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miércoles, 21 de diciembre de 2016
San Francisco de Asís, el primer belenista:
Simbolismo y realidad

Fue en 1223. Tres años antes de su muerte, San Francisco decide celebrar la Navidad de aquel año de forma especial: “Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero ver con mis propios ojos cómo fue colocado sobre el heno entre el buey y el asno”. Y fue la primera vez que se montó un “nacimiento”, el primero de todos esos sencillos nacimientos, que siempre parecen hechos por el mismo y humilde Francisco de Asís. San Francisco es, por esto, el patrono de lo belenistas.

Seguramente porque la realidad no se baste a sí misma o también porque no nos agrade, el hombre siente la necesidad cognoscitiva y valorativa de recurrir al lenguaje literario o al uso de los símbolos, unas veces para acercarse más a la comprensión de aquella y otra para vivirla más satisfactoria y vitalmente.

Para que las imágenes y símbolos cumplan esta funcionalidad deben tener, por fuerza, su propia autonomía, tener entidad y consistencia propias. Una fantasía nunca es símbolo de nada. Desde su “autonomía”, la imagen nos conduce a la “nocionalidad” de las cosas mismas en virtud de su condición óntica con ellas y de la suscitación que ejerce en el espectador o lector. Se trata en todo caso de un conocimiento cierto, vivencial y “simpático” de los fenómenos que ocurren y a que hacen referencia y, por ende, de un conocimiento funcional, operativo. Este, por depender exclusivamente de cada cosa y de cada hombre, comporta por necesidad la democratización cultural. Los conceptos obtusos e inexplicables se descomponen en manos del hombre “imaginativo”, los dogmas se visualizan y los misterios “toman cuerpo”. Estamos entonces en el lado opuesto del aristotelismo científico, estamos, entonces, ante la “teoría franciscana de la vida”.

Recuerdo el día en que en mis tiempos de Universidad en Salamanca debí presentar una ponencia en el Seminario de Fonética y Fonología sobre el lenguaje audiovisual. En dicha ponencia llegaba yo a la conclusión de que la mínima unidad linguística de significación no era ya el fonema sino lo que podríamos denominar el “pathofonema”, un doblete expresivo de “palabra-sentimiento” mínimo, surgido de la fotopalabra, que iría suscitando en el sujeto plenos momentos de “convivencia” cognoscitiva bersoniana con la realidad misma. El profesor me dijo: un buen trabajo para una buena tesis. Aquel día, y en el apartamento de la teorías, me sentí más franciscano que nunca.

Autonomía, conocimiento vivencial a través de la imagen, democratización de la cultura cristiana, son los logros insospechados de Francisco de Asís -hombre sin letras- con su simple política de gestos sin haberse matriculado en Escuela alguna. Logros que, más tarde, serán matematizados por sus seguidores Roger Bacon, San Buenaventura, John Scot, William Ockam y un largo etcétera. No era hombre de letras san Francisco. Cuando más, un trovador de almibarados versos provenzales y seguramente se sabría de memoria la Chanson de Roland. En las fiestas de juventud llevaba siempre la voz cantante y es rigurosamente histórico que el primer fragmento escrito de la literatura italiana, el Cantico di Frate Sole lleva su firma.

Todo lo cual sólo nos indica una cosa: su inclinación por los sentimientos gentiles, que más tarde cultivarían perfectamente los “stilnovistas” toscanos. De todos modos, y apuntando en la misma dirección, Tommasso di Celano, su gran biógrafo, cuenta que el santo al principio de su conversión hablaba como por imágenes, y así a la pobreza la llamaba “unan gran señora de fina y bella estampa”, él mismo se creía el “heraldo del gran rey” y él y los suyos eran los “caballeros de la Tabla Redonda del Rey Arturo”. En fin, datos que nos hacen ver que Francisco poseía una clara disposición para el uso y empleo del lenguaje simbólico, lenguaje este casi siempre audiovisual, que presuponen fácilmente el maridaje entre lingüística y semántica, y por tanto muy asequible y democratizante.

Los primeros concilios doctrinales –sobre todo los de Nicea-, la doctrina de los santos Padres y las elucubraciones de la escolástica habían separado la vida de los creyentes de la realidad salvífica de los misterios conceptuales, esclerotizando la vida cristiana misma, y haciendo inalcanzable e ininteligible el “dogma”. Dios se había convertido en patrimonio de la teología de escuela y en un severo y pétreo Pantocrátor románico. También era la causa eficiente, un Ser Infinito y sobre todo estaba en los cielos. Dios teóricamente era un ser de “clase”, muy trascendente y así casi sólo exclusivo de mentes privilegiadas. Había abundante simbología religiosa, sobre todo en el románico ya manierista, pero se nos antoja completamente esotérico y sublimante de inconfesadas intenciones de los artistas.

