dos nostalgias, la de la Galicia profunda, campesina, y la de Chiloé, en el “sur de sures”, como escribió el poeta.

-Tampoco ha vivido usted extensas temporadas en Chilhué, el lugar de gaviotas, la Nueva Galicia que tanto aparece en sus escritos.

-Eso confirma que puede uno escoger sus amores y sus patrias, o ser escogido por ellos, mejor dicho. Es algo estético y, a la vez, amatorio.

-Su padre, Cándido, llegó de Galicia en marzo de 1925, con sus padres y sus seis hermanos, para radicarse en Buenos Aires... Tenía trece años entonces, pero nunca dejó de ser un gallego entrañable, vinculado a su tierra por la nostalgia...

-Y por la lengua, que procuraba no olvidar, hablando con su madre y sus hermanas... Es lo que recuerdo, porque mi abuelo gallego murió cuando yo tenía cinco años y es apenas una sombra difusa en la memoria... Un hombre que en la aldea escribía cartas por encargo.

-¿Y con los dos hermanos de su padre, Manuel y José?

-No. Ellos eran “españolistas”, en una época en que campeaba el franquismo entre los emigrantes y hablar gallego, catalán o éuskaro era cosa de gente vulgar, de “campesinos ignorantes”, o de separatistas...

-Pero si los inmigrantes españoles en Chile, en su inmensa mayoría, provenían de las capas humildes de la población peninsular... Eran hijos de campesinos o, cuando mucho, “labradores propietarios”, como se rotulaba a los vástagos menos afortunados del minifundio.

-Sí, pero una vez que accedieron a situaciones de prosperidad y treparon en la escala social, se volvieron burgueses conservadores, abandonaron el uso de sus lenguas vernáculas, aferrándose al prestigio imperial del castellano. Una mezcla de indiferencia cultural y arribismo.

-Usted no hable, que toda su obra está escrita en la lengua de Castilla.

-Por supuesto. ¿Y qué quiere? Es mi “lengua de cultura”, en la que recibí mi instrucción escolar, profesional y académica... El habla de la tribu. El gallego apenas lo conocí de niño, en Chacra El Olivo, y a través de los poemas que me motivó a leer mi padre, y de las conversas vespertinas... Luego, pasados los treinta años de vida, lo redescubrí, decidiendo que iba a profundizarlo en estudios personales de filología... Durante once años lo enseñé en Chile.

-Esos versos de Rosalía y de Curros, que usted le recitaba a su abuela Elena, para su onomástico del 18 de agosto, según ha contado y escrito muchas veces, ¿aún los memoriza?... ¿Acaso no repite los tópicos?

-Es inevitable. Remítase a Borges: escribimos un solo libro, aunque tenga varios ejemplares o volúmenes. Los motivos nunca son muchos, pues la tautología es también porfiada anomalía literaria.

-No se ofenda, pero ¿qué valor o trascendencia hay en aprender un idioma tan minoritario como el gallego?, ¿qué destino o alcance podríamos concederle?

-Veo que también en esto emplea usted el prisma equívoco y aberrante de la estadística, los números mayoritarios, una suerte de democracia cuantificada y abusiva como ecuación demostradora. Según ese criterio, llevado al extremo, debiéramos abocarnos al estudio del chino mandarín, o del inglés yanqui, y abandonar todo otro idioma.

-De acuerdo a fundadas predicciones de organismos internacionales, para el 2050, el gallego y otras muchas lenguas o idiomas minoritarios se habrán extinguido.

-Si así fuere –aunque no lo creo-, ¿qué importa que ello ocurriere?, ¿acaso no vamos a extinguirnos usted y yo? Nuestro planeta Tierra también tiene los días contados, aunque se midan en guarismos que nos parecen inmensos... Su idea de la trascendencia es asaz precaria.

-Lo lleva usted a un terreno metafísico; yo trato de aquilatarlo sobre la base de datos científicos, por tanto, comprobables.

