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Soledad, Cárcel y Pastoral

miércoles, 05 de noviembre de 2014
Presentación del tema e introducción.


“Dios, ¿puedes tú ayudarme a no sentirme solo?” Así rezaba, triste, aquel niño de apenas cuatro años. La soledad parece ser una característica de las culturas altamente industrializadas, civiles y “civilizadas”. Hemos perdido el contacto con la tierra en sí misma, con la naturaleza y sus procesos vitales. Alguien lo llamó la cultura del cemento armado: Frio, triste, taciturno, que seca el alma y hace difícil la vida en comunión. Por eso nos refugiamos en el coche, ordenador, video consolas o en casas anónimas que nos aíslan de los demás. Desde el desamparo, en soledad, buscamos el sentido de la vida y el amor (1).
La soledad es una experiencia universal. Los programas nocturnos de la radio de casi todas las cadenas son gritos de soledad, por veces verdaderas desesperaciones. La soledad toca a muchos. Si examinamos las letras de las canciones de todos los tiempos vemos que mayoritariamente cantan el desamor, las rupturas y la soledad: “Agárrate fuerte a mí, María. / Agárrate fuerte a mí /que esta noche es la más fría /y no consigo dormir. Agárrate fuerte a mí, María. / Agárrate fuerte a mí /que tengo miedo /y no tengo donde ir”.
La literatura está impregnada de grandes historias, a veces desgarradoras, de soledad y soledades. Los grandes mitos de todas las culturas, los mejores cuentos infantiles que nacieron a la luz de la lumbre y muchos de ellos llegaron hasta nosotros en distintas versiones, el cine y el teatro, incluso los chistes, tienen en su entraña la riqueza y dolor de la soledad, personal o en compañía, en lugares lejanos y silenciosos o sumidos en el anonimato más deshumanizador de los conglomerados de nuestras elevadísimas torres en las inmensas ciudades actuales. La Biblia nos presenta transversalmente la gran soledad de las personas, del pueblo de Dios y de los otros pueblos. Lo mismo sucede con los grandes místicos, poetas, artistas, pintores, etc. En todos ellos hay un proceso largo y profundo de gran soledad. No hay creatividad sin vida espiritual y ésta estará siempre fraguada en desierto y soledad. Son el eterno anverso y reverso: creatividad y ostracismo, ansia de encontrarse a sí mismo y abandono total.
Pero la soledad es mucho más que eso: Y se puede afirmar de ella que es una riqueza y un gran don. En ella y con ella crece nuestra vida y en ella se producen las mejores obras en la existencia y en las realidades que a nosotros han llegado. Porque la soledad tiene una gran historia con grandes triunfos y desafíos. Y también en ella contemplamos todas las cruces y desamparos.
Este estudio va sobre la soledad en general y en el mundo de hoy. Con sus valores positivos que siempre los tuvo pero que hay que bucearlos y encontrarlos para luego desarrollarlos y hacerlos carne de nuestra vida. Pero detrás de la soledad, de cada soledad, de cada ser humano y de toda la ecología cósmica, también hay, «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor», como anunció Churchill en el discurso al gabinete británico de guerra en 1940.
Cuando se estudia una realidad, es muy importante el lugar, la posición y actitud que personal y conscientemente se ocupa. Más que una aproximación netamente científica sería mejor denominarla lo que entendemos habitualmente con la palabra “humana”. “Del sufrimiento y del dolor nos hablan habitualmente los que nunca lo pasaron ni estuvieron en él. Y, entonces, ¿de qué sirve ese discurso? (2) Se hablará de diversos tipos de soledad, pero no de forma distante y “asépticamente”, sino para tomar conciencia, al acercarnos, que cada persona sola es un lugar sagrado, un lugar teológico del acontecer de Dios ante el que hay que descalzarse. (Ex 3,5).
