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Ante el Escriba Sentado

viernes, 27 de febrero de 2015
Presentación del libro Ante el Escriba Sentado de Paco Cacharro Gosende

Ayer se presentó en Ourense el libro de ensayos "Ante el Escriba Sentado", de Francisco Cacharro Gosende. La presentación se hizo en "El Cercano", sala de exposiciones, tertulias y eventos, donde se reunió lo más granado de la sociedad Avanguardista y culta de la ciudad de las Burgas. En la presentación intervino nuestro articulista Enrique Mourille, en calidad de amigo y profesor del autor, y cuyas palabras reproducimos aquí.

Muy buenas noches a todos, y gracias a El Cercano por invitarme al acto de presentación de Ante el escriba sentado de Francisco Cacharro Gosende, y por la esperada, inexcusable y dignísima edición de este libro. Enhorabuena.

Bien. Quisiera comenzar dejando muy claro que entre Paco Cacharro y yo hay una coincidencia de origen evidentemente “enrevesada” y que juzgo conveniente se tenga en cuenta al principio de mis palabras, para que nadie se llame a engaño, ni yo cuando exagere en lo que diga, ni ustedes cuando lo escuchen. Si bien, hablando de Cacharro, toda hipérbole se queda forzosamente en simple sinécdoque, pienso.
La coincidencia tal es que recién terminada mi carrera de Filología, siendo orensano yo, me fui a profesar o ensino a su natal Lucus Augusti y, después de 32 años y 28 de permanencia en aquella ciudad, todavía tengo allí mi memoria y casi todo lo que “me fue haciendo”; y él, apenas licenciado de los deberes que imponen los Estudios de Leyes, se vino, pocos años más tarde, a esta que llaman la “Atenas de Galicia” a profesar alta escribanía, y a formar parte de ese antiguo e intemporal “cenáculo orensano”, do que hoxe formades parte moitos de “Vós” ou, se queredes, de “Nós”. Consecuencia de ese mi primer viaje profesional fue el encuentro con quien en aquel momento se encontraba en plena travesía de la adolescencia, esa que casi siempre es azotada sin disimulo por los alisios de unas coordenadas fatales que tanto pueden circunscribir el “triángulo de las bermudas” como cualquier otra zona, y en la que el timonel no sabe muy bien dónde poner las manos con más acierto, para poder llegar a buen puerto o por lo menos a puerto más tranquilo y placentero. Y fue el caso que ya, en esas fechas, vi al timonel Paco Cacharro allí, en esa travesía, con una mano bien segura sobre la carta de navegación y la otra trazando con la pluma rumbo seguro, en cuanto el zarandeo de la “pobre barquilla mía” se lo permitían, así como con la cabeza serenamente fija, eso sí, en el horizonte amplio de los anaqueles bien lustrosos de la biblioteca de su padre Don Francisco. Para él, para mí y para muchos compañeros suyos era la década prodigiosa de los ochenta en el Colegio Franciscanos de Lugo… Y el niño crecía en edad y sabiduría y en la gracia de Dios, con perdón.
Y dejémoslo ahí.
A mí, además del ensino, o por el propio ensino, me urgía conocer lo mejor que me fuese dado tanto el paisaje como el paisanaje de la tierra que desde aquel entonces me iba a rodear y ser la mía. Apenas deshechas las maletas, cogí un 127 blanco, el mismo en el que de cuando en cuando se acomodaban hasta más de 7 alumnos para desplazamientos deportivos, (entre ellos, el pivot Paco), y me fui por primera vez a conocer la Mariña lucense.
En Mondoñedo me hice fotos ante la casa de Alvaro Cunqueiro, y luego deposité una rosa blanca ante su tumba donde reza el ya famoso “mil primaveras más”; me hice fotos ante la casa de Leiras Pulpeiro y en el cementerio recé por su eterna conversión. En Abadín fui a saludar al bueno de Don Aquilino Iglesias Alvariño, a quien había ayudado a enterrar años atrás; en Viveiro, le abrí las puertas al mar para que o “vento mareiro” de Ramón Cabanillas avivase las saudades de Noriega Varela e irguiese, si así le complacía, a su vecino de la pluma y la espada, don Nicomedes Pastor Díaz, cuyos versículos había leído yo con sumo placer cuando apenas tenía dieciséis años.