-Haga usted con su ciencia lo que le plazca. Déjeme con el placer estético de la lengua gallega, en su poesía y en su prosa, géneros que hago extensivos a los ámbitos del portugués, lengua que sí posee cientos de millones de hablantes en Portugal, Brasil y en tierras africanas, si quiere apoyarse en multitudes.

-Pero, en el caso del portugués, se trata de otro idioma, distinto del gallego, a mi modesto entender...

-Tan distinto como el castellano que habla usted y el que se habla en Madrid, o en Perú o en Colombia o en México... Formas dialectales salidas de un tronco matriz, la lengua de Cervantes.

-Pero las academias hacen lo posible por preservar la unidad lingüística, desde los grandes paradigmas idiomáticos, aunque el deterioro del lenguaje se va haciendo cada vez más acelerado e incontrolable.

-Es verdad. Quizá el peligro de extinción se cierna sobre casi todas las lenguas humanas, tal como hoy las conocemos. La revolución tecnológica pareciera apuntar a su completa degradación.

-Pero surgirán otras variantes de expresión lingüística, con su literatura y estética propias. Eso ya no lo veremos, ni usted ni yo.

-Mientras tanto, disfrutemos lo que nos queda sobre la mesa de las lenguas y amemos con pasión aquellas que recibimos como preciosa herencia... En particular, el idioma gallego.

-Tengo entendido que en Chile no se habla la lengua gallega, ni siquiera en el estrecho círculo de las asociaciones de gallegos, en las cuales se han extinguido también los emigrantes, quedando apenas sus descendientes, poco inclinados a conocer la lengua de los ancestros, o devanceiros, como usted dice.

-Devanceiros. Sí, adelantados o fundadores, no en el sentido feroz de la conquista, sino en el fundacional, aquel que deja huellas culturales y anímicas, las únicas que debieran importarnos... Mientras quede un gallego hablante, la lengua no desaparecerá, como decía Cunqueiro. Ya hemos visto morir, en Chile, por incuria
cultural y ceguera histórica, varias de nuestras lenguas autóctonas, a saber: selknam, tehuelche, kunza, kawéscar, chono y yagán...

-Quizá el drama de aquellas lenguas fue que pertenecían a una etnia específica y desaparecieron con ella. Entiendo que los gallegos no constituyen una etnia, sino una nación inserta en el estado español, y que muchos de sus hablantes están esparcidos por el ancho mundo.

-Así es. Espallados polo mundo... Pero eso no garantiza su vigencia, porque las comunidades asentadas en muchos países –ya lo dijimos- no tienen mayor interés en la preservación del idioma de Rosalía. De ahí la exhortación del poeta Antón Tovar:

“Patria das miñas palabras”
-Patria temporal da lingua/
onde me acobillo e me defendo/
fixen dos ecos que sementaron/
os labios dos mortos/
a miña casarella de home triste./
Agora son o pegureiro pobre/
que conduce as greas de palabras/
polas brañas lentorecidas do silencio./
Comungo, tal un neno tatexante,/
os nomes primixenios, verdadeiros/
que desgalgan desde os cantos píncaros/
e baixan cos regatos polas corgas...
Pequena patria das palabras/
tristes coma aforcados abalando/
que eu desgraño coma un millo/
nas miñas maos culpábeis e inocentes.

-Entiendo el sentido del poema y me conmueve su ritmo... Una palabra ha resonado en mí, dicha en mi memoria por su padre Cándido: pegureiro. Le oí contar, poco antes de su viaje definitivo, que de niño, en la aldea remota, había sido pegureiro, es decir “pastor de ganado montesino”, y estaba orgulloso de ese su
primer oficio.

-Recuerda usted bien. Ya ve cómo esa lengua antigua hace eco en su remembranza, aunque sea por una sola palabra perdida...
Moure Rojas, Edmundo
Moure Rojas, Edmundo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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