Fue J. Cardjn, antes de la segunda guerra mundial, quien en Bélgica difundió como método de trabajo pastoral de las juventudes obreras católicas, (JOC1924), la Revisión de Vida Evangélica (RVE): Ver. Juzgar. Actuar. De ahí se extendió al mundo católico. Partir siempre de la realidad más real con un análisis serio, amplio y profundo. Sin miedo. Con lo que se haya descubierto pasarlo por el tamiz y trasluz de la persona de Cristo: ¿Cómo valoraría hoy y aquí Jesús esta situación y cómo actuaría frente a ella en todos sus ámbitos? Para ello tenemos el Evangelio y la mejor Tradición de la Primera Iglesia, los Santos Padres, los Concilios y el Magisterio. Y llega entonces la hora de comprometerse con el mundo que nos toca vivir de acuerdo con esa pregunta: ¿Qué haría Jesús en mi lugar y en esta circunstancia? Eso es lo que el Hermano Roger Schutz de Taizé llamó “Vivir en el hoy de Dios” (3). Juan XXIII, santo donde los haya, acogió oficialmente este método en la Mater et Magistra (4) y luego también lo hizo el Concilio Vaticano II. El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, (PDV), definió la Teología Pastoral como ciencia y oficializó su método al hablar de Discernimiento evangélico. (Nº 10). Y en el nº 57: “La Teología Pastoral o práctica que es una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión sobre la Iglesia como «sacramento universal de salvación»”. “La pastoral no es solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y métodos; posee una categoría teológica plena, porque recibe de la fe los principios y criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la historia, de una Iglesia que engendra cada día a la Iglesia misma, según la feliz expresión de San Beda el Venerable: “«Nan et Ecclesia quotidie gignit Ecclesiam». Entre estos principios y criterios se encuentra aquel especialmente importante del discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral” (5).
Esta explicación inicial se hace para resaltar que es en este marco eclesial donde se va a mover este estudio sobre el problema de la soledad en la persona humana y sus entornos para, analizar en serio esta realidad que nos incluye a todos e intentar descubrir la actitud de Jesús, el Cristo, bajo la iluminación y fortaleza del Espíritu Santo y así comprometerse con fe empática y competencia doctrinal en este mundo actual del que nos habla la Guadium et Spes y al papa Francisco en la Evangelii Gaudium. A la Virgen de la Soledad la invocamos: ¡Ven con nosotros a caminar, Santa María, ven!
Se dice de la Iglesia Católica, (yo lo extendería a todas las iglesias y confesiones religiosas), que llegan siempre tarde y mal a los problemas de la humanidad y de las personas. Perdió en su día el mundo de la ciencia en tiempos del Renacimiento. Luego el mundo obrero en la revolución industrial. A los jóvenes, cuando la eclosión de los años sesenta y siguientes. Lo mismo está sucediendo con el mundo de la mujer y su empoderamiento. La ecología, la globalización, el hambre y la sanidad en el mundo, las nuevas tecnologías, las nuevas esclavitudes, el tráfico de personas, etc. Primero se niegan los problemas en sus comienzos, se alinean con los movimientos más inmovilistas y de más intereses creados. Luego, posteriormente, pequeños grupos, que van a ser crucificados, empiezan a abrirse a nuevos planteamientos y valores. Cuando al final se llega, sucede lo de Heráclito, este río en el que intentas bañarte ahora no es aquel que has visto tiempos ha.
Esas aguas ya van muy lejos. “Panta rei kai oudén ménei” (πάντα ρεῖ καὶ οὐδὲνμένει) “todo fluye, nada permanece”. Llegas tarde. Pero más vale tarde que nunca. Y eso también es esperanza. El Catecismo de la Iglesia Católica en su primera edición defendió con matices la pena de muerte. Luego, en nuevas ediciones, cambió la redacción
El Papa Francisco acaba de proclamar con claridad y sin ambages cual es la posición actual de la Iglesia ante los penalistas mundiales. Cuál es la visión evangélica sobre un elenco de cuestiones relacionas (6). Suenan de nuevo en su contra las voces del talión e incluso los tambores de la selva. Y los ataques más furibundos llegan de los fanatismos y fundamentalismos internos.