Y aquella tarde ya se hacía tarde, “se apagaron los faroles y se encendieron los grillos”, con perdón, y hubo que regresar al lugar donde había dejado las maletas. De camino a casa aún se podían distinguir, aunque algo borrosas pero prometedoras, las nuevas lindes de la “revolución” agraria y ganadera que el padre de Paco, Don Francisco, estaba tratando de llevar a cabo en las fértiles praderas de “a Terrá Chana”. Aquí me dio tiempo de saludar a Manuel María, que entre verso suelto y vino de Amandi, nos iba a dejar escrito: “sen matafísica poética digo a miña mensaxe, vivide./ Sen berros que cheguen ás entrañas, vivide./ Vivide. Vivir sempre/ Vivir agora, denantes e despois”.
Y aquella noche me acosté temprano porque a la mañana siguiente yo tenía que dar clase de Literatura y Francisco Cacharro Gosende recibirla. ¿Estaría él crío adivinando de alguna manera mis visitas del día anterior? No se sabe, aunque yo lo supiera más tarde. Y el crío a esas alturas ya leía mucho más de lo que el 98% de nosotros lee en la actualidad. Créanme.
Pero sigamos. Ese mismo día y otros muchísimos días más en tiempo de lecer, me puse a escuchar algo de música, sí, y fue la música aquella la música de la que nos habla Bal y Gay, de Juan Montes, de Gustavo Freire, de Pascual Veiga, con algo de “Fuxan Os Ventos” de meu amigo o crego Xesús Mato de Paradela e Portomarín. Y fue también que de seguido me encontré como encantado en la “Terra brava” de Anxel Fole á súa “Luz do Candil” y en compaña da sombra do aire na herba de Luis Pimentel de la Plaza Maior de la ciudad de Paco, el crío que por esos días y en ese “topos”, iba creciendo en edad, sabiduría y gracia de Dios, con perdón. “Topos” en el que las tertulias urbanas de Celestino Fernández de la Vega, Ramón Piñeiro, Luciano Penedo, Antonio Figueroa, Correa Calderón y el mismo Anxel Fole albiscaban e trataban de agromar unha Galicia con máis xeito e aberta a un futuro propio.
E no recendo destes caldos bebía seu paisano e cidadán Paco.
Y así fui yo adentrándome en el “humus” literario y culto del que estaba naciendo y nació el autor de Ante el escriba sentado, Francisco Cacharro Gosende. Escritor, por ello y de natura, cromosomático si bien singular: No son tantas sus obras publicadas, que no escritas, pero el big-bang explosiona hoy y su expansión consecuentemente, a partir de ahora, es inevitable…
Y mis expediciones noseológicas por rúas y corredoiras de la ciudad y de la provincia de Lugo, las íntimas e interiores de Paco, fueron tocando a su primer fin, no sin antes peregrinar a ese mundo del Caurel que ya comparte nombre con Ourense, y donde la frondosa arboleda de carballos y castiñeiros casi ocultan por completo la luz del cielo, para exaltar de modo exahusto la de la tierra, la de la palabra de Uxío Novoneyra, la que nos pertenece a todos y algunos venden por cuatro monedas de cobre, esa luz que Paco recoge allí para iluminar con ella, por ejemplo, todas las páginas y momentos del libro que hoy se presenta, en el que la Razón y la ética extraen sus palabras de las profundas raíces del milenario roble que es el ser humano. O de ese “volumen catedralicio” como define Ortega y Gasset a la síntesis psicosomática a que llegó Rof Carballo, otro paisano de Paco, hablando del ser humano y a quien, a Rof Carballo, Marañón apostrofó de “francotirador del espíritu”, sintagma que yo no dudo ni un momento más en colgar ahora mismo a nuestro autor don Francisco Cacharro Gosente. “El que lo ha visto da testimonio de ello para que vosotros creáis”, y si no me creéis a mí, creed a su libro… que, las cosas como deben ser, vais a comprar, pues para eso ha venido al mundo de la edición y de los lectores avisados.