Y es ahí, entonces, donde san Francisco desempeña el roll de desmitificador de los conceptos obtusos de la teología y de un reconversor del talante sencillo y nítidamente sujeto conocedor para vivir la religión mediante el lenguaje de los símbolos, esto es, de la Palabra hecha hombre a imagen de Dios. Para Francisco el Ser supremo, Escondido, Separado -Sanctus-, esa realidad esquemática se le deshace cálidamente en las manos de su intuición emotiva, acercándola a la Realidad Total, “encaramándola” a Dios, del que decía: “un muy santo niño nos ha nacido”. Y la Sola Realidad se convierte ahora en imagen de su... en Realidad para y en el hombre. E hizo sabe que así Dios se desvela y se patentiza en las “figuras” humanas, Dios es Dios en el hombre, quien cobra su profundo sentido de autonomía precisamente por ser imagen de Aquel, y sólo cuando lo es: quiere decirse, siempre. Francisco pudo o no pudo haber tenido alguna visión antes de elegir “servir al Amo y no al esclavo, pero lo que sí es cierto es que se encontró cara a cara, y por primera vez, con Dios, con Jesús, en el hombre que le pidió ayuda económica y en unos hombres trágicamente afectados por el mal de lepra. A partir de aquí y con su política de gestos, no está mal repetirlo, esa fue toda su hagiografía. Francisco nos pone a Dios muy fácil: Dios, él, es “tú”, “yo”, “él”, “ella”: “nosotros”. Ha democratizado a Dios. Y por paradojas de la vida de esta gnoseología vivencial e imaginante, la imagen de Dios es el hombre y el hombre es realidad de Dios, no toda, pero es.

En este momento resuena apodícticamente aquel “estaba desnudo y me vestisteis… “Es el gran misterio de la Encarnación fuera de todo t0omo o volumen de estudio. Es la realidad de Dios en la vida de la calle -la única-. Son las consecuencias del Nacimiento en Belén y el sentido de la simple “imaginería” que montó el Santo en Greccio. Así de sencillo y también de enorme. De enorme -exigencias de la vitalidad de tal conocimiento-, porque, desde ya, el hombre no podrá ser lobo para el hombre -si acaso un hermano lobo-, sino hermano para el hermano, un constructor de paz y libertad, un ser en vivencia continua de un mundo nuevo, en que la fraternidad universal de todos los hombres y seres del Cántico de las Criaturas dejen de ser una mera palabra, porque La Palabra -la única- ya se hizo realidad y habita en nosotros.

Poseído por esas emociones sencillísimas- la imagen es algo más que un juego y un espectáculo de luz y sonido- Francisco fundó y vivió una fraternidad de hermanos. Concretizó un concepto. Imbuido del mismo espíritu, su discípulo San Buenaventura escribió un “Camino del espíritu humano hacia Dios”, notificándonos que a Dios sólo se le conoce por el amor y a través de esas sustanciosas imágenes-huellas que son las cosas. Otro franciscano, Roger Bacon, el primer secularizador del pensamiento filosófico occidental, dejó dicho que esas cosas materiales tienen consistencia propia y el hombre puede experimentarlas y descifrar su apunte divino. Tal vez mi pathofonema tenga algo que ver con esto.

Aunque “esta celebración de la Navidad por san Francisco solo puede ser entendida por aquellos espíritus que, inmersos en el mundo técnico científico de la modernidad, viven de otro espíritu que no les permite ver más allá de cualquier paisaje y alcanzar más allá de cualquier horizonte” (L. Boff), bien podría suceder que estos días de mayor sosiego personal, cualquiera de esos hombres, que somos nosotros, pudiéramos “sentir” ante el cuadro de un Nacimiento de cualquier rincón de nuestro tiempo que la auténtica verdad de Dios está ahí, en el hombre y su maravillosa circunstancia que es la vida.

Y creo que eso es lo que se pretendió con la celebración del 24-D del año cero de Nuestro Señor Jesucristo. Y es lo que también pretendía “recordar” San Francisco de Asís cuando se le ocurrió que podría ser nominado para Patrono de los belenistas.
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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