Es por ello que, contraviniendo la norma habitual de la Academia, de que el lenguaje y enfoque de un estudio ha de ser siempre en tercera persona para no perder la objetividad, seguramente, muchas veces, aquí aparecerán la primeras y segundas personas, de singular y plural y si en español existiese, que también existe, tendríamos que hablar en dual, masculino, femenino, neutro, epiceno común y ambiguo. Porque el otro gran riesgo es perder la subjetividad. Y el sufrimiento, antes que ser objetivo, es mi sufrimiento y el cómo yo lo sufro. Es personal, íntimo, profundo e indescriptible. Y la soledad y las soledades, también.
Hay lugares donde la vida se convierte en “la fábrica del llanto y el telar de las lágrimas”. Eso es la cárcel. En vida y muerte, en primera persona individual, familiar y grupal de Miguel Hernández. En ella intentaremos adentrarnos.
Los voluntarios que andamos en la cárcel y sus entornos: familiares, sociales, jurídicos, pastorales, humanitarios, sanitarios, etc., debemos huir de un peligro: el voluntarismo: Con la mejor buena fe, cantidad de veces nos contentamos y trabajamos desde el desconocimiento, la improvisación y la falta de rigor. Y eso, que vale más que nada, puede hacer daño y empeorar las cosas. Una enfermedad mal conocida y tratada mal es una enfermedad maltratada y eso nadie lo quiere ni para sí ni para nadie.
También los funcionarios son de Dios y padecen soledad, incomprensión y conocen el síndrome del burnout. Muchos de ellos están auténticamente “quemados” y no es de extrañar. Incomprendidos por arriba y por abajo, socialmente no considerados. Sufren personal y familiarmente los problemas de todos y económicamente mal pagados en proporción a la gran responsabilidad y estrés que padecen. Muchos no se encuentran realizados. Padecen una profunda soledad. Y ya no digamos si tienen que intervenir en situaciones de violencia. Cuando una persona tiene que agredir, o agrede sin más, a otra, eso es de gran soledad. Y cuando te miras al espejo no sabes ni quien eres.
Esto pretende ser esta sencilla aproximación pastoral a la soledad. A la soledad en el mundo de las cáceles. Ser un instrumento, diría que de divulgación, que pueda ser útil a cuantos participamos de esa inquietud, confidencias y entrega a los que de entrada hay que agradecer meterse, sin nada a cambio, en la dureza de estas situaciones
Hay un contraste brutal entre la situación existencial del mundo actual y las personas. Todo el mundo es una cárcel y todo el mundo es una soledad inmensa en conglomerados de personas que nos entrecruzamos con prisa y no vemos ni al que está tirado muriéndose en la misma acera del que nos apartamos, lo saltamos y frecuentemente incluso pisamos o ni siquiera hemos llegado a ver. No hay comunicación. Todas las casas y edificios con rejas cada vez más altos e infranqueables. Si perdemos las llaves o se estropea la cerradura quedamos absolutamente presos en la propia casa. Pero es mayor aún la soledad espiritual, afectiva, relacional dentro de esos mismos habitáculos. Cárceles. Todo está concebido y basado para la soledad como arma, estrategia, modo de ser y actuar. No es una relación sana. Está viciada en origen y formación. Esta es la filosofía del sistema a quien pertenecen las cárceles y a quien sirve esa institución. No es de extrañar que el filósofo Foucault defendiese con rotundidad, profundamente razonada, su radical desaparición. Nosotros somos y estamos en el sistema. Por eso urge hacer claridad y seguir luchando por el cambio y los cambios. Porque hay luces y esperanzas. Resquicios y condiciones de posibilidad. Y hay ya mucho trabajo, experiencias y hechos en la historia.