Como de todo escritor, de Paco interesa más su bibliografía que su biografía, que además, dicho sea de paso, en él se funden y confunden, tal vez con mayor razón y causa desde que se asentó en nuestra ciudad de Ourense, en la que el Miño de las Sierras de Meira va dejando en nuestras orillas material de acarreo de una infancia que para un escritor nunca se debe ir. Amigos, Paco está hecho de libros y proceso interior, un proceso no tan expresionista como el de la metamórfosis de Kafka, pero sí de una impresión más contundente, más racional: más “amolada”, diría yo.
Paco, digo, está hecho de libros espesos y gamberros, y por consiguiente de pensamiento, de ética, de estética, o sea, de razón y bisturí, si se quiere. Y eso está servido en todo el libro Ante el escriba sentado con sus diecisiete textos entorno a intuiciones sorprendentemente originales sobre “re varia”, a salto de mata entre teoría interpretativa del arte, de la literatura y el cine, y la ética y los arcanos y cloacas del poder: Algo así como una atractiva Fitur de lo que ya es la marca Cacharro Gosende.
Y así lo vemos ahí en su “alter ego” del primer texto del libro, el escriba sentado que es nuestro autor, rodeado, como nosotros, del poder, o de lo que el referido Pimentel denominaba o “balcón endexamais aberto, cheo de paxaros e metade de ruindade”… Primer texto en el que también vemos al Cacharro pensador, literato, ensayista, al escriba fiel que se quema con fuego ajeno, pero siempre estoico e imperturbable en la razón… Y veces y de igual modo al bufón de corte, fiel a su destino, casi siempre moralmente tragicómico: ¡Envidiable y, a un tiempo, diabólico destino!...
Y ahí lo vemos en el centro del libro, o mejor, en medio de “El callejón del Gato”, sentado él también, como el escriba, no precisamente frente a los espejos cóncavos sino ante la realidad y la existencia misma, que a veces nos deforma a todos hasta el extremo del esperpento, más de lo que el ser humano debiera y menos de lo que el oportunismos engendra; ese esperpento donde el fantoche de Max Estrella con la sombra de Don Latino de Híspalis se nos convierte en sublime tipo del más que recurrente zascandilismo éticocultural de Hispania.
Y ahí lo vemos, a Cacharro, en sus páginas inmejorables sobre Semprún y Coetzee, como analista literario y conductor de lectores: “la literatura ordena la realidad”, dice Paco, o “leer una novela como la leería un niño, sin prejuicios previos de ningún tipo”; o aquel incuestionable principio sobre la inherente función catártica de la lectura de toda obra de arte, en este caso de la novela: “para ser un monstruo, nos dice por ejemplo, no hace falta matar a un árabe ni azotar a un negro hasta la muerte… (ya) existe el riesgo de que suceda, cuando los ojos del lector, dilatados por la escritura, se deslizan por algún que otro lugar (del texto) en el que alcanzan a vislumbrar, por un instante, su propio y monstruoso reflejo”…
Ahí lo vemos, a Paco, el autor, en la Balalaika del Doctor Zivago, enseñándonos a nosotros, ignaros e iletrados, cómo un objeto convertido en símbolo puede suplir tantas ausencias narrativas, o decir lo que no dicen las palabras agrietadas o ausentes.
Y ahí lo tenemos en el texto “Los cuadernos de Praga”, vaciando bala a bala todo el cargador de la pistola del “Ché” Guevara.
Y así sucesivamente.
Y lo demás descúbranlo ustedes por sí mismos… o sea… compren el libro y léanlo. Les aseguro: quedarán deslumbrados por los 17 destellos (ensayos) de ese relámpago que es… Francisco Cacharro Gosende.
Paco, enhorabuena por tu libro. Muchas gracias por él y por ti. Y cuando de nuevo veas al Escriba sentado y a la diosa Razón, por favor dale saludos míos, que soy un ¡pobre pecador!, feo, católico y sentimental.
Gracias. Gracias a todos.
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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