Quisiera dejar claro desde ahora cual es punto personal desde donde miro, escribo y trabajo en mi realidad existencial. No voy a ocultar que no soy imparcial. Tengo mis posiciones personales, emotivas, filosóficas, psicológicas, sociológicas, antropológicas y sobre todo me confieso seguidor de Jesús, el Cristo, y por tanto creyente en la acción del Espíritu sobre la historia.
“Su nombre era Soledad. No seríamos capaces sus hijos de ponerle cara. Si nos cruzásemos en un camino, sin nadie más, seguro que hoy ni ella ni nosotros seríamos capaces de reconocer nuestros rostros. Eso ya es soledad. Murió siendo nosotros muy pequeños. En casa hemos vivido muchísimo su presencia ausente, pero muy cercana espiritualmente, que es otra manera de presencia y otra visibilidad, que convive con la soledad pero haciéndola ya diferente. Está íntimamente cerca y lejos a la vez. Porque el niño necesita ver, tocar, hablar, que le miren y le toquen. Y sobre todo hablar en momentos difíciles. Y la madre no lo necesita menos. Somos referencia mutua: Ella a nosotros nos hace hijos. Nosotros a ella la hacemos madre. Y hemos vivido la soledad vidual de nuestro padre, un esposo partido en mitad, en su proyecto a dos, donde él tiene que aprender a multiplicarse para responder dualmente, padre-madre, en todo momento “sin que la muerte los separe”, porque la vocación y el compromiso esponsal reclama no dejar fracasar lo que juntos en amor han ido creando y con ilusión estaban animando con el gozo inmenso de una nueva vida alumbrada donde todo iba bien. Pero en una semana todo cambió. Paradoja: ese mismo año se descubrió la penicilina, que resultaría del todo efectiva ya que ni nuestros cuerpos ni los microbios estaban desgastados frente a ella. Y supimos de verdad lo que era soledad. Y desde ella hubo que aprender a vivir (7). Hago esta introducción tan personal porque quiero acercarme a los de la cárcel y a toda persona con la actitud del salmista: “Desde lo hondo clamo a Ti Señor. Señor, escucha mi voz.”
Esa es mi actitud que, aunque personal, pretende ser universal, y profundamente creyente. Porque, transmitida desde ese proyecto esponsal, fue en esa fe en el Dios samaritano como tantas veces nos vino a levantar cada día, recogiéndonos en las márgenes del camino, curó nuestras heridas y poniendo alguien a cargo que nos hizo de nuevo sonreír. Y así, ya fue menos soledad. Al menos así la vivimos aún hoy.


NOTAS:
(1) Mary Alban Bouchard, Superare la solitudine. Un itinerario Cristiano, E Messaggero. Padova 1994.
(2) Giuseppe Cinà, Soffernza e sallvezza, fenomenologia e riflesione teologica, Istituto Camillianum, Roma 2000. p.5. “Ci si chiedi infatti se la domanda sul dolore è una questione sensata. Del dolore parla solo chi non è nella sofferenza - e allora a che serve?”
(3) Roger Schutz-Marsauche, Vivir en el hoy de Dios, E. Estela, S.A., Barcelona 1964.
(4) Juan XXIII, Carta Enciclíca Mater et Magistra, Acta Apostolicae Sedis 53 (15-05-1961), nº 236, Vaticano. Roma.
(5) Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 29-03-1992, Librería Editrice Vaticana 1992. Números 10 y 57.
(6) Papa Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a la Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal, Sala de los Papas. Jueves, 23 de octubre 2014, L’Osservatore Romano, 23-10-2014.
(7) Xaquín-Orlando Campo Freire, A viuvez na pastoral da saúde, Encrucillada, Santiago de Compostela 2006.88-90.
Campo Freire, Xaquín
Campo Freire, Xaquín


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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